CINISMO / OPINIÓN

Por Jonatan Frías

Jorge Ibargüengoitia visto por el dibujante mexicano Ulises Culebro. Foto: Diario El Mundo de España

En México solemos decir que “lo que calienta es la risa” y eso se debe a que somos un país demasiado solemne, acartonado, aburrido. Confundimos con demasiada frecuencia lo “grande” con lo “grandioso” y lo “serio” con lo “solemne”; por eso la risa cala y cala hondo: porque rompe con lo establecido: rompe con lo formal. La risa no es seria.

A lo largo de la historia de la literatura, el humor ha sido una de las formas más eficaces —y a la vez más subestimadas— de ejercer la crítica social. Bajo su apariencia ligera, el humor permite decir lo indecible, señalar lo que el discurso solemne prefiere ocultar y desmontar las ficciones del poder sin recurrir al tono grandilocuente. El humor auténtico no consuela: incomoda. No embellece la realidad: la desnuda. Por eso suele funcionar como un espejo descarnado de la vida social, un reflejo en el que reconocemos nuestras propias contradicciones, hipocresías y absurdos. Como decía el maestro Augusto Monterroso: el bueno humor hace pensar y, a veces, hasta hace reír.

En este sentido, el humor no es evasión, sino una forma aguda de lucidez. Reírse de algo implica, primero, haberlo comprendido; implica tomar distancia, observarlo con atención y detectar la grieta por donde se cuela lo ridículo. El humor revela lo que el lenguaje oficial oculta, desarma las narrativas heroicas y expone la fragilidad de las grandes palabras cuando se enfrentan a la experiencia cotidiana. Pocas tradiciones literarias han sabido aprovechar esta potencia crítica del humor como la mexicana y pocos escritores la encarnaron con tanta precisión como Jorge Ibargüengoitia.

Manzana de la discordia, libro póstumo que reúne textos inéditos del autor, confirma una vez más que el humor ibargüengoitiano no fue un simple rasgo estilístico, sino una postura ética e intelectual frente al mundo. En estas páginas, el humor funciona como una herramienta de desmontaje ideológico, como una forma de resistencia frente al dogmatismo y como una manera profundamente humana de enfrentarse a las contradicciones de la historia.

Jorge Ibargüengoitia Antillón nació en Guanajuato en 1928 y murió trágicamente en 1983 en un accidente aéreo. En apenas cinco décadas de vida construyó una obra que hoy resulta indispensable para entender la literatura mexicana contemporánea. Dramaturgo, novelista, cuentista, cronista y periodista, Ibargüengoitia fue un escritor inclasificable que transitó con soltura entre géneros y registros, siempre fiel a una mirada irónica, escéptica y profundamente crítica.

Formado inicialmente en el teatro, Ibargüengoitia desarrolló una sensibilidad dramática que marcaría toda su narrativa: el gusto por el diálogo, la observación minuciosa del comportamiento humano y una especial atención a las estructuras del poder y a sus rituales. Sin embargo, pronto se distanció de los modelos solemnes del teatro y la novela “seria” para encontrar su propio camino en la sátira y la parodia.

Obras como Los relámpagos de agosto, una parodia magistral de las memorias revolucionarias o Estas ruinas que ves, donde retrata la vida provinciana mexicana con una mezcla de ternura y sarcasmo, lo consolidaron como un autor capaz de reírse de los grandes mitos nacionales sin caer en el cinismo vacío. En novelas como Las muertas y Dos crímenes, Ibargüengoitia exploró el crimen, la corrupción y la violencia no desde el melodrama, sino desde una mirada irónica y corrosiva que subraya el absurdo inherente a muchas tragedias sociales.

Su trabajo como cronista y articulista fue igualmente fundamental. En periódicos y revistas, Ibargüengoitia observó la vida cotidiana, la política, la cultura y las modas intelectuales con una prosa clara, directa y punzante. Nunca pretendió erigirse como una autoridad moral; por el contrario, su fuerza residía en su capacidad para mostrar la ridiculez de las certezas absolutas, incluidas —muy especialmente— las de los intelectuales.

Con el paso del tiempo, Ibargüengoitia se convirtió en un referente central de la cultura mexicana. Su obra enseñó a leer el país desde el humor, a desconfiar de los discursos heroicos y a asumir que la risa también puede ser una forma de pensamiento crítico. Lejos de envejecer, su literatura parece dialogar cada vez con mayor claridad con el presente.

Manzana de la discordia es un libro póstumo que reúne textos inéditos, versiones originales de crónicas y materiales que no habían sido publicados en vida del autor. Más que una simple recopilación, el libro ofrece una nueva perspectiva sobre el pensamiento político y cultural de Ibargüengoitia, especialmente en relación con los grandes conflictos ideológicos del siglo XX.

El volumen se centra en textos escritos a partir de su experiencia directa con la Revolución cubana y el clima intelectual de la Guerra Fría. Ibargüengoitia fue testigo privilegiado de un momento en el que los intelectuales latinoamericanos eran cortejados —y disputados— por distintos proyectos ideológicos y su mirada, siempre incómoda, rehúye tanto la idealización como la condena simplista.

