CINISMO / DILEMAS DOMINICALES
«Es dolorida, no a-dolorida, sacale la ‘a’, adolorida no existe, es un invento de los mexicanos»
Por Emma González
«¿Acaso no son el verde y el amarillo cada uno de los colores opuestos de la muerte?
¿El verde para la resurrección y el amarillo para la descomposición y la decadencia?»
Antonin Artaud
I

En enero del 2024 le pregunté a José Antonio Monterrosas Figueiras si me podía recomendar a un editor. Necesitaba que alguien revisara un artículo que lleva por título: “El obstáculo epistémico en la ley que define el encierro”. En este proyecto para la UNAM, describía la experiencia sobre la enseñanza jurídica basada en la práctica, desde donde se diseñó una estrategia de desinstitucionalización psiquiátrica, a partir del reconocimiento del “loco” como un sujeto responsable de derechos y obligaciones.
“Es un texto farragoso”, fue lo primero que le escribí a la editora Mónica Maristain por correo, después de explicarle brevemente de qué iba el documento. Era una súplica para que destrozara lo menos posible el artículo, no tenía mucho tiempo para hacer correcciones. En el soliloquio donde intenté advertirle, ingenuamente, de la cuadratura académica,también le hice saber que estaba consciente de la densidad y la multiplicidad de temas, los cuales eran necesarios presentar en conjunto. De otro modo se dificultaría el entendimiento.
José Antonio me la había presentado en la sala de prensa de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara del 2022, ella me hizo un halago al cual no supe responder. Al parecer, ninguna de las dos registramos ese momento, pues ambas nos volvimos a presentar por primera vez cuando fuimos a comer al restorán Don Asado, en la Ciudad de México, en septiembre de 2025.
II
Mónica aceptó editar el artículo y aunque yo estaba emocionada no dejaba de intimidarme, sabía que era mordaz y crítica, pues ya la había leído. Pensaba que si alguien como ella podía encontrar claridad en el artículo, estaba listo para ser publicado.
Esto era importante porque el texto estaba dirigido al mundo del derecho. Escrito por una psicoanalista que les habla de la subjetividad y la ley. Unido a la hermenéutica de lo que implica en el razonamiento jurídico el cambio de régimen de tutelas al régimen de apoyos. Reflexiones que intenté contar a través de una historia de desinstitucionalización psiquiátrica.
A las dos semanas del envío de mi correo a Mónica, llegó su respuesta; ya tenía las correcciones. Me pedía vernos en videollamada para comentarlas. Cuando la vi detrás de la pantalla sentí un leve vacío en el estómago, que me recordó a los exámenes orales de la escuela.
En septiembre del 2025 me incorporé al taller “Tendremos un libro” que impartía Mónica junto con el escritor Jonatan Frías. Luego de varias entradas y salidas de diversos integrantes, al final el grupo quedó conformado por tres mujeres: Yolanda, Myrna y yo. Myrna escribe sobre la muerte y Yolanda acerca de la locura.
Antes de abrir el archivo ya me había mentalizado que lo iba a encontrar todo rayoneado, tachoneado, en rojo, con letreros de: “aquí no se entiende”, “a qué te refieres con esto”, “desglosa más”. Para mi sorpresa el archivo estaba igual, salvo dos o tres correcciones de puntuación que me explicó pero no la oí. Seguía empeñada en corroborar mi escenario catastrofista. Me dijo que no estaba de acuerdo en usar la palabra abordaje, porque para ella se abordaba el bus, no el abordaje terapéutico. Le expliqué que era importante porque no quería usar la palabra tratamiento, ya que aludía a la patologización de la condición mental.
—Bueno, para mí se aborda el bus, me repitió.
Reí y asentí. En la publicación final utilicé la palabra abordaje.
III

