DANDYS Y CÍNICOS

El ronco adiós a «El Valedor»

¡Se fue el maestro Tomás Mojarro, tantos recuerdos agolpados en la garganta, y en este año de disfonía mundial, de veras!

Por José Antonio Monterrosas Figueiras

Murió Tomás Mojarro, un hombre avocado al estudio, al discernimiento de la realidad, lector atento, autor de algunos libros, cinéfilo empedernido, amante de la radio y campeón de la polémica y crítica política de larga resistencia, un coyote chueco y solitario con disfraz de intelectual. «En Guadalajara quería usar lentes», expresó la vez que lo conocí en persona, «pero el oculista me dijo que no. Y yo quería usar lentes para sentirme intelectual». Y vaya que lo fue. Pensar que yo uso lentes desde los once años y el día que lo vi llevaba todavía mis anteojos colorados y una libreta donde tomé algunas notas de su conversación sesuda y apasionada. «Cuánto daría por no usar lentes y tener un gramo de su conocimiento», pensé.

Durante muchos domingos de finales del siglo pasado, a «El Valedor», como lo conocían, lo escuché en la radio haciendo análisis político y social de México. Un día sin más lo dejé de hacer, pues la vida y sus inercias me movieron a nuevas búsquedas, pero fue fundamental cuando tenía veinte años y sentía la necesidad de encontrar maestros. La radio fue una de mis pasiones y ahí encontré a Tomás Mojarro.

Veinte años después me lo reencontré, el 2 de junio de 2019, en el centro cultural El Juglar, un espacio de libros ubicado al sur de la Ciudad de México, que con la pandemia acabó por desaparecer. Ahí además se podía rentar películas de «cine de arte» en formato VHS, lo más novedoso en esa época. Me sorprendió ver que continuaba igual que hace 25 años, cuando yo iba, a de mediados de los años noventa, por los Kaurismaki o David Lynch. Juro que los casetes estaban puestos en el mismo lugar, y quien atendía era la misma persona. Fue como entrar a un túnel del tiempo.

Y ahí estaba Tomás Mojarro con un gorro negro y chaleco oscuro, frente a un reducido grupo de seguidores, que lo escuchaban —algunos dormidos—, y ahí estaba yo con libreta en mano y lentes de intelectual, invitado por mi amigo Fernando Salvio y Saskia Verguer, pintora cubana que vive en la Ciudad de México y quien en esa ocasión le regaló un puro cubano a Mojarro.

«Andas nostálgica», le dijo irónico a Saskia el escritor y periodista al tomar entre sus manos ese cigarrote que parecía un difunto envuelto en papel metálico. De hecho Mojarro recordó a Guillermo Cabrera Infante y su libro Puro humo, que es un homenaje literario al tabaco por parte del literato cubano y en el que se pueden leer frases como «los hombres y el tabaco terminan por igual, en cenizas». Mojarro, el colmo de la ironía, parece que aborrecia el cigarro. No sé si también a Cabrera Infante.

En la foto donde está saliendo del Juglar, con las manos abiertas, como retándome, o retando a la muerte, Mojarro parecía un duende escapando de esa casa habitada por fantasmas. Sus mismos seguidores eso parecían: una reunión de almas viejas que vivían atrapadas en la cabeza de ese narrador enjuto, urgido por huir de ese lugar.

José Antonio Monterrosas Figueiras
Tomás Mojarro, junio de 2019, en la puerta del ya desaparecido centro cultural El Juglar. Foto: JA Monterrosas.

El puro de Saskia, mi presencia de intelectual impostor con lentes colorados y libreta en mano, pues el resto ya era público conocido por el maestro, tal vez abonó para que Mojarro comenzara con una expresión molesta de que andaba desvelado, su rostro con mostacho se notaba desencajado, como de malas, parece que de salud no andaba bien, su cara sin embargo se fue relajando mientras iba hablando y compartiendo sus lecturas. Al final leyó un poema de César Vallejo llamado «Heraldos Negros».