Manzana de la discordia es un libro póstumo que reúne textos inéditos, versiones originales de crónicas y materiales que no habían sido publicados en vida del autor. Más que una simple recopilación, el libro ofrece una nueva perspectiva sobre el pensamiento político y cultural de Ibargüengoitia, especialmente en relación con los grandes conflictos ideológicos del siglo XX.

En este contexto, Manzana de la discordia funciona como un libro profundamente actual. No ofrece respuestas cerradas ni consignas, sino preguntas incómodas. Su valor radica en mostrar cómo el humor puede ser una forma de análisis político y cómo la experiencia personal —cuando se observa con honestidad— puede desmontar las narrativas oficiales.

El texto central y más poderoso del libro es, sin duda, “Revolución en el jardín”, una crónica extensa en la que Ibargüengoitia narra su estancia en Cuba tras haber ganado el Premio Casa de las Américas. Lejos de escribir un testimonio épico o un alegato ideológico, el autor construye un relato profundamente humano, atravesado por el humor, el extrañamiento y la observación minuciosa de lo cotidiano.

Desde el título, Ibargüengoitia establece el tono: la revolución no aparece como un acontecimiento grandioso, sino como algo que irrumpe en espacios domésticos, íntimos, casi banales. El “jardín” no es solo un lugar físico, sino una metáfora del espacio personal del escritor, invadido por discursos, consignas y expectativas ajenas. La revolución, así, se convierte en una experiencia concreta, vivida desde el cuerpo, el cansancio, la incomodidad y la sorpresa.

Uno de los mayores logros de este texto es su negativa a adoptar una postura doctrinaria. Ibargüengoitia no escribe para condenar ni para glorificar, sino para contar lo que ve y lo que siente. Y lo que ve es, muchas veces, contradictorio: entusiasmo genuino mezclado con burocracia, solidaridad junto a dogmatismo, ideales elevados coexistiendo con gestos absurdos. El humor surge precisamente de esa tensión entre el discurso oficial y la experiencia vivida.

Ibargüengoitia observa con atención las reuniones, los discursos interminables, la vigilancia ideológica, pero también los pequeños gestos humanos que escapan a cualquier consigna. En lugar de centrarse en los grandes líderes o en los acontecimientos históricos, se fija en los detalles: las incomodidades del viaje, las conversaciones triviales, los malentendidos culturales. Es en esos detalles donde la revolución pierde su aura mítica y se revela como un proceso profundamente humano, lleno de contradicciones.

El humor de “Revolución en el jardín” no es cruel ni condescendiente. No se burla de las personas, sino de las estructuras, de los rituales, de la solemnidad impostada. Ibargüengoitia se incluye a sí mismo en el relato, reconociendo sus propias expectativas, prejuicios y confusiones. Esta autoconciencia es clave: el texto no se erige desde una superioridad moral, sino desde la duda.

Uno de los aspectos más interesantes del texto es cómo muestra la relación entre los intelectuales y el poder. Ibargüengoitia describe con ironía la manera en que los escritores son invitados, agasajados y, al mismo tiempo, vigilados. La revolución aparece como un escenario donde la palabra intelectual tiene valor, pero también límites muy claros. El humor funciona aquí como una forma de resistencia: reírse es una manera de no someterse por completo.

“Revolución en el jardín” también puede leerse como una reflexión sobre el desencanto. No un desencanto amargo o nihilista, sino un desencanto lúcido, que nace del choque entre la idea y la experiencia. Ibargüengoitia no renuncia a la esperanza, pero tampoco se engaña. Su mirada es la de alguien que entiende que toda utopía, al materializarse, se enfrenta inevitablemente a la imperfección humana.

En este sentido, el texto dialoga con toda su obra narrativa. Así como en Los relámpagos de agosto desmonta el mito de la Revolución Mexicana, aquí desmonta la épica revolucionaria desde la experiencia personal. El método es el mismo: humor, observación, distancia crítica. El resultado es un texto profundamente honesto, que se resiste a ser instrumentalizado por cualquier discurso.

Este libro póstumo no es un apéndice menor ni una curiosidad para especialistas. Manzana de la discordia amplía y complejiza la imagen que tenemos de Ibargüengoitia. Nos muestra a un escritor comprometido con su tiempo, pero alérgico a las consignas; interesado en la política, pero profundamente consciente de sus trampas retóricas.

El valor del libro reside también en su actualidad. En una época marcada nuevamente por la polarización ideológica, el dogmatismo y la simplificación del debate público, la mirada de Ibargüengoitia resulta especialmente necesaria. Su humor nos recuerda que pensar implica dudar, que la crítica no necesita solemnidad y que la risa puede ser una forma profunda de responsabilidad intelectual.

Manzana de la discordia confirma que Jorge Ibargüengoitia sigue siendo una de las voces más lúcidas y necesarias de la literatura mexicana. Este libro póstumo reafirma una manera de mirar el mundo: con ironía, con inteligencia y con una desconfianza saludable hacia las verdades absolutas.

Leer estos textos hoy es reencontrarse con un autor que entendió que el humor no es un adorno, sino una forma de conocimiento; que la risa puede ser un acto crítico y que, a veces, el mejor modo de enfrentarse a la historia es observarla con atención, distancia y una sonrisa incómoda.

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).


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