MONICA MARISTAIN, IN MEMORIAM

Por José Antonio Monterrosas Figueiras

Mónica Maristain (1961-2025)

Ha pasado un mes de la triste noticia sobre fallecimiento de la periodista, escritora, editora y directora del sitio MaremotoM, pero sobre todo de una amiga, amiga entrañable para quienes convivimos con ella de cerca, No sabíamos que nunca nos volveríamos a encontrar, después de convivir con ella durante diez días y de estar en la presentación de su libro Leeré hasta mi muerte, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 39.

Mónica entonces volvió a su casa en la Ciudad de México revuelta en emociones encontradas, la muerte de su hermana Laura -un faro en su vida- al inicio de la FIL, y la serie de lutos que venía cargando en el 2025, además de una gripa que terminó por llevarla al colapso, cosa que me recuerda el video de aquella canción de los Beatles A day in the life, donde Lennon y McCartney se baten entre la entusiasta vida del primero y la dolorosa melancolía del segundo, que termina siendo un choque fulminante entre ambas: el caos y luego el silencio.

Aunque fue una mujer muy apasionada, que defendía sus posturas políticas o sus disgustos literarios, siempre tuvo un sitio para el diálogo y sobre todo, para el cariño, la escucha, la consideración. Era impulsiva, inquieta, a ratos explosiva y estaba en todo, en todo. Por ello, a pesar de su malestar físico y emocional, en esos primeros días de diciembre, no quiso renunciar a sus compromisos, dígase presentaciones de libros, la comida a la reconocida con el Premio FIL en 2025, así como hacer entrevistas a autores, el mismo domingo, 7 de diciembre, en que concluía la FIL. Notas que ya no logró publicar, pero sí pudo escribir el lunes, 8 de diciembre, una sobre el balance de la FIL de Guadalajara, la última en su portal Maremoto M, mientras viajaba destruida, con maletas llenas de libros, de vuelta a la Ciudad  de México. «Mónica ve a descansar, cancela todo, regresa antes a la Ciudad de México», le dijo una de sus amigas en medio de la FIL. «¡No me digas esooo! ¡Soy una profesionaaal!», le reviró enfurecida, una furia claro que provocaba cierta ternura en su amiga, que muy bien sabía que esa sería su respuesta.

Sin poder hablar por la tos, con el corazón roto por la muerte de su querida hermana, intentando tal vez equilibrar sus emociones, Mónica todavía escribió lo que podría ser su última nota, la cual compartió en su cuenta de Facebook, en donde habla  sobre la terrible Esclerosis Lateral Amiotrófica, conocida como ELA, que es una enfermedad neurodegenerativa progresiva que afecta a las neuronas motoras del cerebro y la médula espinal, debilitando los músculos voluntarios y dificultando actividades como caminar, hablar, tragar y respirar, aunque no suele afectar la inteligencia ni los sentidos, y a menudo se conoce como la enfermedad de Lou Gehrig.

El miércoles, 10 de diciembre, puso ese apunte en su Facebook y el silencio de ella se hizo muy ruidoso conforme pasaron los días de finales de diciembre, hasta que el 16 de ese mes, a las seis de la tarde, corrió como polvora que se nos había ido de aquí para siempre nuestra querida Maristain. Fue así que en los siguientes días en esta revista, invité a algunos colaboradores y personas cercanas a Mónica, para que compartieran algunas líneas sobre su relación con ella, incluso uno de los textos fue de alguien que no la conoció, pero que supo del dolor que es la ausencia de alguien que se le quiere que se le extraña que se le tiene en la memoria.

