CINISMO / OPINIÓN

Por Carlos Herrera Novoa

La batalla de Leuthen

Batalla de Leuthen. Autor Günter Dorn

El 5 de diciembre de 1757 en las llanuras de Silesia, muy cerca del caserío de Leuthen, se llevó a cabo una de las batallas más sorprendentes de la historia. Ese día, violando todas las reglas del sentido común y la de la ciencia militar del siglo XVIII, un ejército prusiano, de 35 mil hombres, mandado por el genial rey Federico II Hohenzollern atacó a una fuerza austriaca que casi lo doblaba en número, muy bien desplegada y atrincherada y con mayor potencia de fuego, infringiéndole una de las derrotas más apabullantes que el mundo haya conocido.

El atacante sorprendió a sus adversarios, después de una marcha forzada de varios días. En un momento en que el ejército austriaco ya se preparaba para vivaquear en sus cuarteles de invierno de la ciudad de Breslau. Su llegaba fue sorpresiva. Los generales austriacos no esperaban una ofensiva en pleno invierno de una fuerza que se pensaba a decenas de kilómetros de distancia. Su presencia fue recibida con escepticismo. Se creyó que estaba frente a una incursión o a un intento desesperado por forzar una batalla imposible. Los generales austriacos incapaces de entender lo que pretendía el rey Federico II y confiados en su superioridad absoluta, aceptaron la batalla y se instalaron en una posición defensiva muy sólida. Pocas horas después, su ejército, derrotado, se desintegraría abandonando en el campo de batalla la mitad de su artillería, un tercio de sus efectivos y todos sus suministros y bagajes.

En las semanas siguientes, como producto de una terrible onda sísmica, el frente austriaco en Silesia se deshizo. El 20 de diciembre, después de un amago de defensa, cayó la base principal austriaca de Breslau, y con ella la caja militar y todos los depósitos acumulados para la campaña. Poco después, guarnición tras guarnición, los austriacos abandonaron sus posiciones en una retirada infernal en medio del invierno. De los más de 100 mil hombres desplegados en el frente de Silesia, solo regresaron 37 mil, de estos, 22 mil desarmados y enfermos. 

Esa victoria fue la más dura y sorprendente de su tiempo. No solo porque el derrotado no era un ejército menor, formado por reclutas mandados por aficionados, sino porque era un ejército muy sólido, de profesionales duros, bien entrenados y equipados, conducidos por los generales más competentes de su época; producto de una cuidadosa preparación de años, en la que se habían invertido fortunas enteras y del que se esperaba llevaría al enemigo (ya atacado desde distintos frentes) a la derrota.

La victoria decisiva

Como la victoria de Aníbal Barca en Cannas el 216 a.C., la batalla de Leuthen ha sido considerada por mucho tiempo uno de los apogeos del arte militar y como tal ha fascinado a las mentes militares de todo el mundo. Ambas han sido vistas como grandes batallas clásicas y han sido tomadas como modelo para todo tipo de operaciones. Leuthen inspiró el plan de Napoleón en Austerlitz, la victoria confederada en Chancellorsville y la de Rommel en Gazala. De Cannas provienen las victorias prusianas en Könniggratz y Sedán, la gran victoria rusa en Stalingrado y el contrataque ruso en Kursk. En septiembre del 2022, una maniobra semejante a la de Federico II en Leuthen permitió a los ucranianos derrotar a los rusos en la batalla de Járkov.

Sin embargo, más allá de que ambas hayan inspirado grandes victorias, Leuthen y Cannas también han sido el origen de algunos de los grandes mitos de la historia militar moderna. Uno de estos mitos es el de la batalla decisiva. La idea de que mediante una sola batalla u operación militar exitosa, es posible ganar una guerra. El nacimiento de este mito hay que buscarlo, más que en Leuthen misma, en la leyenda napoleónica posterior y en las míticas victorias de los años 1805, 1806 y 1807 que la crearon, victorias que terminaron por desmontar el vetusto orden del antiguo régimen y establecieron la Europa moderna. Detrás de ellas había un general genial, que parecía la encarnación de los grandes artífices de Cannas y de Leuthen, un ejército modélico, planes maestros y maniobras impecables, una mezcla que parecía contener todos los ingredientes de la victoria perfecta. Sesenta años después, los sorprendentes triunfos de los discípulos prusianos de Napoleón, reforzaron aún más esta fantasía. Ellos agregaron al coctel inicial de la batalla napoleónica, la tecnología moderna, la movilización industrial y los grandes números. De pronto la victoria total parecía estar al alcance de todo el que se lo propusiera, casi como una fórmula matemática impoluta.

