CINISMO / LA MAÑANA EN QUE ABATIERON A «EL MENCHO»
«En mi mente sonaron las detonaciones que escuché esta mañana»
Por Johanna Aguilar Noguez

Yoko Ono
En nuestro taller Parque de escritura, de esta tarde de domingo, leímos Pomelo de Yoko Ono, casualmente me tocó leer la pieza que está de epígrafe en esta semi-crónica que dice: «coleccionamos con la mente los sonidos que se han escuchado casualmente en la semana…». Mientras mi voz emitía las palabras, en mi mente sonaron las detonaciones que escuché esta mañana, cuando pretendía volar sobre las dos ruedas de mi bicicleta, sin tener ni el menor asomo del miedo a perder mi vida.
Sobre la calle y en sentido contrario se acercaba un grupo grande de ciclistas, de entre ellos surgió una voz que nos advertía el peligro y nos pedía regresar, vi algunos rostros llenos de miedo y angustia, después el pavimento, en medio de la confusión alguien chocó conmigo, justo ahí cuatro sonidos huecos y mortales; el primero lo escuché con mis manos; el segundo con mi estómago; el tercero en mis ojos y el cuarto con mis piernas que me habían levantado determinadas a huir. Nos reunimos gritándonos, nos encontramos escuchándonos, “¡rápido alejémonos!”, ingenuamente lo decidimos, al escribir pienso que vivir en esta ciudad significa no poder apartarse de la violencia nunca.
Nos alejamos cinco cuadras del punto rojo y confiados nos dispusimos a bajar por la calle que desemboca en la parte trasera del Hospicio, supuestamente porque conocemos bien ese rumbo, porque nos es familiar. El azar que siempre está al lado del amor y la muerte, nos rozó y alguien grita “¡rápido denle, vienen en sentido contrario!”, al mirar a mi derecha tres autos a toda velocidad se perseguían. Otra vez la sensación de escuchar con el cuerpo, las manos sudorosas, el estomago hueco, las rodillas adoloridas. Nos refugiamos en el Hospicio, un grupo aproximado de veinte personas, civiles, guardias, policías, ciclistas, nos mirábamos desconcertados con los rostros pálidos, embotados por el olor del miedo.
En medio de interrogatorios desarticulados y frases no concluidas, porque las ráfagas nos hacían callar, llamamos para tranquilizar a nuestros seres queridos, así pasaron veinte minutos a puerta cerrada, finalmente por instrucciones nos conminaron a salir, nos fuimos a desayunar aún sin tener claridad sobre lo que nos había ocurrido, sin dimensionar lo cerca que estuvimos de una bala lanzada “al aire”, como si no supiéramos que las balas se hicieron para arrebatar vidas y no como meros artefactos para infundir miedo.
En medio de interrogatorios desarticulados y frases no concluidas, porque las ráfagas nos hacían callar, llamamos para tranquilizar a nuestros seres queridos, así pasaron veinte minutos a puerta cerrada, finalmente por instrucciones nos conminaron a salir, nos fuimos a desayunar aún sin tener claridad sobre lo que nos había ocurrido, sin dimensionar lo cerca que estuvimos de una bala lanzada “al aire”, como si no supiéramos que las balas se hicieron para arrebatar vidas y no como meros artefactos para infundir miedo.
Desayunamos, afectados, tristes, desconcertados, preocupados, llenos de imágenes, dolorosas, violentas. En el transcurso más personas se unieron y alguien me preguntó directamente: “¿Por qué no grabaste algo?” Hasta ese momento no se me había ocurrido que pude haberlo hecho, revisé porque no fue así, descubrí que prefería sobarme las rodillas, abrazar a una chica alterada, llamar a mi mamá, contestar la llamada de mi cuñada, en fin, decidimos regresar.
Buscamos lo que creíamos era la mejor ruta para todos, nos fuimos separando en el camino, en la parte final del recorrido, éramos dos y casi respirábamos seguros, pues estábamos a tres y cinco cuadras de casa, de pronto una señora corriendo con su carrito de mandado y su hijo detrás, ¡están en el tianguis! Justo frente a casa, el pánico finalmente se apoderó de mí, entre la duda de seguir y resguardarme, el miedo a las detonaciones y la columna de humo negro, reculé con mi caballo de metal, advertí a cuantas personas encontré en el camino, me quise esconder en una escaleras, no, no te detengas vamos a otra parte más segura, alguien desde el techo de su casa gritaba, resguárdense, ahí vienen y corrimos y al vuelo nos subimos a las bicicletas, entre voces, ruidos de sirenas, detonaciones, acordamos llegar a la casa de un amigo.
Toqué a su ventana, grité su apodo, se asomó, “¡hay una balacera, déjanos pasar!” Apenas se despertaba, había tenido una chamba de toquín el día anterior, estuvimos dos horas, revisamos las noticias, llamó a su mamá, comimos guayabas, fumamos, bebimos agua y cuando escuchamos la calma, decidimos salir para irnos a encerrar. Finalmente en casa, me bañé, comí y determiné que al no tener imágenes, tenía las palabras y la poesía.

Asegurarnos que está vivo.
JAAN
Invierno 2026
C

Johanna Aguilar es psicoanalista, maestra, escritora y crítica de cine. Vive en Guadalajara, Jalisco.





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