Dejamos algunos textos aquí, solo un par, sobre la Mónica Maristain, la editora, como la recuerda Emma González, quien durante el 2025, todos los martes se reunía para trabajar lo que será próximamente su primer libro con el probable nombre de Días inhóspitos, el cual no lograron concluir, será en la orfandad cuando Emma ponga sus útlimas palabras; también se encuentra un texto del periodista Fabián Polanco, quien trabajó con Mónica cuando ella era la directora de la revista Playboy en América Latina, a inicios de este siglo, y donde nos muestra a la Mónica periodista, a la jefa y a la aliada. “Siempre de buen carácter, amable y buena disposición de su parte eran las cualidades con las que me encontraba con ella», apuntó Fabián. ‘Con esa sonrisa discreta que la caracterizaba y un modo que al mismo tiempo te hacía desconocer cuál era su verdadero sentir’, subrayó.

Por otro lado, Zeth Arellano, colaboradora en MaremotoM y amiga de Mónica, quienes presentaron sus libros; Ruinas Líquidas, el de Zeth y Leeré hasta mi muerte, el de Mónica, durante la FIL de Guadalajara. Escribió en su texto homenaje, atravesado por este momento de luz y sombra al mismo tiempo: “Comprendí entonces que para Mónica escribir no era únicamente un oficio: era una manera de sostener la vida, de comprender sus matices y, tal vez, de desafiar su fugacidad. Y así como escribía, leía. Pero leer, para ella, no era una actividad pasiva ni un simple pasatiempo intelectual. Era alimento para la conciencia, herramienta de expansión y un ritual que la vinculaba con lo esencial”.

La poeta que fue, como lo recuerda la cronista Georgina Hidalgo al leer su libro de poesía Antes de Antes. «No sabía que Mónica era capaz de llegar a estas hondonadas y arrastrarme con ella en la vorágine de su examen final. La vida dando exámenes, ¿no Moni? Otra vez ha puesto nuestras cabezas en el filo de la guillotina. Salen sombras que nos hacen creer que tienen algo para nosotros, que pueden darnos todo, ‘el alma gemela y la barbarie’pero desbocadas solo borran las huellas de lo mejor que fuimos».

Hay otros textos escritos por un servidor, que van de esa semana que viví con Mónica en Guadalajara, a finales de noviembre y principios de diciembre, en el máximo evento de libros en habla hispana que tanto quería; pasando por el libro que coordinó en alguna Navidad, donde convocó a una veintena de escritores para que hicieran cuentos navideños para leer si lo que quedaba era estar metido en una cama el 24 de diciembre y, finalmente, uno donde reflexionó sobre su melomanía, con las diez canciones que marcaron su 2025, según lo contado por Mónica a Laura Barrera en su programa de radio El sountrack de una vida. Éste último fue gracias a Lucierene Castellanos, quien me recordó que existía ese programa, sugiriéndome tan aportuna y observadora como es, que hiciera una playlist con estas rolas, pero que terminó siendo uno sobre la relación de Mónica con la música, y la curiosas coincidencias de que falleciera a los 64 años de edad, que me recordó la canción de los Beatles, Cuando tenga 64 años, del emblemático disco del Sargento Pimienta.

“Hay muertes que no nos pertenecen y, sin embargo, nos atraviesan”, escribió Alberto Zúñiga. “No son las de nuestros padres ni las de nuestros amigos más íntimos, sino las de aquellas personas que nunca llegamos a conocer y que, aun así, ocupan un lugar sorprendentemente definido en nuestra imaginación. Son los amigos muy cercanos de nuestros grandes amigos. Viven —antes de morir— en el territorio de los relatos: en anécdotas repetidas, en nombres que se pronuncian con familiaridad, en gestos imitados, en frases atribuidas o en acciones tremendamente cotidianas que se comparten (es lo que tiene la proximidad y la interacción). Cuando mueren, algo en nosotros también se desordena, aunque no sepamos bien por qué ni con qué derecho”, continuó.

Compartir eso que Mónica Maristain fue y lo que permanece en nosotros, después de este Maremoto Maristain. Una forma de tenerla presente y de intentar transmitir a los otros parte de su conocimiento, de su forma tan argentina de ser y también sus maneras que a veces podían ser muy pelotudas. Era Mónica, la que todo quería saber, la que perseguía la erudición, la que la curiosidad la llevó al extremo de hablar de la muerte, de su propia muerte, a unos días de su muerte.


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