CINISMO / OPINIÓN

Por Carlos Herrera Novoa

Nicolás Maduro preso en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn

El 3 de enero del 2026, a las 2 de la madrugada, Nicolás Maduro Moros, el dictador chavista de Venezuela, fue secuestrado por un comando del ejército de los Estados Unidos. Con esta captura terminó un drama que había empezado hacía varios meses con el bloqueo americano de la costa venezolana y conversaciones secretas entre los servicios de inteligencia de Trump y la vicepresidenta Delcy Rodríguez.

Poco después, y con el apoyo del ejército bolivariano, esta última asumiría el poder en un muy bien calculado golpe palaciego realizado frente a las narices de una perpleja ala izquierda chavista a la que no le quedaría más que reconocer los hechos consumados.

The Guardian revelaría poco después del golpe algunos detalles de la conspiración, fraguada en noviembre del 2025 y sellada a lo largo de diciembre en conversaciones secretas en Qatar. Los detalles se nos escapan, pero resulta claro que lo que debe haber seguido es un pacto de los conspiradores con el ejército y la introducción de topos dentro del círculo cercano de Nicolás Maduro que le habrían permitido a los Estados Unidos mantener un seguimiento al detalle de sus actividades, montar una maskirovka en el Caribe con barcos y dudosas narcolanchas para finalmente capturar a su presa con total impunidad.

De este golpe de mano, resultó un shock político a nivel continental que no solo demostraría lo poroso y débil de las soberanías nacionales y las instituciones del siglo XX en la era de la globalización sino que dejaría al descubierto un régimen que aún parecía sólido y combativo, pero que resultó más bien una tramoya hecha de papel y cartón piedra, los últimos restos de un proyecto que en su momento fascinó a una buena parte del continente pero que, en el instante en que Maduro fue capturado, yacía fracasado y en ruinas.

Al respecto las cifras son contundentes. Según cálculos del FMI y de la ONU, luego de 27 años de régimen chavista la pobreza ha pasado de afectar a un 49% de la población a afectar a un 87%, la desnutrición ha aumentado de un 20% a un 60%, la mortalidad infantil ha subido de un 18% al 30%, el desempleo de un 10,65% a un 33,2% y, según el Observatorio Venezolano de Finanzas, la inflación acumulada pasó de un 30% en 1998 a 1 500 000 % el 2018. Paralelamente la producción petrolera cayó de 3,5 millones de barriles de petróleo al día en 1998 a solo 880 mil el 2026. La misma Petróleos de Venezuela necesitaría, según Rystad Energy, una inversión total de 180 mil millones de dólares para recuperar su producción de 1998, es decir, una inversión equivalente a casi el 80% del PIB venezolano.

Preludio chavista

Hugo Chávez. Foto: Juan Barreto / AFP/Getty Images)

Sin embargo, la magnitud de esas cifras no debe hacernos olvidar que en el momento en que Hugo Chávez subió al poder Venezuela distaba mucho de ser un paraíso y que en la cuarta república este encontró todas las herramientas que utilizaría luego para construir su propio proyecto político.

Tampoco debemos olvidar que antes de 1998 la cuarta república venezolana ya era un estado petrolero patrimonial y clientelista, cerrado al comercio exterior, con industrias ineficientes basadas en mercados cautivos, controles de precios, empresas estatales deficitarias y numerosos subsidios.

Un estado que ya llevaba casi veinte años en caída libre en medio de una crisis de representación absoluta, cifras de pobreza apabullantes y una inflación acumulada que en los 90s ya llegaba ya a más del 100% anual. Por esas épocas las quiebras bancarias se sucedían una tras otra y sostener la tupida red de empresas estatales le costaba al erario público un equivalente a un 12% del PIB nacional.

La violencia política (cuyos episodios centrales serían el Caracazo de 1989 y el golpe de estado de Chávez de 1992) proliferaba en una atmósfera de descontento generalizado cuyo acto final fue un verdadero suicidio político. En 1994 el presidente Rafael Caldera amnistiaría al teniente coronel Hugo Chávez y, con él, a todos los conjurados en el golpe de 1992. Cuatro años después este ganaría las elecciones con una victoria aplastante.

