DANDYS Y CÍNICOS
Cuentos de hadas en películas largas y viejas
Por José Antonio Monterrosas Figueiras

El 6 de enero murió el mago sombrío y existencialista del cine húngaro, Béla Tarr, a la edad de 70 años, esto a causa de alguna enfermedad que desconozco. Entre las películas por las que será recordado están Las armonías de Werckmeister (2000), El hombre de Londres (2007) y sobre todo Sátántangó (1994). Ésta última una elegía de casi ocho horas, que es una adaptación de la novela de su amigo y colaborador László Krasznahorkai, ahora Premio Nobel de Literarura 2025.
«Béla estaba muy emocionado en 1984. Era entusiasta cuando leyó mi primer libro, Sátántangó, y quería realizar la adaptación al cine», le contó Krasznahorkai al periodista Ricardo E. Tatto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2024. «Se acercó a mí y me dijo que amaba la novela y que quería hacer la película, y le contesté que no, pero él regresó. ‘A mí no me gusta, soy un escritor, soy una persona que escribió un libro’, y volvió a venir, y después de un tiempo tuve que entender cuál era la mejor manera para lidiar con él, decirle que sí a la siguiente ocasión que lo intentara”, continuó.
En la misma conversación el escritor recordó que estuvo trabajando en el guión del filme y en 1985 se realizó el rodaje, el cual fue accidentado, ya que las autoridades comunistas de la época no permitieron que se filmara. Fue hasta que terminó el régimen cuando tuvieron la oportunidad de finalizar la cinta, porque otro problema que surgió fue que se acabó el presupuesto, pues Tarr había filmado demasiado metraje, «lo suficiente -subrayó- para realizar una película de… ¡siete horas!»
«Finalmente -recordó- él pudo recaudar algo de dinero al negociar que le pagaron los derechos de exhibición por adelantado para que se transmitiera por televisión, a pesar de que ya sabía que por el tema era imposible transmitirlo en la TV, pero se salió con la suya. Nunca nos imaginamos que sería un éxito debido a la dificultad de su visionado, aunque aún así fue un éxito”.
En el libro que coordinó el escritor y filósofo Steven Schneider, 1001 películas que hay que ver antes de morir (2003), el crítico de cine Jonathan Rosenbaum se preguntó: «¿Cómo hacer justicia a esta cutre comedia negra de siete horas de duración, que se cuenta entre las películas más impresionantes de los noventa?»
Antes de su proyección, dentro de la sala de cine en el centro de Morelia, dijo Béla: “Hay un sol hermoso afuera, y en la pantalla verán que todo es muy frío, menos de diecisiete grados y además blanco y negro, es larga y parece un cuento de hadas. Algo como la eternidad y la vida diaria, algo sobre el ser humano, algo sobre la dignidad; la dignidad de cada ser humano. No es nada gracioso. No es algo que sea de entretenimiento.
Para el colaborador del Chicago Reader, Sátántangó es una obra diabólica de un sarcasmo sobre los sueños, intrigas y traiciones de una cooperativa agrícola fracasada. «Si el relato es un comentario indirecto sobre el hundimiento del Comunismo -asumió-, tiene mucho que decir sobre las degradaciones subsiguientes del capitalismo (que) como ha señalado Tarr, la policía y la naturaleza humana son las mismas en todas partes. El tema de esta narración, brillantemente construida, es cosa del mundo actual, y sus 450 minutos de duración ininterrumpida son necesarios porque Tarr tiene mucho que decir y quiere hacerlo bien», concluyó.
En 2011, Béla Tarr cerró su carrera como realizador cinematográfico dejando un testamento en vida con la película de una familia que solo tiene para comer papas hervidas en una casa alejada de todo, donde tienen un caballo negro, razón por la que ésta se llama El caballo de Turín, con el que pueden todavía salir de ese lugar triste y lúgubre.
