CINISMO / OPINIÓN
Auster no inventó la metaficción, pero la hizo cool
Por Jonatan Frías

Paul Auster no nació siendo el dandi de las letras neoyorquinas que todos recordamos. Antes de ser el tipo de la mirada melancólica en las solapas de los libros de Anagrama, Paul fue un tipo que se ganaba la vida traduciendo poesía francesa (un negocio tan rentable como vender arena en el Sahara) y viviendo en cuartos tan pequeñas que probablemente se tenía que salir al pasillo para poder cambiar de opinión.
Su mitología personal empezó con “el rayo”. A los 14 años, durante un campamento de verano, cuando un rayo mató a un muchacho que estaba a centímetros de él. Esa fue su primera lección de ontología: el universo no tiene un plan para ti, solo tiene mala puntería. Si ese rayo se hubiera desviado diez centímetros, no tendríamos La trilogía de Nueva York y yo no estaría escribiendo esto. Ese es el «efecto Auster».
Luego vino la etapa de «escritor con hambre», su paso por París y su regreso a Nueva York, donde la muerte de su padre —un hombre distante y hermético— le dejó una herencia que, más que dinero, fue el permiso psicológico para escribir La invención de la soledad. Ahí nació el Auster que nos interesa: el que disecciona la ausencia.
Si buscan una trama lineal donde el asesino es el mayordomo, mejor lean a Agatha Christie. Auster tomó el género policial y lo alteró con guante blanco.
En La Trilogía de Nueva York un escritor recibe una llamada equivocada, se hace pasar por un detective llamado Paul Auster y termina vigilando a un viejo que solo camina por las calles escribiendo letras en el suelo. Es el manual definitivo sobre cómo perder la cordura con estilo. Auster nos enseñó que la identidad es un disfraz que nos queda grande.
En Leviatán y El Palacio de la Luna Auster perfeccionó su técnica de «muñeca rusa». Una historia dentro de otra historia, dentro de un recuerdo, dentro de un manuscrito encontrado en una basura. Es literatura para gente que disfruta sentirse ligeramente mareada.
En 4 3 2 1, su testamento literario, es una mole de mil páginas donde nos cuenta cuatro versiones de la misma vida. Es como si Paul Auster nos dijera: ¿Se quejaban de que mis tramas dependían mucho del azar? Pues tomen: cuatro cucharadas de lo mismo. Es un ejercicio de ambición que solo un hombre que sabe que se va a morir se atrevería a perpetrar.
Auster no inventó la metaficción, pero la hizo cool. Antes de él, la literatura experimental era algo que solo leían académicos con barba de chivo en salones de universidad. Auster le puso una gabardina, le dio un lenguaje accesible y la situó en las calles de Brooklyn.
Su gran aporte fue la “estética del azar”. Nos convenció de que las coincidencias no son solo coincidencias, sino las costuras de la realidad que se están descosiendo. Nos hizo mirar el teléfono esperando que una llamada equivocada cambiara nuestra vida, aunque lo único que recibamos sean ofertas de telemarketing.
Auster no era solo un esteta encerrado en su torre de marfil (que en su caso era una casa de piedra rojiza en Park Slope). Fue un crítico feroz del rumbo que tomó su país. Se opuso a la era Bush, despreció profundamente el fenómeno Trump y siempre mantuvo una postura de intelectual comprometido, pero sin el aroma rancio del panfleto.
Auster no era solo un esteta encerrado en su torre de marfil (que en su caso era una casa de piedra rojiza en Park Slope). Fue un crítico feroz del rumbo que tomó su país. Se opuso a la era Bush, despreció profundamente el fenómeno Trump y siempre mantuvo una postura de intelectual comprometido, pero sin el aroma rancio del panfleto.
Su activismo en el PEN America defendiendo a escritores perseguidos no era una pose de Instagram (que, afortunadamente, nunca tuvo). Era una creencia genuina en que las palabras tienen peso, incluso en un mundo que prefiere los gritos. Era un hombre que entendía que la democracia es tan frágil como la trama de una de sus novelas.
¿Por qué seguir leyendo a Auster? Seamos cínicos: hay mucha gente que lee a Auster solo para que los vean con el libro bajo el brazo en una cafetería de “especialidad”. Pero más allá de eso, hay razones reales.
La primera, es un consuelo para los paranoicos: Auster te dice que es normal sentir que tu vida es una serie de accidentes sin sentido. Te hace sentir que el hecho de que perdieras el camión y conocieras a tu ex no es una tragedia, sino un capítulo bien escrito.
La segunda, es que ve la soledad como arte: Nadie escribe sobre estar solo como él. No es una soledad triste de «nadie me quiere, todos me odian», es una soledad productiva, observadora. Leer a Auster es como tomarse un whisky solo en un bar a las 3 de la mañana: es melancólico, pero te hace sentir extrañamente lúcido.
La tercera, por el puro placer de la estructura: Sus libros son máquinas perfectas de relojería. Incluso cuando la historia parece no ir a ninguna parte, el ritmo te mantiene ahí. Es el triunfo de la forma sobre el fondo, y en un mundo lleno de libros de influencers, la «forma» es un acto de rebeldía.

Paul Auster murió en 2024, dejando un hueco que seguramente será llenado por algún escritor más joven, más digital y probablemente menos interesante. Su legado es esa sensación de que, a la vuelta de la esquina, algo extraordinario y completamente aleatorio está a punto de suceder.
Nos dejó la idea de que Nueva York no es una ciudad, sino un estado mental donde los fantasmas de Dickens y Hawthorne caminan junto a detectives existencialistas. Nos dejó la elegancia de la frase corta y la profundidad de la duda larga.
Debemos seguir leyéndolo porque, en el fondo, todos somos personajes de una novela de Auster: estamos perdidos, no entendemos las reglas del juego, pero seguimos caminando por la calle esperando que, por un azar del destino, alguien nos llame por un nombre que no es el nuestro y nos invite a una aventura absurda.
Paul ya está del otro lado y yo solo espero que del otro lado las coincidencias tengan sentido y el tabaco no provoque cáncer.
C

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).






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