CINISMO / OPINIÓN
Libros, Café y Jazz
Por Jonatan Frías
A Eri, Arnoldo y Abdiel

Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo, dice Julio Cortázar, y eso es porque los libros son un espacio en donde uno se siente cómodo. Los libros son honestos, no son condescendientes, no nos dicen lo que queremos oír, sólo para hacernos sentir mejor.
Hay libros que nos producen una reacción física tremenda, que nos hacen sentir incómodos, que nos doblegan. Así sabemos que estamos frente a un libro que fue escrito sólo para nosotros.
Sólo la literatura puede proporcionar esa sensación de contacto con otra mente humana, con la integridad de esa mente, con sus debilidades y grandezas, sus limitaciones, sus miserias, sus obsesiones, sus creencias; con todo cuanto la emociona, interesa, excita o repugna.
Sólo la literatura permite entrar en contacto con el espíritu de un muerto, de manera más directa, más completa y más profunda que lo haría la conversación con un amigo; pues por profunda, por duradera que sea una amistad, uno nunca se entrega en una conversación tan completamente como lo hace frente a una hoja en blanco, dice Michel Houellebecq en su novela Sumisión.
Por eso es natural que sintamos que conocemos a nuestros autores predilectos y que un día, casi inconscientemente, comencemos a llamarlos por su nombre, igual que hacemos con nuestros amigos más cercanos.
Los libros siguen siendo un lugar de confrontación, de resistencia. No son, creo, o no únicamente al menos, sólo el lugar en donde uno puede estar tranquilo: son, además, el único lugar donde uno puede realmente ser.
Si aceptamos esta premisa, las librerías son entonces el único territorio verdaderamente libre. Son la patria de las y los desterrados, de las y los marginales, de las y los inconformes. De las y los que han renunciado a vivir sin riesgos.
Las librerías son el paraíso: Son la resistencia. Sus estanterías están pobladas de libros escritos por gente dispuesta a dar la vida, de locos incendiarios, de historias arrebatadas, de amores e infortunios desaforados, de miradas ígneas y manos trémulas, de alcohólicos enfermos de literatura. Las librerías son el lugar sin límites donde todo puede ocurrir.
Muchos libreros, no encuentro un oficio más noble, fueron perseguidos por vender obras de Henry Miller o asesinados por vender obras de Salman Rushdie.
Fueron también editores, como Silvia Beach, la responsable de editar una de las pocas novelas de las que se puede decir, sin caer en ninguna exageración, que en verdad cambiaron el curso la literatura moderna y de promocionar la obra de una generación completa.
Fueron perseguidos por inmorales: en qué cabeza cabe que Lolita fuera un libro que merecía ser impreso y vendido. Son, pues, hombres y mujeres valientes dispuestos a creer por encima de todo. Quieren creer en lo imposible.
Las librerías son el paraíso: Son la resistencia. Sus estanterías están pobladas de libros escritos por gente dispuesta a dar la vida, de locos incendiarios, de historias arrebatadas, de amores e infortunios desaforados, de miradas ígneas y manos trémulas, de alcohólicos enfermos de literatura. Las librerías son el lugar sin límites donde todo puede ocurrir.
Las librerías son también testimonio vivo de su ciudad, de su época: Las librerías arden. En Tijuana, ciudad viva, seductora, cabrona, hay un lugar entre la calle tercera y la cuarta que no escapa a esta tradición. Su nombre es discreto: Libros, Café y Jazz; sus intenciones no lo son.
Hace más de una década Don Miguel decidió abrir un refugio donde las segundas oportunidades son una realidad: donde las causas perdidas reviven. Su entrada es laberíntica y la habitan minotauros: inocentes, amables, dispuestos. Es la Casa de Asterión.
Eri, la heredera de la casa, sigue al pie del delirio con la encomienda de su padre: ser un refugio para los desahuciados; un refugio para los que buscan algo más, porque en el fondo saben que la realidad nunca es suficiente, nunca alcanza. Se reunen alrededor del polvo y de un puñado de páginas: se cuentan historias. Está viva, que es lo mejor que se puede decir de una librería de segunda mano.
Sus parroquianos, fieles a sus insitintos, han creado una comunidad envidiable, como no he visto en otro lugar del país. Comenzaron por reconocerse pasajeros del mismo destino; luego crearon círculos de lectura, luego —era irremediable—, buscaron un espacio para poder escribir sus propias historias, porque saben, todos y todas lo saben: las histerias personales también importan.
No debería sorprender que en una ciudad fronteriza hubiera una vida cultural dinámica, potente, retadora; lo sorprendente, acaso, es que en lugar de atomizarse y generar nichos, encontró un lugar donde poder decir y sí, donde poder callar. Donde poder escuchar y donde poder levantar la voz. Un lugar a donde poder ir en esas horas en que la necesidad de búsqueda nos domina.
Recorrer las casillas, las habitaciones, de esa Rayuela es encontrar pares. Cada habitación está marcada por un destino. Así sabe uno que quien está en ese momento con nosotros explorando esas estanterías, participa de nuestros mismos intereses.









Su nombre, por supuesto, ya es indicio. La figura del Cronopio es omnipresente. Julio Cortázar sigue, desde el fondo, viendo cómo sus criaturas mágicas siguen creciendo; cómo su Club de la Serpiente sigue vivo y cada vez es más nutrido; cómo las historias siguen ordenándose y desordenándose. Pero no sólo está Julio, también está el silencio de Rulfo y el asombro de Kafka. Todos ellos guardianes celosos: signos en rotación.
A Tijuana se le debe mucho, pero a los habitantes de esa librería, se les debe su imaginación, su curiosidad, su disposición. Algún día los gobiernos reconocerán la deduda enorme que tienen con sus libreros. Sin ellos, nuestra cultura —denostada, pauperizada, manoseada—, sería aún más pobre.
C

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).






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