CINISMO / TÓNICA REPLÍCANTE
Una fábula íntima sobre la muerte, las despedidas y la urgencia de vivir en plenitud
Por: Alberto Zúñiga Rodríguez

Tres adioses, conocida también internacionalmente como Three Goodbyes o Tre Ciotole, marca un nuevo hito en la filmografía de la cineasta catalana Isabel Coixet, una directora que lleva décadas explorando con sensibilidad los territorios del amor, la pérdida y la intimidad humana. Ésta vez Coinxet adaptó tres relatos del libro póstumo de la escritora italiana Michela Murgia, junto a la pluma de Enrico Audenino, entrelazándolos para construir una fábula íntima sobre la proximidad de la muerte, el valor de las despedidas y la urgencia de vivir en plenitud.
Estrenada en la edición 50 de Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) del 2025, la película sigue a Marta (interpretada con gran delicadeza por Alba Rohrwacher), una parsimoniosa, solitaria y despeinada profesora de deportes de bachillerato, que viste regularmente unos pants y cuya relación con el exitoso chef Antonio (Elio Germano) termina de forma repentina y un tanto absurda por aquellos reclamos que con el tiempo se vuelven tonterías y al poco tiempo descubre el diagnóstico de un cáncer avanzado. Entonces en lugar de sumirse en la autocompasión, Marta empieza un viaje hacia lo esencial: redescubrir los placeres cotidianos, encontrar nuevas conexiones afectivas y enfrentarse al misterio de la vida con una mezcla de valentía y curiosidad.
Coixet filma esta transformación con una serenidad que en otros directores podría resultar estática, pero que desde su mirada se convierte en un ejercicio de atención profunda a la vida ordinaria —una escena aparentemente tan simple como disfrutar un helado se transforma en una epifanía sobre el momento presente–, especialmente en ese momento en que se caen fragmentos y Marta intenta recuperarlos del suelo, con los dedos. La danza de las parvadas de estorninos y sus bailes coreográficos que pululan por el filme y el insigne y pedagógico –para dos alumnas que pasan por un mal momento emocional– entierro de la paloma que ha sido masacrada por otra horda, la de sus compañeros, esos adolescentes tardíos mutantes.
Para quienes conocemos la obra de Coixet —desde Cosas que no te dije nunca hasta Mi vida sin mí—, Tres adioses representa una continuación natural de sus obsesiones temáticas: la mortalidad, la memoria, las grandes ciudades, el amor y la resiliencia femenina, sin embargo, aquí hay un matiz: la directora rehúye deliberadamente del melodrama excesivo (nos suelta el nudo de la garganta que construye en Mi vida sin mí). En lugar de eso, apuesta por un tono meditativo y muchas veces luminoso, dejando que los pequeños detalles visuales y las acciones mínimas –una conversación, un gesto, un paseo por las calles de Roma– articulen el significado emocional de la película. De hecho, rehúye a la postal apetitosa de la gran ciudad. Son sus callejuelas y los recovecos de la intimidad de Marta los que nos acompañan en su tragedia y en sus esperanzas de seguir viva.
El gran acierto del cast, con el trabajo de Rohrwacher, cuyo rostro es peculiar, sin lograr que podamos descifrar plenamente lo que pasa por su mente: ¿si ríe o es simplemente un plano en emociones?, es sin duda el corazón palpitante de la película: su mirada reflexiva y esa habilidad para equilibrar esperanza y tristeza, sostienen buena parte de la carga dramática sin recurrir a la lágrima fácil. A su lado, su compañero y colega de colegio (Francesco Carril), aporta frescura y humanidad en un papel secundario que ayuda a abrir nuevas posibilidades vitales para Marta. Uno de esos adioses que cierra con maestría la cinta antes de darle paso al momento hilarante del personaje de K-pop que desinfla la tragedia y que a lo largo del metraje le da un toque cómico o no tanto (¿cuántas personas en su soledad no hablan con objetos y su inercia?).
