DANDYS Y CÍNICOS
La canciones saben de nosotros, lo que nosotros ingnoramos de ellas
Por José Antonio Monterrosas Figueiras

Han pasado diez años de la muerte de David Bowie. El artista que murió el 10 de enero de 2016 para resucitar al tercer día y el hombre que se liberó para siempre de la enfermedad. También fue el cantante que inició ese fatídico año para la música, del que se salvó Keith Richards, pero no Juan Gabriel, ni Leonard Cohen, ni mi madre que cantaba hermoso.
Recuerdo que escribí acerca de aquella noche en que murió, fue un domingo festivo. Yo bailaba un par de cumbias con Perla, en algún lugar de la Ciudad de México. Ella venía de visita desde León, Guanajuato, y yo me había descolgado desde, Metepec, Estado de México para encontrarnos ese fin de semana.
Eran las cuatro de la madrugada del lunes, cuando sonó «Rebel Rebel» en las bocinas de ese antro de la colonia Condesa que todavía estaba repleto de seres que no queriamos que terminara el fin de semana. Fue extraño escuchar al Duque Blanco después de Los Ángeles Azules.
En ese momento, pensé que la fiesta apenas estaba comenzando. Recordé cuando en medio de una reunión también con amigos, desperté después de quedarme dormido un buen rato, eran tal vez las tres de la madrugada de un sábado, pero al escuchar la rola «Youngs Americans» de Bowie no pude pegar el ojo, bajar las persianas, hasta entrada la tarde del otro día. Así es con Bowie, una bocanada de energía cósmica.
Al enterarme que el cantante inglés, reconocido no sólo por sus canciones sino por su trabajo actoral en cine, estaba enfermo de cáncer, el campanazo vino a mi cabeza, era tiempo de volver con mi madre a su casa, para continuar acompañándola en ese terrible proceso que venía viviendo ya desde hace muchos años, pero el cual se complicó desde abril de 2015.
La muerte de David Bowie fue para mí como un cuervo, que no me atreví a describirlo en ese momento —pero que lo vi volar sobre mi cabeza— y sentí ese escalofrío profundo al escuchar «Lazarus», que es una oda la enfermedad, al dolor, pero también a la libertad.
La muerte de David Bowie fue para mí como un cuervo, que no me atreví a describirlo en ese momento —pero que lo vi volar sobre mi cabeza— y sentí ese escalofrío profundo al escuchar «Lazarus», que es una oda la enfermedad, al dolor, pero también a la libertad.
Mi madre de 66 años de edad —tres menos que el cantante— podía irse de este mundo en cualquier momento a causa de esa horrible padecimiento que la fue marchitando por dentro lentamente. Seis meses después, el 13 de julio de 2016, ella murió.
En esos ocuros días del 2016, leí un artículo del doctor ahora también fallecido Arnoldo Kraus, con el nombre de “Sacks: enfermos, no enfermedad”, ahí leí que los buenos maestros suelen repetir que: “hay enfermos no enfermedades” porque “el enfermo suma enfermedad y circunstancias” y la enfermedad es “un hecho inédito en la vida del individuo”. El texto dedicado al escritor y neurólogo Oliver Sacks que en febrero de 2015 recibió la noticia de que el melanoma que le habían diagnosticado en el ojo, diez años antes, había hecho metástasis y ahora le afectaba el hígado. Seis meses más adelante murió.
El doctor Arnoldo Kraus —que mi madre me contó que lo visitó en algún momento, al ver en mi escritorio algunos de sus libros— cita, en «Recordar a los difuntos», una frase misteriosa del poeta francés René Char que dice que: “las palabras saben de nosotros lo que nosotros ignoramos de ellas”, pensé que ahí también podemos incluir las letras de la canciones.
Podríamos seguir cantando entonces, a diez años de la muerte de David Bowie, que las hojas se adhieren a los árboles como uno se adhiere a un amor, pues somos criaturas en un viento salvaje. Dejemos que éste sople a través de nuestros corazones, que algún día seremos libres como un pequeño bluebird.
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José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.






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