La batalla de Cannas. Ilustración retomada del sitio Arrecaballo

Sin embargo, más allá de que ambas hayan inspirado grandes victorias, Leuthen y Cannas también han sido el origen de algunos de los grandes mitos de la historia militar moderna. Uno de estos mitos es el de la batalla decisiva. La idea de que mediante una sola batalla u operación militar exitosa, es posible ganar una guerra. El nacimiento de este mito hay que buscarlo, más que en Leuthen misma, en la leyenda napoleónica posterior y en las míticas victorias de los años 1805, 1806 y 1807 que la crearon, victorias que terminaron por desmontar el vetusto orden del antiguo régimen y establecieron la Europa moderna.

Los chascos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial enfriaron el mito, pero no lo destruyeron. Hubo que esperar a Vietnam y a los años 60s y 70s, para que este terminara por ser puesto en entredicho. De pronto, tanto políticos como militares, cayeron en cuenta que una serie de batallas geniales que llevaran a victorias igualmente geniales no eran una garantía de ganar una guerra. De pronto parecieron darse cuenta que la victoria de Cannas no había impedido la victoria de Roma, que Leuthen no impidió que Federico II tuviera que pelear con uñas y dientes otros cinco años más, que después de Austerlitz el genial Napoleón necesitara aun dos años y tres victorias más para derrotar a las monarquías europeas, que Stalingrado y Kursk no significaron la capitulación inmediata del tercer Reich y que, en Vietnam, tanto los Estados Unidos como sus aliados habían ganado todas las batallas, pero habían perdido la guerra. De pronto, se comenzó a aceptar con desencanto que las guerras no solo se ganaban en el campo de batalla sino principalmente con material, administración, tecnología y mucha política.

Entonces, ¿qué es lo que hace que una victoria militar parcial lleve a una victoria militar total? O más bien ¿Cuándo una victoria militar implica ganar una guerra?  La respuesta no es fácil. Pero para responderla hay que tener en cuenta que una batalla decisiva es decisiva solo si cumple dos requisitos fundamentales: Primero, que la destrucción de la capacidad del adversario de proseguir la guerra lo lleve a capitular y luego, una victoria solo es victoria cuando se obliga al vencido a aceptar los términos del vencedor.

Bajo estos dos criterios hay muy pocas batallas que hayan sido realmente decisivas. Pocas veces una sola acción militar ha llevado al derrumbe y la capitulación total del vencido. Entre ellas no se encuentran ni Cannas, ni Leuthen, ni tampoco las batallas clásicas de Napoleón. Por lo general son necesarias varías batallas para llevar a un adversario a la derrota. Esto se debe a la necesidad de obligar al enemigo a colocarse en una posición estratégica defensiva, de sorprenderlo y de mantener la libertad de movimiento para uno mismo y depende tanto de la inflexibilidad del derrotado como de la habilidad del victorioso.

Ucrania

La feroz resistencia ucraniana fue un balde de agua fría completamente inesperado. De pronto, una operación casi policial, terminó convertida en una serie de batallas campales a la vieja usanza. Foto: Gaceta UNAM

Con su invasión de Ucrania de febrero del 2022 el dictador ruso, Vladimir Putin, buscó una sorpresa estratégica total, con la que quiso dar a su enemigo un golpe rápido y contundente, que le permitiera destruir sus fuerzas para luego ocupar el país y colocar a un régimen títere en el poder. Para lograrlo puso en el tablero de juego su mejor carta: un ejército construido a lo largo de más de veinte años, muy superior al ucraniano, muy numeroso, bien equipado con tanques, infantería, así como helicópteros y apoyado por una magnífica artillería, además de un vasto sistema de misiles.