En 1999, en un acto solemne, el nuevo presidente proclamaría el inicio de la quinta república y el comienzo de una nueva era que, en términos efectivos, significaría para Venezuela el final del siglo XX y el comienzo de una de las experiencias más extrañas y tóxicas de la historia latinoamericana reciente.

Fuera de sus logros en materia social, de sus intenciones (posiblemente sinceras) de acabar con la pobreza y reivindicar a los marginados o su prédica nacionalista, es imposible no darse cuenta de que Hugo Chávez, un político sumamente talentoso de vocación megalómana y autoritaria, desde un comienzo tuvo como primer objetivo asegurarse las llaves del poder en Venezuela, que pasaban por aprovechar el descontento y asegurarse los fondos necesarios para crear en torno a este su propia clientela.

Así, supo descartar un asalto directo a unas instituciones democráticas en decadencia y concentrar sus esfuerzos en lo más importante: en seducir y atraer a la multitud empobrecida y abandonada por el estado y utilizarla para la captura de su segundo objetivo estratégico: la empresa Petróleos de Venezuela S.A.

La captura de esta empresa marcó el final de la institución más poderosa de la cuarta república y el último bastión de oposición al gobierno. A partir de entonces, Hugo Chávez pudo hacer y deshacer sin control alguno. Los inmensos recursos del petróleo le dieron al régimen la posibilidad de funcionar de manera completamente autónoma, sin depender de cualquier fuerza política, social o económica. Con esos nuevos recursos y el apoyo de las multitudes enfebrecidas que se unieron en masa a su carro vencedor, Hugo Chávez fue copando rápidamente, una tras otra, todas las instituciones del país. Una vez asentado su poder y con la renta petrolera a la mano, la repartición de recursos superó cualquier cosa vista antes en el continente.

El proyecto chavista recicló las viejas fórmulas del populismo latinoamericano y sus recetas cepalianas, dándoles un matiz épico y revolucionario que no tenían antes. Más que cambiar las viejas estructuras heredadas de la Venezuela petrolera, las renovó acentuando a la vez sus virtudes y sus defectos. A ellas les agregó una red de organizaciones de base de la que siempre careció la cuarta república y que le permitió, con la excusa de expandir la democracia desde abajo, encuadrar a su clientela y subordinarla a un nuevo partido hecho a su imagen y semejanza, el Partido Socialista Unido de Venezuela, encargado más que nada de tramitar la voluntad del presidente y convertirla en ordenes operativas concretas.

Políticamente, el gobierno chavista siguió el camino de otras dictaduras plebiscitarias semejantes, como las de Vladimir Putin o Alberto Fujimori. Dictaduras con elecciones y una aparente división de poderes, que toleran pequeños resquicios de oposición y prensa libre. Afuera de sus fronteras el chavismo impulsó la expansión de su red clientelar a un nivel continental. Asociado con el régimen cubano sostuvo grandes programas de asistencia social, apoyó a gobiernos regionales e instituciones transnacionales afines y financió a todo tipo de organizaciones, partidos y candidatos de izquierda. Por más de diez años la narrativa chavista reinó casi sin oposición.

En una época de pleno crecimiento de las redes sociales y del internet, Hugo Chávez supo alzarse sobre la cresta de la ola de las nuevas tecnologías y surfearlas con la maestría de un showman nato. Tanto en la televisión abierta como en el internet llegó a batir récords de audiencia y pronto se convirtió en el ícono supremo de muchos movimientos anticapitalistas y antiglobalizadores, hasta ahora huérfanos de ideas, de símbolos y de líderes.

Por otra parte, bajo su gobierno, la economía se volvió completamente dependiente de las exportaciones petroleras y el estado se expandió más allá de lo que la precaria base productiva del país lo permitía. El objetivo de esta expansión, más que mejorar su eficacia, reducir la corrupción, recuperar una meritocracia venida a menos o crear un estado de bienestar moderno, fue la formación de un estado patrimonial dependiente del caudillo, que éste utilizó a destajo para premiar a los suyos y castigar a sus adversarios.