Algo parecía dolerle en el alma que hasta nos dijo que «andaba cerca de Gayoso», pues le hablaban en la madrugada a su casa para preguntar si no quería un paquete funerario, algo que terminaba en negativa por parte de él. La muerte lo andaba zopiloteando, pero Tomás utilizaba su mejor herramienta: la ironía. Yo, sin embargo, me quedé muy inquieto con ese poema de Vallejo, y pensé que estaba presenciando el ocaso deliberado de un viejo sabio que vivía entre la maleza citadina, creo que muchos tendrían que haberlo escuchado en vivo, porque Tomás Mojarro fue una fuente de experiencia y sabiduría.

El poema de Vallejo dice en una parte: «Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé! Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte […] Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!». El poema continúa cada vez más oscuro y la lectura de Mojarro fue la muestra fehaciente de la despedida de un hombre, que estaba a pocos años de ser un vejestorio de noventa años.

En su larga charla en la que el tema de la muerte estuvo presente de muchas formas, Mojarro recordó a Tiresias cuando le dijo a Narciso que viviría hasta la ancianidad con tal de que se conozca. Y me dio la impresión que el maestro hablaba de él mismo y sus dolores… Yo no sé.

Al final de su clase magistral sobre la muerte, donde habló de «los pícaros ladrones» de Woody Allen, de la cicuta, del libro El corazón del hombre, de From, me acerqué a Tomás y le pregunté qué pensaba del escritor yugoslavo Ivo Andric, pues sus historias de amor y muerte, en El puente sobre el Drina o Café Titanic, me recordaron sus lecturas de ese domingo, lo ubicó perfectamente y eso sirvió para luego pedirle que me permitiera retratarlo con mi celular, su melancolía brillaba, él aceptó. En la foto donde está saliendo del Juglar, con las manos abiertas, como retándome, o retando a la muerte, Mojarro parecía un duende escapando de esa casa habitada por fantasmas. Sus mismos seguidores eso parecían: una reunión de almas viejas que vivían atrapadas en la cabeza de ese narrador enjuto, urgido por huir de ese lugar.

Volví a verlo una vez más con Saskia y Fernando, otro domingo de ese mes de junio del año 2019, pensé en escribir algo sobre mi reencuentro con Mojarro, pero pasaron las semanas, los viajes a Cuernavaca donde yo vivía en ese entonces y luego vino la pandemia y finalmente, la noticia de la muerte de Tomás Mojarro a los 89 años de edad, el 11 de de enero de 2022. Así que aquí estoy recordándole, ¡caramba!, en un año que inició ralentizado y ronco por la variante Ómicron del maldito Covid-19.

El 1 de enero, estando en Amazcala, Querétaro, lugar donde celebré el año nuevo con mi querida antropóloga y traductora de la dura crónica del periodista polaco —su compatriota— Jacek Hugo-Bader, Anna Styczynska, que va de Moscú a Vladivistock, recién llegada de Polonia, conocí a una prima lejana de Tomás Mojarro que vive donde él estudió Filosofía y Teología. Ella me dijo que lamentablemente su primo se encontraba hospitalizado desde hace meses, así que ya no tardaba en irse de aquí, pues ya no quería vivir.

Tomás Mojarro quien nació el 21 de septiembre de 1932 en Zacatecas, admiraba al poeta que también nació en ese estado del país, Ramón López Velarde, y en esas charlas de vigilia y muerte de junio de 2019, lo recordó, dijo que la avenida Álvaro Obregón en la colonia Roma de la Ciudad de México, debía llamarse como ese escritor, pues ahí está la casa del autor de Suave Patria, el sitio donde vivió y murió. Tambien en su estado de nostalgia recitó a Antonio Machado: «Tierras tristes, tierras áridas, tan tristes que tienen alma».

¡Se fue el maestro, tantos recuerdos agolpados en la garganta, y en este año de disfonía mundial, de veras!

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José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.