Sin embargo, el sorprendente fracaso de su guerra relámpago ha precipitado la región en un conflicto prolongado que nos deja una fuerte sensación de Dejá Vu. De pronto, muchas imágenes y conceptos bélicos que parecían obsoletos regresan del pasado a las pantallas de la televisión y del internet, como si estuviéramos asistiendo a una película de Steven Spielberg sobre la Segunda Guerra Mundial. Nos encontramos frente a guerras de muchos años, frentes inmóviles, trincheras, campos de minas, barreras de artillería, movilizaciones en masa, combates cuerpo a cuerpo, bombardeos de ciudades, economías de guerra y largas batallas de desgaste. Vemos renacer guerras relámpago como la de 1940, ofensivas profundas, lucha partisana y operaciones encubiertas.

¿Cómo pudo regresar la Guerra Grande a Europa cuando ésta ya parecía olvidada en el fondo de los sótanos de la historia militar? La respuesta nuevamente no es fácil. Sabemos, por ejemplo, que mientras que el mito de la batalla decisiva se diluía en Occidente en un mar de escepticismo, en Rusia los militares nunca abandonaron la doctrina soviética de la ofensiva acorazada, la penetración profunda en un campo de batalla extendido y las batallas de envolvimiento a la prusiana.

Conceptos que después del 11 de septiembre y de la guerra de Bush contra el terrorismo, habían sido dejados de lado a favor de un tipo de guerra flexible de carácter asimétrico, basado en pequeñas operaciones, lucha antiguerrillera, asesinatos selectivos, fuerzas de despliegue rápido de batallones de infantería ligera y un pensamiento militar que ya no estaba tan centrado en el enfrentamiento mismo, sino más bien en la gestión logística, la tecnología, la información, los bombardeos aéreos y la negociación diplomática. Los combates eran ahora producto del manejo cuidadoso de un campo de batalla múltiple en donde lo político y lo logístico, se unían en una sola operación en la que la batalla en sí misma muchas veces quedaba reducida a una incursión armada para aniquilar un objetivo militar muy concreto.

Sin embargo, tras la guerra de Ucrania por alguna razón la Guerra Grande parece haber regresado y haber desplazado, de la noche a mañana, a la guerra asimétrica y limitada de las necesidades militares del siglo XXI. No es fácil rastrear las razones de un cambio tan repentino, especialmente porque la transición no es fácil de ver. Sabemos, por ejemplo, que hasta el 2020 los Estados Unidos estuvieron empeñados en operaciones antisubversivas en Afganistán, algunos años antes todavía luchaban en Irak y, al mismo tiempo, fuerzas francesas combatían a Al Qaeda en el Sahel. Es posible que la transición desde este tipo de guerra hacia la Guerra Grande, ya se hubiera producido en algún momento durante la guerra civil siria, la cual empezó como una guerra asimétrica entre milicias civiles y militares baazistas, para terminar prácticamente convertida en una guerra total entre pequeños estados, provocando además una paradoja que antes parecía imposible: la creación del Estado Islámico, que de pronto le dio al terrorismo islamista una base territorial antes inexistente que le permitió montar y articular operaciones convencionales. Las guerras del Nagorno Karabaj del 2020 y el 2023 fueron otros hitos importantes.

En el último caso, estamos frente a una gobernabilidad basada en el equilibrio precario de los dos grandes factores de poder surgidos de la época postsoviética: por un lado, una burocracia de tecnócratas y, por el otro, una oligarquía de millonarios. En medio de ellos, como único factor mediador, se encuentra la figura del líder. La debilidad de este último factor en los 90s habría llevado al país al caos y habría creado un vacío, que Vladimir Putin pudo llenar rápidamente, apoyándose en los sobrevivientes del antiguo aparato de seguridad soviético y creando un sistema petrolero que le dio los fondos para sanear las cuentas públicas e imponer la autoridad del estado sobre los oligarcas.