El proyecto chavista recicló las viejas fórmulas del populismo latinoamericano y sus recetas cepalianas, dándoles un matiz épico y revolucionario que no tenían antes. Más que cambiar las viejas estructuras heredadas de la Venezuela petrolera, las renovó acentuando a la vez sus virtudes y sus defectos.

El derrumbe de la producción interna a consecuencia de sus políticas, más que obstaculizar este proyecto lo facilitó. El control de la chequera petrolera le permitió acentuar la dependencia de la población de la importación de todo tipo de productos esenciales: desde alimentos básicos hasta medicinas y tecnología. La globalización financiera y la aparición de numerosas fuentes alternativas de crédito fueron un complemento muy bien recibido. De pronto el dinero abundaba, el carisma de Chávez era indudable y su retórica simple y directa creaba una ilusión de invencibilidad.

Por entonces el discurso chavista aún calaba muy bien en los grandes sectores urbanos empobrecidos que apoyaban al dictador. La furia y la pasión que Hugo Chávez le imponía a su mensaje acabaron con la indiferencia y la apatía política de la población venezolana y devolvieron la esperanza a millones de excluidos.

El verbo de Hugo Chávez arrastró consigo tanto a los habitantes de las barriadas como a los trabajadores y a las clases medias empobrecidas. A todos les otorgó un marco épico en donde ellos eran los protagonistas y los salvadores del mundo. Los libró de la frustración de haber formado parte de un régimen podrido y les dio la tranquilidad y la satisfacción de atribuirle su derrumbe a otros.

Así, dentro de esta narrativa, los culpables de la caída de la cuarta república no habrían sido sus dificultades y sus limitaciones estructurales internas sino oligarquías traidoras, conspiradores extranjeros y oscuras transnacionales capitalistas.

El estilo del régimen hizo hincapié en alimentar el resentimiento, la rabia y la venganza como una manera de mantener al país en una permanente efervescencia revolucionaria, en un permanente estado de guerra contra enemigos que nunca aparecían, pero cuya existencia fantasmal era conveniente para un régimen cuyas limitaciones se hacían cada vez más visibles.

La beatificación y la consagración de Simón Bolívar no hicieron sino reafirmar la beatificación del mismo Chávez, considerado su sucesor e incluso su encarnación. El uso y el abuso del nombre del libertador solo camuflaba un proyecto que en el fondo era la prolongación de la agonía de la república que pretendía reemplazar y superar.

Detrás del nuevo Simón Bolívar se encontraba el terrateniente paternalista, implacable y corrupto de las historias de Rómulo Gallegos, pero envuelto en una retórica de izquierdas y sostenido por una superestructura formada por los medios de comunicación, la globalización y el internet. 

Para el 2012, después de la segunda reelección de Chávez, ya era claro que la quinta república había dado todo de sí. Las cifras hablaban de un barco que hacía agua y que había que arreglar urgentemente. Mostraban un país con la inflación más alta del mundo, en donde las importaciones de bienes se habían multiplicado por cinco y en donde el desabastecimiento ya se había hecho crónico.

La producción petrolera declinaba a ojos vista y la manufacturera se asomaba a la quiebra. La deuda externa se había multiplicado por seis y el déficit público bordeaba el 20% del PIB. Lo peor era que ya no era posible ocultar la erosión de una clientela chavista desengañada y al borde del motín. La salud de Chávez se deterioraba al mismo ritmo que la del país y poco después, este moriría dejando al vicepresidente Nicolás Maduro como sucesor.

Aparece Donald Trump

Como el mismo Chávez, Donald Trump es un comunicador sin igual y un maestro en el uso de los medios. Ambos, outsiders críticos con el pasado reciente de sus respectivos países

Cuando Donald Trump llegó por primera vez a poder el 2016, hacía ya tres años que Nicolas Maduro gobernaba Venezuela. Ocho años después, durante su regreso a la Casa Blanca, éste aún estaba en la presidencia y Venezuela era un país en ruinas.