Como toda obra del universo coixetiano, Tres adioses puede no resonar por igual en todos los espectadores. Hay quienes valoran su honestidad y calma contemplativa y quienes, confiesan sentirse indiferentes ante la propuesta emocional de la película, criticando la falta de carisma de los personajes o su distancia afectiva, especialmente por ese rictus tan peculiar, ya mencionado, de Rohrwacher
Técnicamente, Coixet vuelve a demostrar su maestría en el uso del espacio y el ritmo narrativo: la cámara respira, se toma su tiempo, y permite que la atmósfera de Roma —sus cafés, sus plazas, sus sonidos— actúe casi como un tercer personaje. El montaje y la fotografía trabajan en armonía para enfatizar la belleza de lo cotidiano, ese terreno donde lo trágico y lo sublime parecen encontrarse. Por supuesto, Isabel Coixet lo hace con esa maestría que dan los años cuando los ya-no-amantes se despiden en un río Tíber que se bifurca –¡Ufff, qué escena!–. El agua que no deja de correr y de suceder, como la vida misma.
Como toda obra del universo coixetiano, Tres adioses puede no resonar por igual en todos los espectadores. Hay quienes valoran su honestidad y calma contemplativa y quienes, confiesan sentirse indiferentes ante la propuesta emocional de la película, criticando la falta de carisma de los personajes o su distancia afectiva, especialmente por ese rictus tan peculiar, ya mencionado, de Rohrwacher, –como algunos nos sucede con la misma vis de Tilda Swinton, quizá sea eso–.
Sin embargo, más que un fallo, esta indiferencia revela algo sobre la propia Coixet: su cine no está diseñado para impresionar con golpes dramáticos, sino para invitar a pensar, a sentir desde adentro y con paciencia (y en esto último contribuye eficazmente la música de su habitual compañero de andanzas fílmicas: el barón catalán Alfonso Vilallonga). Aunque para algunos sea esto una cuadrilla de clichés posmodernos pequeño-burgueses, haciendo alusión a sus interacciones formales de flashbacks entre la nostalgia romántica del 8mm y la vida presente (de los ahora separados) o sus referencias a Feuerbach y su texto donde se nos invita a pensar que somos lo que comemos.
Tres adioses, encargada de abrir la edición 70 de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, es una película romana de despedida y enfermedad sin las grandilocuentes locaciones como el Vaticano, el Coliseo o la Scalinata de Piazza Spagna, ni tampoco la Fontana Di Trevi. Es también una invitación sencilla, delicada a abrazar la vida con todas sus incertidumbres, un recordatorio de que el tiempo es limitado y que, a veces, los vínculos más simples —una comida compartida, una risa inesperada, el sol sobre la piel— son lo que realmente nos hace sentir vivos, aún en la tragedia inminente.
Eso que podría acontecer en cualquier otra ciudad, en cualquier otro rincón del orbe, para los admiradores de Coixet, es otra confirmación de su voz singular en el cine contemporáneo: una cineasta que escucha con atención y traduce en imágenes lo que significa estar vivos, sin trucos narrativos, sin artificios, simplemente con verdad emocional y una mirada profundamente humana. La misma Coixet, habitual a escribir sobre su propia obra (en esta película no sería la excepción) ha dicho sobre la ciudad que la acogió: “Roma no es bella a pesar de su deterioro, sino precisamente por él. Es una ciudad que lleva sus cicatrices con elegancia, sin intentar disimularlas”.
El tercer acto se lleva la película y lo potencia a límites insospechados, para quienes hemos dragado los días con muertes recientes o quizá frente a ella, dejándonos preguntas en el aire y postdatas singulares, como las indicaciones que gira Marta a su extrovertida hermana (Silvia D´Amico), respecto al futuro de sus pertenencias y nos hace pensar en los que aquí seguimos hasta ahora. La implacable despedida –el último adiós– que suena aún más conmovedora con Nina Simone cantando y el piano siendo su cómplice en I get along without you very well (except sometimes).
¡Adiós. Adiós. Adiós! Gracias, Maestra Coixet.
C

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.





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