CINISMO ÉPICO
Libre de ataduras conservadoras
Pero esta madrugada era diferente. Esos seis malditos años de miar, cagar, medio acicalarse y vestirse con un traje que le quedaba cucho, eran el preámbulo para salir a decir necedades, mentiras y chistes malos durante tres horas seguidas, pero esa loable y esforzada labor había llegado a su fin el día anterior, así que este nuevo amanecer los únicos cabrones que tenían trabajo eran su uretra y su esfínter, por lo que la duda lo acechó.
Por Roberto Estrada

El Comandante Supremo abrió sus lagañosos e irritados ojos y miró su reloj de pulsera. Pasaban de las cinco de la mañana y ya estaba despierto aunque no por gusto ni necesidad. Como los últimos seis años de su vida había estado levantándose a esa misma hora para iniciar sus diarias ocupaciones, en automático su reloj biológico le subía el switch para espabilarlo, y lo primero que hacía cada vez era dirigirse al baño a echar su miada madrugadora -la más aceda y apestosa por cierto- y si tenía suerte, alguno que otro cerotillo medio seco que tenía toda la noche luchando por abrirse paso en sus destartalados y flácidos intestinos. Sobra decir que la miada madrugadora no era precisamente abundante, sino un pinche chorrillo entrecortado y punzante, pero que era suficiente para dejarle ensopadas las nalgas y las verijas en los calzones y sobre la cama, así que era imperativo siempre el desalojo.
Pero esta madrugada era diferente. Esos seis malditos años de miar, cagar, medio acicalarse y vestirse con un traje que le quedaba cucho, eran el preámbulo para salir a decir necedades, mentiras y chistes malos durante tres horas seguidas, pero esa loable y esforzada labor había llegado a su fin el día anterior, así que este nuevo amanecer los únicos cabrones que tenían trabajo eran su uretra y su esfínter, por lo que la duda lo acechó.
No sabía si ceder nuevamente ante el impulso de levantarse o dejar que el maltrecho cuerpo reposara un rato más, al fin y al cabo ya nadie lo esperaba para registrar y magnificar su diaria perorata, estaba ahí sólo en la habitación sin más compañía que sus pedos, porque ni la Bety quería ya compartir aquel lecho naftalinesco. Era un hecho que en caso de que el Preciso se zurrara no era una novedad, pero en todo el sexenio contaba con un destacado elemento de la Guardia Nacional que cada mañana le cambiaba el pañal colocado en las noches y le limpiaba la cola de ser necesario. Lo malo es que su esfínter constantemente desacataba su orden de “no traicionar” y sus partes blandas -demasiado blandas- terminaban como puerco en chiquero.
Pero ahora estaba solo, y con sus propias manos tendría que limpiarse si la cañería se le desbordaba, aunque eso era lo de menos, pues no sería la primera vez que se ensuciaba las manos. Le bastaba recordar cuando su hermano Pío le entregaba cientos de sobres amarillos repletos de billetes mugrosos que habían pasado por la manos ensangrentadas de los narcos que le ayudaban a financiar su campaña presidencial.
Roberto Estrada
Pero ahora estaba solo, y con sus propias manos tendría que limpiarse si la cañería se le desbordaba, aunque eso era lo de menos, pues no sería la primera vez que se ensuciaba las manos. Le bastaba recordar cuando su hermano Pío le entregaba cientos de sobres amarillos repletos de billetes mugrosos que habían pasado por la manos ensangrentadas de los narcos que le ayudaban a financiar su campaña presidencial. O como cuando manoseó las elecciones internas de su partido para que no pudiera llegar a ser candidato presidencial nadie que no fuera la ungida por él, la más obediente y manipulable de sus hijos. Claro que aquello era diferente, pues como un gran hombre de estado y patriota visionario, supo dejar de lado su asco por el dinero mal habido y la corrupción, pues el fin de llegar a ser presidente y mantener su sagrado legado para su pueblo bueno justificaba los medios. Porque de todas maneras sus
fieles fanáticos a los que llamaba cariñosamente solovinos, qué iban a saber de lo que le convenía a la nación.
Así que estaba más que acostumbrado a lo fétido y la podredumbre, pero esta vez la posibilidad de atascarse de mierda y orines le disgustaba más de lo normal. Sin pensarlo de nuevo se levantó de la cama y se dirigió tan apresurado como le era posible con sus decrépitas piernas al baño. Se bajó el pantalón de la pijama, se retiró el pañal y se sentó en el retrete. Lentamente comenzaron a sonar los trémulos gases entre los viejos pliegues anales y a salir el hilillo intermitente de miados a través de aquel triste y arrugado colgajo entre las piernas. Con alivio sintió que también se asomaba con cierta timidez la punta de una cagada que prometía salir libre de ataduras conservadoras, y hasta los resecos y vidriosos ojos se le humedecieron ante aquella efímera y escatológica felicidad.
Cuando apenas una débil sonrisa batallaba por dibujarse en el curtido cuero de su boca volvió a la realidad: se había quedado dormido en la Mañanera mientras esperaba a que el General Chencho Sandoval terminara de hablar sobre cómo las Fuerzas Armadas habían logrado bajar la criminalidad, y ahora ya todos los mexicanos vivían seguros y en paz en todo el territorio nacional.
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Roberto Estrada es licenciado en Letras y diplomado en Historia del Cine por la Universidad de Guadalajara, además de diplomado en Historia del Arte por la Universidad Anáhuac. Ha sido periodista cultural en diversos medios locales de Guadalajara. Es actor y se desempeña como bibliotecario de la Orquesta de Cámara de Zapopan.






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