En ese tiempo, los chavistas habían demostrado ser unos sobrevivientes natos. Habían sobrevivido a su propia ineptitud y a sus consecuencias: el desbande de la mayoría de sus fieles, el colapso petrolero, la hiperinflación, el derrumbe de todos los servicios públicos, oleadas de protestas multitudinarias, la rebelión abierta de la oposición y la pérdida del 20% de la población del país.

El retorno de Donald Trump al poder el 2025 no pareció augurar nada bueno para ellos. Sin embargo, para entonces, el chavismo carecía de la importancia geoestratégica que había tenido y esa insignificancia parecía guardarlo de cualquier invasión o golpe de mano. Simplemente el país se había empobrecido tanto que ni siquiera sus enormes reservas de petróleo justificaban los costes de una agresión.

A pesar de esto, el aislamiento y la debilidad del régimen eran una invitación abierta para un presidente como Donald Trump ávido de éxitos fáciles que presentar a un público hambriento de novedades y espectáculo. El mismo Trump, como antes Hugo Chávez, tenía su mejor arma en su retórica encendida y en su capacidad de montar exhibiciones reivindicativas multitudinarias.

Como el mismo Chávez, Donald Trump es un comunicador sin igual y un maestro en el uso de los medios. Ambos, outsiders críticos con el pasado reciente de sus respectivos países, detestaban las reglas de juego heredadas y sus discursos estaban dirigidos a los desposeídos, a los perdedores y a aquellos se sienten desplazados y marginados.

Sus gestos sarcásticos, sus narrativas apocalípticas y confrontadoras los convirtieron también en el espejo en donde se reflejan los extremistas y marginales descontentos con la democracia y la globalización. Como Hugo Chávez, Donald Trump desde un comienzo utilizó su discurso como un medio para exagerar los agravios y atizar los resentimientos y el odio.

Como éste, además, el principal logro de Trump es haber conectado con su público de manera personal y haberlo colocado en el centro de una narrativa en donde su marginalidad desaparece para convertirlo en la reserva moral de una historia pintada con tono épicos. Sin embargo, a diferencia de Hugo Chávez, Donald Trump no es anticapitalista y su meta no es crear un estado asistencialista. Su visión del mundo es chauvinista, racista y su base social es mucho más diversa.

Esta se extiende a lo largo de un amplio espectro social que va desde los nuevos grupos identitarios neonazis a radicales religiosos, desde los millonarios reaccionarios de Silicon Valley hasta todo tipo de perdedores de la globalización: obreros industriales despedidos, trabajadores poco calificados o habitantes de áreas rurales en proceso de despoblamiento y depauperación.

Un espectro social que tiene quizás como único elemento en común una relación conflictiva con los cambios generados por la globalización y el nuevo capitalismo y cuyas identidades ya no cuadran dentro las estructuras productivas de un mundo industrial en desaparición.

Como el mismo Chávez, Donald Trump es un comunicador sin igual y un maestro en el uso de los medios. Ambos, outsiders críticos con el pasado reciente de sus respectivos países, detestaban las reglas de juego heredadas y sus discursos estaban dirigidos a los desposeídos, a los perdedores y a aquellos se sienten desplazados y marginados.

Sin embargo, el mismo Donald Trump nunca fue uno de ellos. El formó siempre parte del establishment empresarial de la vieja hornada y su carrera como millonario siguió los parámetros del orden industrial de la posguerra. Su radicalización ha sido reciente y ha tenido muchas fases que aún están por describir. Sin embargo, a grandes rasgos, es posible seguir el proceso que lo transformaría de un arrogante y cínico empresario inmobiliario en el más peligroso extremista del siglo XXI.

