CINISMO / DIEZ AÑOS SIN DAVID BOWIE

Por: Alberto Zúñiga Rodríguez

Durante medio siglo se escribió casi todo sobre David Bowie: el camaleón, el extraterrestre, el dandi, el genio pop, el visionario. Sin embargo, a diez años de su muerte, hay una biografía posible que casi nadie ha contado, una línea de investigación especialmente interesante que emerge inexplorada: la de Bowie como artista que aprendió a irse, que hizo de la retirada, el silencio y la desaparición una forma tan consciente de creación como sus discos. Bowie desarrolló personajes para estar en el mundo pero —me queda muy claro—, que también ensayó, durante décadas, cómo abandonarlos y en el camino dejar a la deriva a esos personajes, sacudírselos de encima.

El niño que miraba hacia otro lado

David Robert Jones nació en 1947 en Brixton, pero creció con una sensación constante de extranjería, de “impermanencia”, de esa cualidad de que todo lo que está en constante cambio y no es eterno, un concepto central en filosofías orientales como el budismo.

No encajaba del todo en ningún sitio, y quizá por eso aprendió pronto a mirar desde fuera. Su famosa pupila dilatada —producto de una pelea adolescente con un amigo por una chica— le dio no una mirada heterocrómica (como muchos se han confundido por la sensación de verle los ojos de diferente color) sino una condición anisocoria (pupilas de diferentes tamaños) y le regaló un rostro siempre a medio camino entre la atención y la distancia.

Bowie veía el mundo como alguien que ya estaba preparándose para dejarlo… Antes de Ziggy Stardust, antes de la fama, Bowie ya había comprendido algo fundamental: la identidad no es un destino, es un ensayo, un performance. No se trataba de transformarse por capricho, sino de no quedar atrapado en una sola versión de sí mismo.

Matar para seguir vivo

Cuando Bowie “mató” a Ziggy Stardust en 1973, el gesto fue leído como una excentricidad. Hoy puede leerse como una advertencia: Bowie no iba a permitir que ningún personaje lo sobreviviera o lo llevara a su decadencia.

Cada vez que el éxito amenazaba con fijarlo —el soul blanco de Young Americans, el romanticismo europeo de la trilogía de Berlín, el pop masivo de Let’s Dance— Bowie encontraba la forma de huir hacia adelante, incluso a costa de perder público, prestigio o comodidad. Mientras otros artistas luchaban por conservar su mejor versión, Bowie se entrenaba para abandonarla a tiempo.

El exilio como método

En los años noventa y dos mil, Bowie comenzó una retirada progresiva que muchos confundieron con calma o madurez. Pero no era pasividad: era estrategia (¿qué no lo fue en su obra y vida?). Se mudó a Nueva York, caminó por la ciudad como un ciudadano anónimo, dejó de conceder entrevistas, permitió que el mito respirara sin él.

Bowie entendió antes que nadie que el siglo XXI iba a devorar ídolos con la misma velocidad con la que los creaba (el infarto en el Reality Tour de 2004 fue la máxima advertencia). Por eso eligió una forma radical de resistencia: desaparecer sin desaparecer del todo.

Blackstar: el arte de cerrar el círculo

Blackstar ese disco póstumo, sin disfraz alguno de despedida, fue precisamente la culminación de una ética artística basada en el control del relato. Bowie convirtió su propia muerte en una obra abierta, llena de símbolos que no se cierran, de cuerpos que flotan, de ojos vendados que siguen mirando. No explicó nada. No pidió compasión. No buscó lágrimas. Bowie murió como había vivido artísticamente: dejando preguntas en lugar de respuestas.

El legado invisible

A diez años de su muerte, Bowie sobrevive más allá de playlists, camisetas u homenajes. Su herencia más profunda está en otros horizontes: en los artistas que entienden que crear también implica saber cuándo callar, para no vivir de la repetición que con el tiempo es un reducto infame o un apestado de nostalgia; en quienes comprenden que el anonimato puede ser una forma de libertad; en los que asumen que la identidad es una construcción frágil y revisable. Quizá las pistas biográficas de David Bowie nos revelen con claridad que de ninguna manera quiso ser eterno sino irrepetible y quizá por eso, una década después, sigue pareciendo más del futuro que del pasado.

5 películas sobre Bowie y una playlist

De recientes a más longevas, pero no menos importantes, recomiendo 5 documentales para adentrarse en la vida de este camaleónico ícono de la cultura rock-pop universal.

Moonage Daydream (2022, Brett Morgen)

No es un documental biográfico clásico, es un viaje sensorial por la mente de Bowie. No hay testimonios actuales ni voz explicativa. Bowie se narra a sí mismo a través de archivo, música y montaje caleidoscópico. Es ideal para entender a Bowie como artista total, no como cronología vital.

David Bowie: Finding Fame (2019, Francis Whately)

La menos mitificada y quizá la más reveladora. Se centra en los años previos al éxito: el Bowie que fracasa, aprende y se reinventa. Resulta interesante por varios motivos, pero el que más, por ser la película del Bowie aprendiz, algo raramente contado.

David Bowie: Five Years (2013, BBC)

Analiza cinco momentos clave (1969, 1973, 1975, 1977 y 1983). Más analítico que emocional. Sensacional para entender cómo Bowie rompía su propia narrativa cada pocos años. Ese abandono del que antes hablé.

Stardust (2020, Gabriel Range)

Biopic polémico y muy discutido, particularmente porque no tiene música original de Bowie y se centra en un Bowie previo a Ziggy. Centrado en la primera gira que el cantante hizo por los Estados Unidos en 1971. Esto lo hace interesante por ser un objeto fallido que muestra lo difícil que es capturar a Bowie sin Bowie.

Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1973, D. A. Pennebaker)

Concierto-film que documenta el “asesinato” de Ziggy en directo. Registra un show y un performance peculiar, un suicidio artístico. Cerremos este texto con una playlist especial. Creada por este obrero fílmico para sumergirse en la mente de Sir David Bowie, que sugiero escucharla como si fuera una película fragmentada, con saltos, elipsis, repeticiones, reversiones y silencios, es decir, oírla si orden cronológico. Aquí va:

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.


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