Días antes de enviarme el archivo corregido, me mandó por Whatsapp el link para acceder al álbum que, según, es catalogado como el mejor del rock argentino. Este se llama Artaud, de Pescado Rabioso, que en realidad terminó haciendo solo el cantante y músico Luis Alberto Spinetta.
No supe qué responder al momento que me llegó ese disco, tampoco cómo interpretar ese envío. ¿Era un guiño? ¿Una sugerencia? ¿Una pregunta de examen? ¿Acaso será porque en mi artículo hago referencia al poeta francés Antonin Artaud?
En la videollamada, casi al terminar, me preguntó si había escuchado el disco. Le contesté que sí. Comenzamos a hablar del poeta. Le conté cómo es que en el 2014, La carta a los directores de asilos de locos, se convirtió en la oración que rezaba muy seguido al salir o entrar al manicomio, cuando yo era la directora.
Esa carta comienza así:
Señores:
Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales. La profesión que ustedes ejercen está juzgada de antemano. No pensamos discutir aquí el valor de esa ciencia, ni la dudosa realidad de las enfermedades mentales. Pero por cada cien pretendidas patogenias, donde se desencadena la confusión de la materia y del espíritu, por cada cien clasificaciones donde las más vagas son también las únicas utilizables, ¿cuántas nobles tentativas se han hecho para acercarse al mundo cerebral en el que viven todos aquellos que ustedes han encerrado? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, consideran que el sueño del demente precoz o las imágenes que lo acosan, son algo más que una ensalada de palabras?
Aquel día le terminé confesando que estaba harta de los Derechos Humanos anquilosados en la retórica. Ya no quería seguir acusando al Estado Mexicano. Deseaba escribir historias.
—Para alguien como vos, que tiene tanto que decir, lo que se tiene que hacer es concretar. Ponete a escribir ya, pero ya, es ya mismo, me respondió.
Al principio fue complicado ponernos de acuerdo, yo cancelaba las reuniones, una vez me confundí de horarios. En mi oficina las cosas no iban nada bien. Mi nuevo jefe, después de hablarle de la grandilocuencia de las jurisprudencias ganadas en la Corte, por los equipos de estudiantes, en lo único que estaba interesado, era en cómo hacer para que “esa gente” se tomara sus medicamentos, cuando no querían hacerlo. Después de esa reducción, supe que me iba a quedar sin empleo, lo cual sucedió a los dos meses.
El día que tuve el desafortunado encuentro con mi jefe, también tuve una videollamada con Mónica a la que llegué tarde, además de enojada y vuelta un caos.
— ¿Vas a escribir o no?, me preguntó.
Le dije que no, e intenté explicarle que me estaba quedando sin empleo, que el proyecto de años que construimos se estaba yendo a la basura.
—Bueno, ya está.
Cerró la sesión y me quedé mirando la pantalla.
IV
Después de tres meses, en septiembre del 2024, recibí un correo suyo. Quería saber si seguía escribiendo, le dije que sí. Acordamos reunirnos los martes para revisar los avances.
— Escribe más. Sentate todos los días, aunque sea media hora y escribe.
Había ocasiones en que no sabía cómo decirle que lo poco que había escrito, me había llevado días.
— Es dolorida, no a-dolorida, sacale la «a», adolorida no existe, es un invento de los mexicanos.
Esa fue una de sus primeras correcciones a la novela, cuyo primer capítulo abre con el día después del funeral de la madre de la protagonista. Razón por la que cada martes nos sentábamos detrás de nuestras respectivas pantallas a conversar sobre el lado oscuro de la maternidad, la rivalidad entre madre e hija, la accidentalidad de la familia y sus secretos, la muerte y la locura, principalmente. Temas centrales en el libro.
En el transcurso del 2025, tanto ella como yo, enfrentamos diversas muertes de seres queridos.
— Yo no creo en que hay un más allá, te morís y te morís, ¿entendés?, me dijo en más de una ocasión.
En septiembre del 2025 me incorporé al taller “Tendremos un libro” que impartía Mónica junto con el escritor Jonatan Frías. Luego de varias entradas y salidas de diversos integrantes, al final el grupo quedó conformado por tres mujeres: Yolanda, Myrna y yo. Myrna escribe sobre la muerte y Yolanda acerca de la locura.
Regresar al taller este enero, sin Mónica no será fácil, como tampoco lo serán los martes de su ausencia. Son días inhóspitos.
C

Emma González es «una mujer de buenas intenciones que ha pavimentado un camino directo y fácil al infierno».






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