Sin embargo, a pesar de su implicación en Siria, Rusia no parecía interesada en este tipo de guerra. Parecía más bien orientada a fundir la guerra asimétrica de occidente con la guerra convencional dentro de un concepto mayor, el de la guerra híbrida rusa. Un tipo de guerra en donde las operaciones puramente militares de la guerra asimétrica se fusionaban con todos los medios no militares posibles, como la difusión de bulos, la desinformación, el complot político, el sabotaje cibernético, la insurgencia o las operaciones de falsa bandera. Gracias a ella los rusos obtuvieron varias victorias tácticas en Siria, en el África, en las guerras del gas con Ucrania y Georgia o en diversas acciones de sabotaje cibernético en el Báltico. A pesar de estos éxitos parciales, la necesidad de emplearla era también el síntoma de dos cuellos de botella estratégicos que condicionan hasta ahora la política exterior rusa: una legitimidad política basada en la expansión imperial, la propaganda nacionalista y la dependencia del país de un líder fuerte para asegurar su estabilidad.  

En el último caso, estamos frente a una gobernabilidad basada en el equilibrio precario de los dos grandes factores de poder surgidos de la época postsoviética: por un lado, una burocracia de tecnócratas y, por el otro, una oligarquía de millonarios. En medio de ellos, como único factor mediador, se encuentra la figura del líder. La debilidad de este último factor en los 90s habría llevado al país al caos y habría creado un vacío, que Vladimir Putin pudo llenar rápidamente, apoyándose en los sobrevivientes del antiguo aparato de seguridad soviético y creando un sistema petrolero que le dio los fondos para sanear las cuentas públicas e imponer la autoridad del estado sobre los oligarcas. La consolidación del estado y la repartición del poder entre sus agentes y los oligarcas, permitió estabilizar el país y crear las bases para un crecimiento económico sostenido, así como una reducción dramática de la pobreza, los que a su vez crearon una ilusión de poderío y de imperio que Putin convertiría en el gran eje de su propia legitimación.

A principios del 2014 el modelo ruso ya se había estancado. Durante más de una década los altos precios de la energía habían mantenido la mascarada del imperio y habían ocultado la debilidad de un estado petrolero terriblemente dependiente de las transferencias occidentales, incapaz de diversificar su economía civil, en la que los ingresos del estado no permitían superar el subdesarrollo crónico del país, ni reducir las diferencias abismales de ingresos entre los más ricos y los ciudadanos de a pie. Diversas voces reclamaban reformas que Vladimir Putin y su camarilla efectivamente bloquearon. Estos, atrapados en la defensa de sus propios privilegios y en su propia narrativa imperial, prefirieron responder al estancamiento del sistema apuntalando la represión interna, el aparato ideológico y la expansión hacia afuera.

De este modo, fue la crisis del Euromaidan en Ucrania, la que le dio al régimen una oportunidad para salir de su estancamiento y de desplegar al máximo las estrategias de guerra híbrida afinadas durante tantos años. La escalada que siguió a la captura de Crimea y a la intervención en el Donbás fue, así, una salida rápida a una crisis interna que quería escapársele de las manos. Una salida que al principio funcionó muy bien. La anexión de Crimea y la intervención en el Donbás en apoyo de los insurgentes prorusos elevaron la popularidad de Putin a niveles nunca vistos. Poco después, la elección de Donald Trump paralizaría a los aliados de Ucrania y, más tarde, la elección de Zelenski (un presidente de origen ucranio-ruso y entonces considerado débil), pareció coronar con el éxito las estrategias híbridas de Putin. La blanda respuesta de la comunidad internacional a su jugada en Ucrania refrendó sus éxitos y probablemente lo llevaron a creer que aumentar la apuesta le podía dar réditos aun mayores. Es probable que creyera que era aún posible dar un último golpe que lo hiciera con el premio mayor: toda Ucrania y con ella un éxito tal que convirtiera a Rusia en líder regional, espantara a los opositores reformistas, reforzara a sus amigos y le diera, por fin, un imperio.

