DILEMAS DOMINICALES

La gran putada de la maternidad

¡Qué putada más grande es esto de la maternidad! ¿No te parece, madre? Ustedes viven como mártires perennes por haber parido a la representación de la ingratitud, mientras nosotras, las hijas, siempre —o casi siempre—, nos sentimos heridas de muerte. Aunque nos resulte inconfesable hasta para nosotras mismas.

Por Emma González

¡Qué putada más grande es esto de la maternidad! ¿No te parece, madre? Ustedes viven como mártires perennes por haber parido a la representación de la ingratitud, mientras nosotras, las hijas, siempre —o casi siempre—, nos sentimos heridas de muerte. Aunque nos resulte inconfesable hasta para nosotras mismas.

“¡Baila encima de la tumba de tu madre!”, me dijeron. Y en el inicio de mi ceremonia particular del adiós, incluí la escritura, la música, un cigarrillo que me provocó malestar y el mezcal que me hizo vomitar. Lo siento, te debo el baile.

«Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria». El desarme está declarado. He entregado mis mejores armas. Todas mis quejas expiraron. Las había conservado por la comodidad pusilánime que me distingue y que tan bien haces en señalar. La cobardía me es útil para justificar mis reproches pueriles. Inútiles e inaudibles todos sin excepción.
Es curioso, siempre pensé que el escenario para decirte adiós tendría algo de apoteósico, descomunal, triunfante, galopante como mi ego. Pero no, resulta que este día triunfal me encontró en pijama, un tanto cuanto averiada, intoxicada y con Grace Jones cantando “La vie en Rose”.

¿Madre, qué te parece la frase de “una queja es un favor”? La leí en un blog. ¿Es poderosa, no? ¿Te imaginas? Ser capaz de recibir el malestar del otro y además considerarlo un beneficio. ¡Qué locura!
Una queja no es monolítica, hay infinidad de ellas, desde las más triviales hasta las más lacerantes. Algunas se convierten en abominables lamentos, inenarrables e irreconocibles. Intuyo que sabes de lo que te hablo.

“¡Baila encima de la tumba de tu madre!”, me dijeron. Y en el inicio de mi ceremonia particular del adiós, incluí la escritura, la música, un cigarrillo que me provocó malestar y el mezcal que me hizo vomitar. Lo siento, te debo el baile.

EMMA GONZÁLEZ

Hay muchos tipos de quejas, lamentos y malestares brotando por todos lados. Surgen a raíz del enojo, ira, decepción, frustración, miedo, tristeza, pero sobre todo del dolor. El dolor agravado se convierte en odio. Odiar a causa del dolor, es como vivir desollada en medio de la mortificación.

El dolor amortajado es letal tanto para quien lo vive, como para quien está cerca de aquel mundano esperpento que lo emana. ¿Entiendes de lo que te hablo, madre? Se parece mucho a esa agnosia emocional que tanto aqueja a las mujeres de nuestra familia.

El dolor se agrava ante la indolente indiferencia, pero se aligera cuando lo alojas en un espacio transitorio. Tiene la maravillosa cualidad de transformarse. Aunque lo ideal es no habitar el mismo dolor siempre, ni por mucho tiempo, pues se corre el riesgo de quedar petrificado ante el regocijo del desasosiego. Créeme, sé de lo que te hablo.

Alojar temporalmente al dolor ayuda a dominar el ego, pero no te hace mejor en nada. Y a veces ni siquiera tiene algo de aleccionador. El dolor doblega y ya, sirve para derrotar. El dolor nunca desaparece, hay que ser verdaderamente estúpido para pensar que se va. Quienes ya cuentan con la suficiente pericia para manejarlo se dan el lujo de usarlo como accesorio. Bien colocado parece una jacaranda en primavera. ¿Y qué crees? Ya es marzo.

Al dolor lo transforma el encuentro con algo más que no sea su espantoso reflejo y entre tú y yo no hay más que espejos. Vivimos entre el desencuentro, el destiempo, la disyuntiva y la intersección

Como un día escribió la escultora francesa, Louise Bourgeois: «Te llamo “zorra” porque considero a mi madre alguien muy inteligente y paciente, una persona calculadora, capaz de soportar situaciones desafortunadas. Ella era una especie de zorra en tanto que señalaba mi incapacidad para estar a la altura de las circunstancias y hacer frente a este tipo de competencia y un antagonismo que nos unía, un aspecto de nuestra relación bastante amenazador que me exaspera y conducía a la violencia. Así que traté de herirla, y en esta ocasión lo conseguí. Corte su cabeza. Rajé su garganta. Y aun así esperaba que me quisiera. La tragedia radica en saber si una persona a la que he tratado de tal modo puede ser capaz de quererme…»

Madre, madre zorra, ¿ahora entiendes porqué la queja es un favor?

C

Emma González es «una mujer de buenas intenciones que ha pavimentado un camino directo y fácil al infierno». 💅