CINISMO VOLADOR
El Conde, de Pablo Larraín
Es precisamente ese libro escrito por Larraín y por el que siempre lo acompaña, «ese escritor que lo hace genial» -ha dicho el director- Guillermo Calderón, donde El Conde no falla, es preciso, certero y habla de todo lo que no se habla de ese Pinochet que ha crecido últimamente en Chile y donde la ultraderecha reivindica para su gallinero «los logros» de la Dictadura.
Por Mónica Maristain

Dicen los que comentamos películas o programas de televisión, que lo hacemos siempre sentados y que nunca vemos el esfuerzo que se hace para llevar a cabo un proyecto de esos.
Ellos, dicen, hacen y nosotros observamos y hacemos nuestra crítica. Algo de eso hay, pero es precisamente el ojo avizor, el que mira para poder precisamente decir: este es mi parecer. En El Conde, de Pablo Larraín, estoy shockeada desde ayer. He mandado correos a mis amigos chilenos para felicitarlos por el director, por la película, por los actores, que han competido recientemente en el Festival de Cine de Venecia, donde ha ganado el Premio al mejor guion.
Es precisamente en ese libro escrito por Larraín y por el que siempre lo acompaña, “ese escritor que lo hace genial” –ha dicho el director- Guillermo Calderón, donde El Conde no falla, es preciso, certero y habla de todo lo que no se habla de ese Pinochet que ha crecido últimamente en Chile y donde la ultraderecha reivindica para su gallinero “los logros” de la Dictadura.
Entre la traición y la atrocidad pintan los titulares de los periódicos al conmemorar los 50 años del Golpe de Estado, pero hay como un 30 por ciento que habla “del milagro económico de Pinochet” y salvan su figura diciendo que evitó una dictadura marxista en el sufrido país sudamericano.

Y es en ese punto donde la ironía y la certeza de El Conde nos ayudan a ver que probablemente el General Augusto fue un asesino y torturador (para eso se vale del papel interpretado por nuestro adorado Alfredo Castro, quien personifica a un ruso expulsado por la Revolución), pero fundamentalmente fue un ladrón.
Es eso que no puede soportar El Conde, quien vive hace 250 años chupando la sangre de sus vecinos y que ahora quiere morir porque nunca estará en la Casa de la Moneda, con su busto, que elogia sus méritos.
Ha dicho Pablo Larraín en Venecia que de eso se habla poco y que la ultraderecha en su momento se enojó un poco y le dio vergüenza el descubrir los malos hábitos de su dictador favorito. “Claro, le duró media hora la vergüenza”, certificó.
Es ese dictador corrupto, interpretado sagazmente por Jaime Vadell (una lástima que no fuera a Venecia), el líder de una familia tan corrupta como él, que vive en una casa grande y abandonada, con su mujer Lucía Hiriart (Gloria Münchmeyer), que busca desesperadamente que la muerda para ella también convertirse en inmortal.
Un sudamericano puede entender cabalmente el poder de la provocación de Pablo Larraín al clan Pinochet, donde a pesar del repudio popular, uno intenta no meterse con ellos, porque todavía guardan algún lazo con el poder.
Mónica Maristain

A pesar de su extracción derechista, sus padres han sido ministros durante el gobierno de Sebastián Piñera, hay algo más que tiene Pablo Larraín y es el desprecio y la rabia que eso origina por la Dictadura en su país. No habla nunca de Salvador Allende, habla de los graves delitos económicos y morales que han caracterizado el gobierno de Pinochet y acusa a esa parte de la historia de Chile como entronizadora de la impunidad.
Ese desprecio y esa rabia por supuesto que se despliega a su viuda, quien es vista en esta película “de humor” como la que realmente fue, una mujer ambiciosa y que recibió muchos dólares a partir de sus obras benéficas y a sus cinco hijos, que ahora buscan la fortuna secreta “porque no quieren trabajar”.
Un sudamericano puede entender cabalmente el poder de la provocación de Pablo Larraín al clan Pinochet, donde a pesar del repudio popular, uno intenta no meterse con ellos, porque todavía guardan algún lazo con el poder.
Luego está el cine. Como en otras películas de Pablo Larraín (por ejemplo, El Club), El Conde elige las escenas del expresionismo alemán para realizar imágenes de gran belleza y de hondo sentido no sólo de horror sino también de sátira y de reflexión. El fotógrafo es el mismo de Todd Haynes, Ulrich Seidl, Wim Wenders, Steven Soderbergh y Paul Schrader, el estadounidense Edward Lachman.

Pinochet volando como el verdadero vampiro que busca cazar corazones en la noche, esas imágenes de la monja que vino a ayudarlo a morir, interpretado por Paula Luchsinger (hay retratos de ella que se parece mucho a La pasión de Juana de Arco, película muda francesa de 1928 del director y guionista danés Carl Theodor Dreyer), ejemplifican el gran sentido cinematográfico que tiene El Conde. No es una película de protesta, es una gran película.
Ahora bien, ¿hubiéramos cortado algo el guion? ¿No hubiéramos puesto ese giro histórico que hay al final y que justifica toda la historia? No lo sabemos, no podemos medir el grado de la rabia de Pablo Larraín. Ver por Netflix.
C
*Artículo originalmente publicado en Maremoto Maristain.

Mónica Maristain. Nació en Argentina. Desde el 2000 reside en México. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras. En Argentina dirigió las revistas Cuerpo & Mente en Deportes y La Contumancia. Aquí dirigió la revista Playboy, para todo Latinoamérica. Fue editora del Universal y editora de Puntos y Comas. Ha publicado muchos libros, entre ellos los de poesía: Drinking Thelonious y Antes. Los dedicados a Roberto Bolaño, entre ellos El hijo de Mister Playa. Prepara su libro sobre Mexican@s Ejemplares, una nueva aventura que saldrá por Harper Coll.






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