En el libro del filósofo y profesor francés Jacques Rancière, Béla Tarr, después del final (El Cuenco de Plata, 2013), señaló que éste no es un cineasta del fin de los tiempos que sigue a la catástrofe del sovietismo, porque «el tiempo después del final no es el tiempo uniforme y moroso de quienes ya no creen en nada. Es el tiempo de los acontecimientos materiales puros a los que se enfrenta la creencia, durante todo el tiempo que la vida pueda soportarlo».
Béla Tarr, quien nació en Pécs, el 21 de julio de 1955, y murió en Busdapest, la capital de Hungría, participó de niño como actor. El cine fue al inicio un pasatiempo, porque en realidad lo que siempre quiso ser fue filósofo, pero el gobierno húngaro no le permitió asistir a la universidad para estudiar esa carrera, así que fue alumno en la Academia de Teatro y Cine de Budapest. Luego de concluir su filmografía, conformada por diez largometrajes, uno de ellos para la televisión, Béla se dedicó a dar clases a nuevos cineastas a los que les decía que la vida no es acción, corte, acción, corte, porque el tiempo es existir. Salir a la calles.
En 2012 fundó la Film Factory, la cual fue desarrollada en su totalidad por él, con el objetivo de transmitir los conocimientos que adquirió a lo largo de su vida y para apoyar a los nuevos realizadores en el inicio de sus carreras. Béla Tarr planeó las clases, invitó a los maestros y eligió que Sarajevo fuera la sede del doctorado. Así lo contó unos de sus alumnos, Sergio Thor Flores, en agosto de 2013: «Me atrevo a decir que en todas las disciplinas artísticas no existe otra escuela como Film Factory».
Explicó el realizador de la película 3 mujeres (o despertando de mi sueño Bosnio) (Bosnia-Herzegovina-México, 2016), de la que Béla Tarr fue productor asociado, que ahí tomó clases bajo la tutela de Gus Van Sant, Fred Kelemen, Tilda Swinton y Carlos Reygadas. «Todo esto es gracias a la iniciativa del gran Béla y al afán que tiene por ayudar a la juventud». Recordó que cuando inició su carrera no recibió apoyo alguno y es algo que no quería que se siga repitiendo. El legado del cineasta huganro, resumió Sergio Thor Flores, «no sólo está en su cine, sino en apoyar a los nuevos cineastas en la parte más complicada de sus carreras».
Béla Tarr y Las armonías de Morelia

Tuve la oportunidad de conocer a Béla Tarr en el Festival Internacional de Cine de Morelia, en su novena edición, sucedida en 2011, podría decir que fue entrevistándolo pero no, fue como si estuviera en una de sus películas, ambos salíamos de un baño penumbroso y el momento fue inmortalizado por la fotógrafa Berenice Fregoso. Le pregunté si ya había probado la charanda, el agua ardiente michoacana, pues si algo parecía Béla era un hombre en estado de ebriedad.
También pude ver en ese festival la película Las armonías de Werckmeister, una historia —basada en otra novela de László Krasznahorkai, Melacolía de la resistencia— sobre un pequeño pueblo húngaro sacudido por el cadáver de una ballena que se exhibe en la plaza central, que acaba siendo el detonante de una revuelta social.
Antes de su proyección, dentro de la sala de cine en el centro de Morelia, dijo Béla: “Hay un sol hermoso afuera, y en la pantalla verán que todo es muy frío, menos de diecisiete grados y además blanco y negro, es larga y parece un cuento de hadas. Algo como la eternidad y la vida diaria, algo sobre el ser humano, algo sobre la dignidad; la dignidad de cada ser humano. No es nada gracioso. No es algo que sea de entretenimiento. Es algo que surgió hace once años, porque ésta es una película vieja, y espero que no sientan la edad de esta película, gracias”.
Otro día también vi El caballo de Turín, al salir de ella me dieron ganas de sumergirme en los plareces de la vida. Algunos más entraron a ver Sátántangó, yo preferí ver ese hermoso sol que Béla Tarr menciónó al principio.
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