CINISMO / OPINIÓN
Pasado, presente y futuro indescifrable
Por Jonatan Frías

La industria editorial, ese cruce fascinante entre arte e industria, como la definió el editor argentino Mario Muchnik, ha sido testigo de revoluciones que han transformado radicalmente la manera en que las historias y el conocimiento alcanzan al lector. Desde Gutenberg hasta el algoritmo, la figura central, a menudo silenciosa, ha sido el editor, cuya labor es crucial para que el «mundo esté gobernado por poco más que ideas,» como citaba Jason Epstein refiriéndose a J. M. Keynes y la importancia de los escritores.
El modelo tradicional de la edición, floreciente tras la invención de la imprenta, se consolidó en el siglo XX, un período que Jason Epstein, cofundador de The New York Review of Books y pionero del libro de bolsillo, analizó extensamente. En esta era, el editor era, ante todo, un descubridor de talento y un artífice cultural.
Un arquetipo de esta figura es Maxwell Perkins, el legendario editor de F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Thomas Wolfe en Charles Scribner’s Sons. Perkins, cuya máxima era el anonimato en favor de la obra, creía profundamente en el potencial del autor. Él mismo lo resumía: «Detesto profundamente que escriban sobre mí. […] Es más, pienso que un editor tiene que ser anónimo. Debe quitarse importancia, o que se sepa que la rehúye, porque son los escritores los que tienen importancia en su vida». Perkins no añadía nada a un libro, sino que se convertía en la «sirvienta del autor,» guiando y dando forma a manuscritos, a veces caóticos, para convertirlos en obras legibles y exitosas.
En España y América Latina, editores como Jorge Herralde de Anagrama y el propio Mario Muchnik (en sellos como Seix Barral y sus propios proyectos) siguieron esta estela, combinando un gran olfato literario con la gestión empresarial.
El presente de la edición está marcado por dos fenómenos principales: la concentración empresarial en grandes grupos multinacionales y la revolución digital.
La concentración ha llevado a que muchas editoriales históricas y prestigiosas pasen a manos de corporaciones, lo que a menudo implica que la lógica comercial se imponga a la cultural. Mario Muchnik advirtió sobre esto, lamentando cómo «el patrimonio intelectual que forjó estos últimos 40 años se fueron a la borda por las grandes empresas trasnacionales, esas editoriales que publican demasiado, pensando exclusivamente en el comercio del libro, no en el prestigio de la obra». En este contexto, el pensamiento predominante se invierte y el negocio es lo que cuenta, aunque Muchnik siempre creyó que «la calidad termina por prevalecer».
El entorno digital, con su capacidad de copiar y distribuir con facilidad, representa un desafío sumamente complejo para el derecho de autor, como señaló Jason Epstein. Sin embargo, también ha democratizado el acceso a la publicación, aunque esto no garantiza la supervivencia: Jorge Herralde, al observar la proliferación de sellos por el bajo coste de las nuevas tecnologías, matizó: «Han surgido muchas porque editar es muy barato con las nuevas tecnologías. Otra cosa es mantenerse en el tiempo».
En medio de este paisaje de gigantes, la figura del pequeño sello editorial independiente emerge como el verdadero laboratorio de talento y la reserva cultural de la industria.
El futuro de la edición parece indisolublemente ligado a la impresión bajo demanda y la digitalización. Jason Epstein ha sido un defensor de la tecnología como medio para eliminar el costoso problema del inventario y la devolución: si los libros se pueden imprimir donde y cuando se necesiten, el editor puede centrarse de nuevo en la calidad y el contenido, en lugar de en la logística.
Estos sellos, con recursos limitados pero con un criterio estético y literario innegociable, cumplen el rol de descubridores inesperados. Para Jorge Herralde, el éxito de Anagrama, a lo largo de sus más de cincuenta años, reside en que «el descubrimiento de autores es inesperado». Es la convicción personal del editor lo que guía la publicación, no las encuestas de mercado.
El difunto editor italiano Roberto Calasso, director de Adelphi, elevó esta labor a una categoría casi artística, concibiendo la edición como un género literario. Para Calasso, un editor construye su verdadera biografía a través de su catálogo: «La capacidad de dar forma a una pluralidad de libros como si fueran los capítulos de un único libro, todo ello teniendo cuidado —un cuidado apasionado y obsesivo— de la apariencia de cada volumen».
Esta «marca del editor,» como la llamó, es la que crea una constelación que atrae a ciertos lectores, sin distinción de géneros. La preocupación por el objeto libro (diseño, papel, portada) y el riesgo asumido al publicar «libros que habían corrido un alto riesgo de no llegar a ser nunca tales» son el sello distintivo de estas editoriales.
Calasso criticó el panorama actual: un nuevo paisaje «poblado de muchos editors, de aún más numerosos gerentes editoriales y expertos en marketing, pero cada vez menos editores». Los pequeños sellos, liderados por personas con la cultura y la curiosidad de un Mario Muchnik, son precisamente la resistencia a esta tendencia, priorizando el conocimiento sobre la mera información.
El futuro de la edición parece indisolublemente ligado a la impresión bajo demanda y la digitalización. Jason Epstein ha sido un defensor de la tecnología como medio para eliminar el costoso problema del inventario y la devolución: si los libros se pueden imprimir donde y cuando se necesiten, el editor puede centrarse de nuevo en la calidad y el contenido, en lugar de en la logística.
En este panorama, donde los grandes grupos se enfocan en los bestsellers con potencial de ventas masivas, la supervivencia cultural depende de dos fuerzas complementarias: los pequeños sellos editoriales independientes y la autopublicación asistida y profesionalizada.
Los pequeños sellos (como Anagrama en sus inicios o Adelphi) son los verdaderos laboratorios de la literatura. Su principal valor reside en el criterio del editor, quien, sin la presión inmediata del accionista, se arriesga a publicar literaturas singulares. Estos sellos construyen un catálogo coherente, una «marca del editor» que actúa como un filtro de calidad invaluable para el lector. Ellos descubren al talento genuino que luego, quizás, será absorbido por la gran industria.
La autopublicación, antes vista con recelo, se ha transformado. Cuando está asistida y cuidada por profesionales serios (correctores de estilo, diseñadores de cubierta, maquetadores y, sobre todo, editores profesionales), se convierte en una vía legítima y rápida para el autor que no encuentra su hueco en el sistema tradicional.
La clave está en la profesionalización. El autor financia la producción, pero un editor serio brinda el respaldo de calidad que garantiza que el libro cumpla con los estándares estilísticos y de presentación de cualquier editorial de prestigio. Esto asegura que la obra no sea solo un manuscrito publicado, sino un libro bien editado.
De este modo, tanto los pequeños sellos (basados en el criterio y el riesgo) como la autopublicación cuidada (basada en la inversión y la calidad profesional) funcionan como válvulas de escape y motores de diversidad para la industria, asegurando que el verdadero talento encuentre siempre un camino hacia el lector.
No obstante, Maxwell Perkins dejó una lección atemporal sobre lo que realmente importa: el talento del escritor. En un mundo cada vez más ruidoso y saturado de información, el editor seguirá siendo necesario como filtro, guía y compañero del autor.
La supervivencia de la cultura del libro dependerá de la persistencia de las voces singulares, tanto de los autores como de los editores que, como los pequeños sellos, se atrevan a construir ese «único libro» de su catálogo con pasión y riesgo. Como concluyó un biógrafo de Perkins, «Sin un vínculo intenso con el pasado, el presente es un caos y el futuro indescifrable.» La edición solo avanzará si honra su tradición de olfato, coraje y servicio al genio.
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Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).






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