Desde este punto de vista, el fracaso de los acuerdos de Minsk solo habrían sido los prolegómenos de un drama, cuyo primer paso debía ser la ocupación de Ucrania mediante una inmensa acción de guerra híbrida, una repetición del golpe de mano de Crimea a escala ucraniana. En ella no se preveían grandes combates sino la conquista de la totalidad del Donbás y de los principales nudos de comunicaciones, centros logísticos y políticos mediante columnas independientes, armadas y equipadas para una campaña corta. No se había considerado la posibilidad de reservas, ni de refuerzos, ni la necesidad de prepararse para combates de mayor envergadura, por lo que la feroz resistencia ucraniana fue un balde de agua fría completamente inesperado. De pronto, una operación casi policial, terminó convertida en una serie de batallas campales a la vieja usanza y en la primera guerra con tanques, artillería pesada, bombardeos aéreos y masas movilizadas del siglo XXI.

La Guerra Grande

En el caso ucraniano, fueron las técnicas y las limitaciones propias de la guerra híbrida, enfrentadas a una firme defensa y no la tecnología las que llevaron a la ofensiva al fracaso y a la adopción por parte de los rusos de una estrategia convencional.
Foto: Sameer Al-Doumy / AFP

Así, el fracaso de una operación de guerra limitada significó el renacimiento de la Guerra Grande. En Occidente de un día para otro significó comprobar la obsolescencia de todos los sistemas de alianzas, del sentido común de la defensa en el siglo XXI y de todos los parámetros bajo los cuales se concebía la guerra futura. De pronto perseguir guerrilleros en las montañas de Pakistán o Afganistán o cazar células terroristas en las grandes ciudades, perdió su importancia estratégica y ejércitos enteros reformados, como fuerzas de despliegue rápido, se hicieron conscientes de la inutilidad del superarmamento, frente a multitudes de drones baratos y a rondas completas de vieja munición norcoreana. De este modo, una desconsoladora y desconcertante sensación de pasmo e indefensión, se asentó pronto en la mente de los políticos y pueblos occidentales.

Ahora todo el mundo en Europa habla del rearme. Nuevos equipos se prueban y las líneas de montaje de las fábricas de armamento se engrasan y se amplían como nunca desde la guerra fría. El Servicio Militar obligatorio ha dejado de ser tabú y en los pasillos de los ministerios de defensa, ya se cuenta con un posible choque con Rusia para el 2028. La Guerra Grande regresa y pronto. Estudiar a Federico II, a Napoleón, a Clausewitz, a Moltke y a Liddell Hart, se ha puesto de moda. Con ello, las operaciones rápidas y la batalla decisiva, parecen estar volviendo al centro de las prioridades estratégicas de unos gobiernos y de unas economías asustadas por los costes de una guerra de desgaste a la ucraniana y, en las mentes militares, esta última vuelve a tener su lugar en el planeamiento de las operaciones del futuro.

El que la Guerra Grande haya regresado con un fracaso ruso y no con una victoria al estilo napoleónico, nos lleva a preguntarnos el porqué de este fracaso y también por qué a pesar de éste, ni Ucrania, ni Occidente, pueden ganar la guerra. Para explicar el fracaso ruso y el estancamiento de la guerra, hay que evitar caer en la trampa de compararla con otra guerra que también empezó con una ofensiva relámpago y acabó empantanada en un nido de trincheras. Esta guerra, la Primera Guerra Mundial, se inició con una ofensiva general cuyo objetivo era una victoria rápida y que terminó derrotada frente a una capital bien defendida. Sin embargo, en la Primera Guerra Mundial fueron las nuevas armas y tecnologías combinadas con su producción en masa, las que llevaron las operaciones a un punto muerto insuperable, mientras en el caso ucraniano, fueron las técnicas y las limitaciones propias de la guerra híbrida, enfrentadas a una firme defensa y no la tecnología las que llevaron a la ofensiva al fracaso y a la adopción por parte de los rusos de una estrategia convencional.