Podemos decir, por ejemplo, que el primer Donald Trump era un millonario más interesado en las mujeres, el dinero y el autobombo que en la política y que sus ideas lo inclinaban más hacia los neoconservadores que hacía el fascismo. Posteriormente, la ola del Tea Party lo influiría profundamente. Este movimiento no solo cambiaría radicalmente su manera de ver la política y el mundo sino le enseñaría una manera nueva de actuar y de acercarse al poder.

De este movimiento aprendería que la actividad política partidaria tradicional ya era obsoleta y también que, en los tiempos del internet y la masificación, el espectáculo y la autorrepresentación, son más esenciales que nunca para comunicarse con las multitudes.

Este movimiento además lo pondría en contacto con lo más graneado del radicalismo de derechas norteamericano, el más audaz, el más folclórico, el más racista y antidemocrático. Ellos posteriormente formarían su base electoral y de ellos tomaría lo esencial de su discurso.

Su victoria total sobre el establishment republicano en las primarias del 2016 reafirmaría sus certezas y sería el preámbulo de una tercera fase en su evolución política: la de su primer gobierno.

En esta aprendería por las malas que la voluntad y el espectáculo no son suficiente para gobernar un país, que para gobernar como él quería y plasmar sus planes radicales tenía que rodearse de una base política propia, adicta y que los viejos cuadros del partido republicano o la tecnocracia del estado, impregnados de la moral y los paradigmas de la antigua democracia, eran un obstáculo que había que neutralizar.

Así apareció el movimiento MAGA. A través de este Donald Trump reclutó a colaboradores esenciales de su segundo gobierno y, a la vez, el movimiento le sirvió como base para convocar a una multitud de outsiders y hombres nuevos, como la magnate de la lucha libre Linda McMahon, el economista revisionista Stephen Miran o el autor extremista Curtis Yarvin. Con este equipo Donald Trump no solo logró independizarse de la base dirigente del partido republicano sino también de sus cuadros administrativos y de los tecnócratas que tanto habían obstaculizado su primer mandato.

Pero con el movimiento MAGA no solo llegarían nuevos hombres sino también un batiburrillo de nuevas ideas que han servido para brindarle al movimiento un norte, una agenda y un propósito y dotar de una racionalización clara a los deseos e impulsos, muchas veces confusos e incoherentes, del presidente.

A ojo de águila podemos distinguir por lo menos hasta tres principales ramas ideológicas dentro del MAGA. La primera es la del extremismo republicano tradicional representado por la fundación Heritage y su Proyecto 2025, creado específicamente como una guía de viajes para Donald Trump.

Una segunda rama es la del movimiento de la “Ilustración Oscura” un grupo neofascista surgido dentro del magma tecnológico de Silicon Valley y cuyos ideólogos principales, los autores Curtis Yarvin y Nick Land, se han convertido en los referentes ideológicos principales de miembros del MAGA tan importantes como Michael Anton y Marc Andressen.

Una tercera rama ideológica, emparentada con la segunda, es la del libertarismo autoritario del gurú e influencer de derecha Peter Thiel. Este autor (un seguidor Ayn Rand) es particularmente respetado en Silicon Valley y en el entorno de Elon Musk y del vicepresidente J.D. Vance.

De estos grupos el MAGA ha tomado material para sustentar la guerra cultural y política trumpista. De ellos provienen un miedo paranoico hacía una fantasmal Insurgencia marxista interna, el desprecio a la democracia representativa, la idea de un CEO nacional con poderes omnímodos apoyado por una élite gobernante tecnológica, el proyecto de controlar instituciones del estado claves, de abolir otras, de eliminar los programas de ayudas públicas o el de imponerle al país un nuevo paradigma cultural conservador y neo cristiano.

Pero, sobre todo, de ellos proviene una idea nueva para la democracia americana: la de un estado patrimonial en donde lo que cuenta para mantener el poder es la propiedad de un territorio y la creación en él de un espacio económico y político cerrado que permita definir fronteras claras dentro de las que los propietarios puedan ejercer un control directo sin contrapesos ni equilibrio de poderes.

