CINISMO / JUGUETE RABIOSO
La mezcla perfecta de repugnancia y fascinación
Por Mariano Morales
“No debes olvidar que un monstruo es solo una variación, y que para un monstruo la norma es monstruosa”.
John Steinbeck
Son las alegrías del monstruo. El júbilo que se le hincha en el rostro como un globo negro. Aún no me entra en la cabeza que un ser tan miserable pueda expresar tanta dicha —esa estúpida lógica que se desborda de las garras de la realidad—, y me quedo mirándolo como quien mira un accidente, la mezcla perfecta repugnancia y fascinación.
Las mañanas en que me obliga a acompañarlo a la playa son de las que después pesan como deudas. Me hace caminar hasta el rincón más solitario, donde la gente se rinde al ruido y el mundo parece haberse olvidado de respirar. Agradezco al dios negro que hoy sea un día nublado; el frío cortando como mis comentarios ácidos y yo portando mi uniforme de derrota: sudadera oscura y calzón cachetero rosa, el kit del desempleada orgullosa. El desempleo me regala ese lujo de la pobreza: vestirme como si ya me hubieran enterrado y aun así salir a la calle.
Al principio pensé que quería alejarnos de la gente para alguna marranada. Empecé a buscar una buena piedra entre la arena, las manos temblándome, listo para volarle la jeta al primer movimiento raro. Pero no. El pinche monstruo solo quería pararse frente al mar y que la brisa chocará en su pecho desnudo; sentí cómo le acariciaba ese par de pechos que casi alcanzan a mis “niñas”, y me dieron ganas de vomitar y reír al mismo tiempo. Dos perdedores en el paraíso podrido —qué chingaos somos—, y él, masticando un gansito® con la calma de quien no teme la muerte porque ya está demasiado jodido para que valga la pena salvarse.
Eso es lo que me aterra: la normalidad de su devoción. Que un monstruo pueda ser tan doméstico, tan ridículamente humano en sus apetitos más vulgares. No puede ser solo eso; no, ni madres. Lo que él quiere es agarrarme desprevenida, con la guardia baja, hacerme creer en el puñetero cuento de que debajo de ese costal de vicios hay un buen corazón. ¿Qué corazón? ¿De qué sentimientos habla? Me repugna pensar que debajo de las costras haya ternura; me repugna la idea de quedarme a la espera del golpe que nunca llega. Nada en él es humano, aunque el finja lo contrario, con su piel escamosa y llena de protuberancias, totalmente amorfo; y ya ni hablar que la forma de su pene, sí se le puede llamar así, yo sigo pensando que es un arma de defensa, como la colita de los escorpiones. Recuerdo que por eso me encule de él, vaya cogidas qué me da el cabrón, aunque sé qué el no percibe el placer, le da igual.
Al principio pensé que quería alejarnos de la gente para alguna marranada. Empecé a buscar una buena piedra entre la arena, las manos temblándome, listo para volarle la jeta al primer movimiento raro. Pero no. El pinche monstruo solo quería pararse frente al mar y que la brisa chocará en su pecho desnudo; sentí cómo le acariciaba ese par de pechos que casi alcanzan a mis “niñas”, y me dieron ganas de vomitar y reír al mismo tiempo. Dos perdedores en el paraíso podrido —qué chingaos somos—, y él, masticando un gansito® con la calma de quien no teme la muerte porque ya está demasiado jodido para que valga la pena salvarse.
Por las madrugadas tengo un sobresalto que es ya parte de mi rutina: sueño que caigo en un hoyo infinito y no termino nunca de caer, solo una interminable oscuridad debajo de mis pestañas. Caer en espera del gran putazo que no llega. Me despierto pegada a brasas invisibles, lagos de sudor pegoteándome la piel por la mezcla de nuestros cuerpos; su respiración ronca, su mano pegada como un animal al costado mío. El puto mañoso siempre queriendo dormir en mis pechos, como si yo fuera una cuneta donde él puede dejar sus cosas rotas.
Lo contemplo y me dan ganas de hacerle daño y de protegerlo al mismo tiempo; de arrancarle la sonrisa y de pegarle un beso. No sé si eso me hace peor o más auténtica. A este monstruo lo vomitó Lovecraft, juro por mi madre. ¿Puede un monstruo tener “el sueño de los justos”? Ojalá nunca lo sepa, porque si mi vida ya va jodida, seguro que la respuesta sería “sí”.
Suspiro tras suspiro, un aire que se me queda pegado en las costillas. Le doy un beso en la frente, en ese lugar donde se posa el discreto y mal hecho tatuaje con mi nombre —una mancha que nos marca como propiedad o como recuerdo barato—. El gesto es absurdo: yo le doy cariño y él lo acepta como quien recoge una migaja del suelo. Me mira con esa satisfacción infantil de quien cree haber ganado un juego que yo no supe jugar; yo me siento ganadora y derrotada en la misma respiración.
El monstruo se vuelve a acomodar y yo me quedo mirando el tatuaje, pensando en todas las pequeñas traiciones que todavía no ha cometido y en las que ya cometió sin que yo me diera cuenta. Pienso en las veces que me arrancó una risa y en las veces que me arrancó el aliento a puñetazos lentos, casi dulces. Pienso que el amor, como la miseria, se aprende: se aprende a callar, a repartir migas, a sostener lo insoportable porque no hay otra cosa que hacer.
Y sin embargo —maldita hipocresía— vuelvo a dejar que la sombra de su cuerpo caliente la mía. Me acuesto, cierro los ojos, y mientras la brisa sigue golpeando su pecho desnudo como una condena, me repito una mentira para poder dormir: que mañana será distinto. No para creerla, sino para que la noche me permita seguir siendo cómplice de esta locura.
C

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.







Deja un comentario