Fracaso en Ucrania

El fracaso de Occidente en Ucrania es mucho más sutil y contradictorio, básicamente se debe al fracaso de una estrategia de preguerra basada en un intento de integración del espacio ruso dentro de la economía europea.  Así, al estallar la guerra, Europa se vio sosteniendo dos fines estratégicos completamente contradictorios. Por un lado, el vencer a Rusia y por el otro, evitar los costes y los peligros nucleares de vencerla. Se apostó entonces, por disuadir a Putin de proseguir la guerra mediante sanciones cada vez más duras, mientras que, a la vez, se contenía al ejército ucraniano en el campo de batalla. Fue una estrategia que se vino abajo desde el momento de que Putin decidió escalar sus operaciones militares con la esperanza de que, en algún momento, el cansancio obligase a Europa y a los Estados Unidos a abandonar a Ucrania y a aceptar sus condiciones.

Hasta ahora es imposible prever el final de la guerra. Tras cuatro años de combates, cientos de miles de muertos y cientos de miles de millones de dólares en pérdidas, tanto Ucrania como Rusia muestran evidentes signos de agotamiento. La llegada de Donald Trump al poder, le ha dado a Rusia una nueva carta que ha mejorado infinitamente su posición estratégica, aunque es muy difícil saber que puede ganar ya, incluso si vence en la mesa de negociaciones. Es muy probable que, con ayuda de Trump, al final Putin se quede con el 20% del territorio ucraniano, pero el precio que estaría pagando por unos territorios en ruinas es altísimo.

Primero, estos le van a costar a Ucrania, ya que gane o pierda, nunca va a olvidar a sus muertos, sus territorios perdidos y los cuatro años de infierno que Putin le está haciendo pasar. En la lista de los costes de la guerra, también van a pesar el millón de rusos muertos y heridos, el otro millón de jóvenes que han huido del país para escapar del reclutamiento. A esto hay que agregarle los cientos de miles de millones de dólares invertidos en armamento, otros tantos en pérdidas materiales, la espantada de sus principales socios comerciales, la pérdida de todas sus inversiones gasíferas en Europa, su expulsión casi total del báltico y una reducción significativa de su esfera de influencia.

Pase lo que pase en Rusia, con Putin o sin Putin, Europa va, en cambio, a ganar una frontera oriental sumamente volátil y peligrosa que va a tener que defender, pues Ucrania va a quedar por décadas vinculada a Occidente. Esa frontera va a funcionar como una especie de limes subdesarrollado en el que se van a tener que invertir ingentes cantidades de dinero para su reconstrucción. A cambio de este limes, Europa va a heredar un ejército aguerrido y experimentado que bien podría convertirse en la piedra angular del futuro de su propia defensa. Pero primero Europa va a tener que aprender de su atónito desempeño en la que ya es su primera guerra. Quizás lo primero que deberá aprender, es que el material y las armas que se le regatearon a los ucranianos para evitar escalar el conflicto, lo único que hicieron fue que éste escalara y que, en un mundo globalizado, en donde las consecuencias de largas acciones político-militares pueden ser tremendamente disruptivas, la agresividad es lo único que puede evitar otra guerra cronificada e inacabable a sus puertas.

En la lista de los costes de la guerra, también van a pesar el millón de rusos muertos y heridos, el otro millón de jóvenes que han huido del país para escapar del reclutamiento. A esto hay que agregarle los cientos de miles de millones de dólares invertidos en armamento, otros tantos en pérdidas materiales, la espantada de sus principales socios comerciales, la pérdida de todas sus inversiones gasíferas en Europa, su expulsión casi total del báltico y una reducción significativa de su esfera de influencia.

Es muy probable que, con ayuda de Trump, al final Putin se quede con el 20% del territorio ucraniano, pero el precio que estaría pagando por unos territorios en ruinas es altísimo. Foto: Especial

De este modo, es necesario un regreso a la idea de la victoria total y a la batalla decisiva. De estos dos conceptos, lo primero que Europa tendría que entender es que, en caso de guerra, la victoria militar no es ni una invitación al apocalipsis, ni a un desperdicio innecesario de recursos, sino una condición necesaria para la victoria política. Pero también debe tener claro que el regreso a la idea de la batalla decisiva, no es un regreso al mito decimonónico, ingenuo y separado de todo contexto político y económico. Más bien es el regreso de la victoria al estilo fredericiano o napoleónico, es decir, a la victoria con batallas decisivas que destruyan los recursos militares del enemigo, lo fuercen a negociar y que no impliquen la destrucción de estados, ni la matanza indiscriminadas de civiles.