La creación de un espacio de este tipo parece haberse convertido en uno de los objetivos prioritarios de la administración Trump y la justificación de sus políticas de reindustrialización y en contra el libre comercio. También parece explicar el aterrizaje de Trump en Venezuela y sus planes para ella.

A estas alturas resulta obvio que la razón pragmática de su intervención fue el vacío de poder que la quiebra del régimen de Nicolás Maduro había creado en el país. Un vacío de poder que invitaba a ser llenado por cualquier aventurero con suficientes agallas para atreverse a correr los riesgos de una costosa operación con muertos y heridos. Donald Trump fue el aventurero que llenó ese vacío y lo hizo de manera fácil, rápida y sin demasiados costes, capitaneando una rebelión interna que de pronto le regaló el país sin ni siquiera mover un dedo.

Sin embargo (como lo demuestra el poco interés de las transnacionales petroleras por Venezuela) ya es claro que el petróleo es el botín principal del galeón que Donald Trump y sus bucaneros han capturado en el Caribe, pero no la razón principal para su captura.

Así, descartada la excusa del narcotráfico y en vista de que lo que Trump más parece querer son unos capataces confiables que le cuiden la finca y no una democracia funcional, solo queda indagar en la cosmovisión política del trumpismo, en su búsqueda de un espacio sometidos directamente al control político de Washington y en  el deseo de tener una periferia colonial libre de la presencia de otras potencias que le sirva no solo de mercado sino de almacén de materias primas baratas, una periferia de estados sometidos gobernados por oligarquías convertidas en correas de trasmisión de los deseos de Washington.  

El 2026 y más allá

Delcy Rodríguez siempre ha sido una chavista dura y corrupta y que está dispuesta a venderle todo lo vendible a Donald Trump con tal de permanecer en el poder.

Es casi seguro que los proyectos maximalistas de Donald Trump van a terminar tropezando con las mismas limitaciones estructurales que llevaron al fracaso al proyecto chavista y a otros proyectos parecidos. Quizás el mayor obstáculo a remontar para Trump es la necesidad de mantener contenta a una clientela demasiado diversa y con intereses encontrados.

Es evidente que el obrero despedido, el activista conservador o el megamillonario de Silicon Valley no van a estar contentos a menos que disfruten de los beneficios de su cercanía al poderoso. Pero también es evidente que Donald Trump no posee las herramientas populistas que sirvieron a otros caudillos para satisfacer a sus clientelas, pues tanto el uso arbitrario del presupuesto nacional, como del Banco Central y la distribución de empleos y cargos públicos le están vedados.

Otra limitación importante de su gobierno es el desfase existente entre las ideas y las expectativas que articulan al movimiento MAGA y la realidad que este proyecto quiere cambiar. Estas ideas deben más a la fantasía y al deseo que a un análisis frio de la realidad y sus posibilidades. La incapacidad e incompetencia mostradas por la segunda administración Trump son un tercer cuello de botella presidencial.

Como en el caso de Hugo Chávez, la necesidad de superar los límites impuestos por el aparato del estado ha impulsado a Donald Trump a rodearse de aficionados leales y a despreciar cuadros tecnocráticos valiosísimos. Los resultados se ven claramente tanto en la imposibilidad de la administración Trump de articular operaciones de largo aliento como en la de construir estructuras permanentes que le permitan consolidar sus avances antidemocráticos.

Estas limitaciones juegan en contra del presidente y lo obligan a forzar la única herramienta que parece controlar completamente: la del espectáculo y la escenificación de su propio poder. Así la necesidad de mantener el show parece ser el primer motor su dinámica política, llevando a iniciativas tan absurdas como reclamar Canadá, Groenlandia o la de lanzar y mantener guerras arancelarias inútiles, cuyos objetivos principales no parecen ser expansiones territoriales o ventajas comerciales sino más bien el mantener el entusiasmo y el apoyo de sus fieles.

