CINISMO / OPINIÓN

Por Jonatan Frías

La segunda mitad del siglo XX fue un período de efervescencia intelectual donde los puentes entre la filosofía, la literatura y la política se tejieron con urgencia. En este escenario, la amistad entre el francés Albert Camus (1913-1960) y el mexicano Octavio Paz (1914-1998) emerge como un diálogo fundamental. Ambos, poetas y pensadores, compartieron una profunda afinidad por la cultura crítica, la defensa del individuo frente a la Historia y una visión matizada de la Revolución, que culminó en una ética de la Rebeldía lúcida y humanista. Sus encuentros en el París de la posguerra, epicentro de las batallas ideológicas, forjaron un entendimiento que trascendió la geografía y el idioma.

Camus, a través de sus ensayos periodísticos y sus cuadernos, defendía la necesidad de que el escritor se mantuviera “en el dolor de los otros” y se negara a justificar la violencia histórica en nombre de un futuro utópico

Fue en estos círculos que Paz conoció a Camus, una figura ya central cuya novela El Extranjero (1942) y su ensayo El Mito de Sísifo (1942) lo habían establecido como el gran portavoz de la conciencia de lo Absurdo. Aunque Camus era inicialmente asociado al existencialismo de Jean-Paul Sartre, su ruptura ideológica con la ortodoxia marxista y su crítica a las tiranías lo acercaron a pensadores más independientes.

El primer encuentro significativo se dio probablemente a finales de los años 40, facilitado por el mundo editorial y los círculos intelectuales compartidos, como la revista Preuves, donde Camus colaboraba y a través de la cual ambos escritores mantuvieron contacto a lo largo de los años 50.

Una de las afinidades más poderosas entre Camus y Paz fue su militancia en favor de la cultura crítica. Para ambos, el intelectual no podía ser un mero repetidor de dogmas, sino una conciencia vigilante que opera en los márgenes de la ideología dominante.

Camus, a través de sus ensayos periodísticos y sus cuadernos, defendía la necesidad de que el escritor se mantuviera “en el dolor de los otros” y se negara a justificar la violencia histórica en nombre de un futuro utópico. Su famosa crítica a la justificación de la violencia política, que se intensificó con la publicación de El Hombre Rebelde (1951), le ganó la enemistad de la izquierda sartreana.

Octavio Paz, que había coqueteado con el marxismo en su juventud, llegó a una conclusión similar. Su ensayo fundamental El Laberinto de la Soledad (1950) y su posterior obra crítica mostraron cómo las grandes narrativas históricas (incluida la Revolución mexicana y la soviética) terminaban por anular al individuo en favor de la abstracción del «pueblo» o del «progreso».

Paz, en varios textos (como los recogidos en Corriente Alterna), citó a Camus con admiración, destacando su «moral de la lucidez». En su ensayo Los signos en rotación (1965), Paz reflexiona sobre la relación entre el arte y la sociedad, y su posición es notablemente camusiana: el arte no puede ser un instrumento del poder, sino un acto de negación que afirma el valor incondicional de la vida. Para ambos, la crítica no era destrucción, sino la única vía para mantener viva la humanidad en medio de la barbarie ideológica.

La admiración de Paz por Camus se mantuvo inalterada incluso después del trágico accidente de tráfico que le quitó la vida. La obra de Paz, marcada por su visión de la poesía como el «instante» que irrumpe contra el tiempo histórico, es un eco de la búsqueda camusiana de la felicidad absurda en medio de la fatalidad.

El concepto de Rebeldía es el corazón de la afinidad ideológica entre los dos autores. Camus, en su obra cumbre El Hombre Rebelde, define la rebeldía no como una revuelta ciega, sino como un “no” metafísico que el individuo le dice a la condición absurda, al sufrimiento inmerecido y a la tiranía histórica. Para Camus, la rebeldía es la afirmación de un límite, una frontera que la violencia no debe traspasar: “El movimiento de rebelión se apoya en la afirmación de una frontera. La rebelión no es la reivindicación de una libertad total… Sino la reivindicación de un valor implícito en el hombre por el que él se siente con derecho a decir: ‘No se irá más lejos’”.

Paz asimiló esta ética de la negación y la aplicó a su crítica de los sistemas políticos modernos, especialmente a la justificación de los totalitarismos. En su poesía y en su prosa, Paz celebra al individuo que se atreve a ser diferente, que rompe el molde de la identidad colectiva.

En su libro Puertas al campo (1966), Paz escribe sobre la importancia de la disidencia y la necesidad de «negar la negación totalitaria». Para el mexicano, la rebeldía no es solo política; es también una búsqueda existencial de la plenitud en el instante frente a la linealidad vacía de la Historia. Esta idea resuena directamente con el héroe camusiano, Sísifo, quien encuentra su plenitud en la conciencia de su tarea absurda.

Tanto Camus como Paz tuvieron que lidiar con el fracaso de la Revolución como mito redentor.

Camus: Su ruptura con la izquierda comunista se basó en su repudio al concepto de la “necesidad histórica” que justificaba el terror del estalinismo. Para él, la Revolución, al divinizar la Historia, se transformaba inevitablemente en tiranía. La verdadera revolución, si existía, debía ser la que mantuviera la medida, es decir, que equilibrara la justicia con la vida humana.

Paz había sido testigo de las promesas incumplidas de la Revolución Mexicana y al observar el destino de las revoluciones socialistas, concluyó que la utopía, una vez implantada, se convertía en un nuevo despotismo. En textos como El Ogro Filantrópico (1979), critica el Estado moderno (incluido el PRI mexicano) como un monstruo que devora a sus hijos bajo la capa de la retórica revolucionaria.

Paz había sido testigo de las promesas incumplidas de la Revolución Mexicana y al observar el destino de las revoluciones socialistas, concluyó que la utopía, una vez implantada, se convertía en un nuevo despotismo

En esencia, la afinidad entre ambos radicaba en que veían la Revolución no como la solución, sino como el origen de un nuevo problema: cómo evitar que la lucha por la libertad se convirtiera en un nuevo y más eficiente sistema de opresión.

La admiración de Paz por Camus se mantuvo inalterada incluso después del trágico accidente de tráfico que le quitó la vida. La obra de Paz, marcada por su visión de la poesía como el «instante» que irrumpe contra el tiempo histórico, es un eco de la búsqueda camusiana de la felicidad absurda en medio de la fatalidad.

Paz, en su discurso de aceptación del Premio Nobel (1990), rindió un homenaje implícito a esta tradición de la lucidez, al hablar de la «otra tradición, la de la crítica, la de la negación, la de la Rebeldía, que se atreve a decir ‘no’ al poder y a la Historia». Esta es la herencia que Paz recogió de Camus y de otros pensadores europeos: la ética de la resistencia moral.

La amistad entre Albert Camus y Octavio Paz fue, en el fondo, una alianza tácita contra la simplificación y el fanatismo. Ambos ofrecieron una filosofía que no prometía el paraíso, sino la dignidad y la conciencia en el infierno. En los cafés de París, en las páginas de sus revistas, Camus y Paz consolidaron un humanismo difícil, un grito poético y moral que insiste en la medida y el límite, las únicas murallas que la razón lúcida puede oponer a la fatalidad histórica. Su legado conjunto es el de la lucidez ante el abismo, la afirmación de que, incluso en el mundo absurdo, hay una belleza en la resistencia.

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).


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