El regreso de la Guerra Grande tampoco tiene que significar el regreso de la guerra al continente, ni la refundación de los nefastos imperialismos europeos del siglo XIX y XX. Por suerte, este continente ya no es un continente violento. Desde la Segunda Guerra Mundial, los europeos han concentrado todos sus medios por mantener la paz e impulsar la democracia, el bienestar y el progreso económico de sus ciudadanos. La caída del bloque soviético les dejó como únicos enemigos a milicias locales y a organizaciones terroristas, muy peligrosas, pero que nunca rompieron la paz de la postguerra. Ahora esa época de enemigos pequeños y conflictos asimétricos ha acabado. La descomposición de los mecanismos de seguridad, distensión y disuasión de la postguerra se ha acentuado, de tal manera que está obligando a todos los países a tomar medidas radicales para afrontar lo mejor posible esta nueva situación.

Militarmente, Europa, va a tener que ver cómo va a tratar a sus próximos enemigos. Descartada la aniquilación total, la limpieza étnica y el genocidio, la única acción militar posible es una acción racional, agresiva y de carácter decisivo. Hace más de 250 años en los campos de batalla de Leuthen, Federico II logró una victoria de este tipo. Cincuenta años más tarde, Napoleón logró convertir sus propias victorias perfectas en una grandiosa victoria política. Sesenta años después, los prusianos convirtieron sus guerras en otra victoria política aún mayor. Ahora, Europa, debe reaprender de ellas y volver a la batalla perfecta como pieza central de sus guerras del futuro. Guerras que, a su vez, a diferencia de lo que está pasando en Ucrania, no deben conducir a callejones sin salida sino abrir la puerta a victorias políticas permanentes.  

Bibliografía de consulta

Belton Catherine: Putin’s people

Galeotti Mark: Armies of Russia’s War in Ukraine

Chandler David G. : The campaigns of Napoleon

Colom Piella Guillem: La Guerra De Ucrania

Esdaile Charles: Las guerras de Napoleón

Freedman Lawrence: La Guerra Futura

Gessen Masha: El Hombre Sin Rostro

Griffiths Rudyard (editor): Should the West Engage Putin’s Russia?

Holmes Richard y S.L. Mayer:  Grandes Batallas

Kuehn John T. Ph.D. :  Napoleonic Warfare. The Operational Art of the Great Campaigns

Kunisch Johannes: Friedrich der Große

Lee Myers Steven: El Nuevo Zar. Ascenso y reinado de Vladimir Putin

Luvaas Jay: Napoleon on The Art of War

Millar Simon and Adam Hook: Rossbach and Leuthen. Prussia’s Eagle resurgent

Neville Leigh: Boots on the Ground. Modern Land Warfare from Iraq to Ukraine

Perez Sergio Andres: Vladimir Putin

Plokhy Serhii: La Guerra Ruso Ucraniana

Politkovskaya Anna: La Rusia De Putin

Showalter Denis: Frederick the Great. A Military History

Wood Elizabeth A. : Roots of Russia’s War in Ukraine

Mi nombre es Carlos Herrera Novoa. Soy escritor, arqueólogo, historiador del arte y de las religiones y un gran consumidor de cine, literatura, teatro y artes plásticas. Me encantan la política y la actualidad internacional. Desde que me gradué en la universidad en el 2014 me he dedicado a escribir. Tengo ya dos libros publicados (ficción) y varios artículos académicos aun por publicar.

Escribo textos sobre diversos temas desde la política internacional hasta arqueología, historia y literatura. Mi hobby es coleccionar libros —especialmente libros digitales. Mi obra literaria está influí da por mis estudios de arte y arqueología, así como por mi fascinación por las mitologías indoeuropeas e indígena americana. Literariamente lo está por las literaturas medievales europeas, así como por las latinoamericana y estadounidense del siglo XX. Mis autores preferidos son William Faulkner, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Juan Rulfo y Mario Vargas Llosa. En mi trabajo se problematiza la relación entre naturaleza y los seres humanos así como los conflictos producidos por el encuentro entre diferentes visiones del mundo.


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