Dentro de este escenario, el futuro de Venezuela no es fácil de predecir. No hay que engañarse, el chavismo no se va a ir del poder si no quiere hacerlo. El triunfo de su ala tecnócrata no debe hacernos olvidar que Delcy Rodríguez siempre ha sido una chavista dura y corrupta y que está dispuesta a venderle todo lo vendible a Donald Trump con tal de permanecer en el poder. En las circunstancias actuales, lo más probable es que el chavismo se mantenga en pie unos años más hasta que sus dirigentes opten por algún tipo de retiro prematuro arropados por el dinero americano.

Dentro de este escenario, el futuro de Venezuela no es fácil de predecir. No hay que engañarse, el chavismo no se va a ir del poder si no quiere hacerlo. El triunfo de su ala tecnócrata no debe hacernos olvidar que Delcy Rodríguez siempre ha sido una chavista dura y corrupta y que está dispuesta a venderle todo lo vendible a Donald Trump con tal de permanecer en el poder

Es poco probable también que la intervención de Trump genere algún tipo de transición democrática, en parte por el carácter filibustero y oportunista de esta y en parte porque en Delcy Rodríguez, Donald Trump ya tiene a la dirigente ideal que le cumpla sus deseos.

El futuro de Venezuela dependerá entonces de que el gobierno de Donald Trump se derrumbe, producto de sus propias limitaciones, y que sin su apoyo el chavismo se desbande. Felizmente hay señales de que lo primero puede pasar más pronto de lo que creemos.

La primera señal es el aumento de la resistencia fuera y dentro de las fronteras de los EEUU, luego está el estancamiento de una economía en donde la tecnología se ha convertido en su único factor productivo y, por último, la edad del presidente, que, ocurra lo que ocurra, va a tener de abandonar el poder sin que exista un sucesor claro.

Pero lo que no es tan difícil de ver es la línea de continuidad entre el caudillo populista Hugo Chávez y el caudillo populista Donald Trump. Es una línea histórica que aún queda por definir, pero cuyos rasgos básicos ya son reconocibles.

En ambos casos estamos frente fenómenos políticos producto de un desface visible entre instituciones obsoletas y una sociedad en plena transformación, un desface que va a continuar hasta que nuevas estructuras políticas y sociales reemplacen a las anteriores.

Antes de esto, asistiremos a la aparición de toda una serie de regímenes populistas autoritarios directamente enfrentados a sus instituciones y con una increíble predisposición a generar caos. De este modo, en los próximos años esperamos que no solo surja un nuevo Simón Gorila sino muchos más, de diferentes colores, formas y tendencias.

Bibliografía de referencia:

Bolton John: La habitación donde sucedió

Elman Juan: Peter Thiel o el reaccionarismo tecnológico (Artículo. El País. 30.05.2025)

Morozov Evgeny: Los oligarcas tecnológicos imponen su profecía (Artículo. El País. 20.05.2025)

Naim Moises: Repensar el mundo. 111 sorpresas del siglo XXI

Naim Moises: El fin del poder

Pino Iturrieta Elias: Historia mínima de Venezuela

The Guardian. Venezuela’s Delcy Rodríguez assured US of cooperation before Maduro’s capture (Artículo. The Guardian. 22.02.2026)

Wolf Michael: Fuego y furia. En las entrañas de la casa blanca de Trump

Woodward Bob: Miedo. Trump en la casa blanca

Woodward Bob: Rabia

Mi nombre es Carlos Herrera. Soy escritor, arqueólogo, historiador del arte y de las religiones y un gran consumidor de cine, literatura, teatro y artes plásticas. Me encantan la política y la actualidad internacional. Desde que me gradué en la universidad en el 2014 me he dedicado a escribir. Tengo ya dos libros publicados (ficción) y varios artículos
académicos aun por publicar. Escribo textos sobre diversos temas desde la política internacional hasta arqueología, historia y literatura. Mi hobby es coleccionar libros —especialmente libros digitales. Mi obra literaria está influí da por mis estudios de arte y arqueología, así como por mi fascinación por las mitologías indoeuropeas e indígena americana. Literariamente lo está por las literaturas medievales europeas, así como por las latinoamericana y estadounidense del


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