CINISMO / OPINIÓN

Por Jonatan Frías / Foto portada: Leo Magazine

Michel Houellebecq es el único autor contemporáneo que parece estar escribiendo la autopsia de nuestra civilización en tiempo real. Foto: Diego Lafuente

Escribir sobre Michel Houellebecq es, en esencia, escribir sobre ese pariente incómodo que arruina la cena de Navidad diciendo verdades que todos saben, pero nadie quiere admitir. Solo que ese pariente vive en una torre de marfil en París (o en un búnker en Almería), viste ropa de oferta y tiene la capacidad de predecir el colapso de Occidente, mientras se le cae la ceniza del cigarrillo sobre un suéter de lana barato.

Houellebecq no es solo un escritor: es un síntoma: un padecimiento. Es el tipo que nos recordó que, tras la liberación sexual, el capitalismo y la muerte de Dios, lo único que nos queda es un vacío existencial tan grande que ni una suscripción premium a Tinder puede llenar.

La vida de Michel es, en sí misma, una novela de Houellebecq. Nacido en Reunión como Michel Thomas, con recién setenta años cumplidos este 26 de febrero, su biografía es un catálogo de abandonos: unos padres hippies que lo dejaron al cuidado de su abuela (de quien tomó el apellido) para irse a vivir la vida loca en los años 60. Ese es el pecado original. Mientras el mundo celebraba el amor libre y el Mayo del 68, Michel estaba incubando el resentimiento perfecto contra la generación de sus padres.

Pasó por la agronomía —lo cual explica su fascinación casi clínica por clasificar a los seres humanos como si fueran ganado o variedades de papas— y por varias crisis depresivas. Pero el éxito le llegó cuando decidió dejar de intentar encajar y empezó a escupir sobre el optimismo contemporáneo. Con Ampliación del campo de batalla, nos dijo que la libertad de mercado no solo se aplicaba a la economía, sino también al sexo: si no eres guapo ni rico, estás fuera del sistema. Un golpe de realidad que dolió porque era, y es, peligrosamente cierto.

Si hay un punto de inflexión en su carrera de «profeta del desastre», es Sumisión. Publicada —con una puntería macabra— el mismo día del atentado contra Charlie Hebdo en 2015, la novela no es el panfleto islamófobo que los críticos perezosos quisieron ver. Es algo mucho más cínico y, por ende, mucho más «Houellebecq».

La premisa: Francia, año 2022. Un partido musulmán moderado gana las elecciones para evitar que la extrema derecha llegue al poder. ¿El resultado? Una transición suave hacia una sociedad teocrática, pero aquí está el giro: el protagonista, François, un profesor de literatura acabado y obsesionado con Huysmans, no se resiste, se convierte al Islam no por fe, sino por la promesa de una pensión decente y, sobre todo, por la poligamia.

Sumisión es la tesis de Houellebecq sobre el agotamiento de las Luces. Nos dice que el laicismo y el liberalismo están tan vacíos, tan cansados de sí mismos, que cualquier sistema con un poco de orden, sentido de comunidad y patriarcado rancio parece una oferta tentadora. Es una bofetada al progresismo: el fin de Occidente no llegará con una explosión, sino con un suspiro de alivio de un académico, de mediana edad, que quiere que alguien más le diga qué hacer y quién le cocine la cena.

La vida de Michel es, en sí misma, una novela de Houellebecq. Nacido en Reunión como Michel Thomas, con recién setenta años cumplidos este 26 de febrero, su biografía es un catálogo de abandonos: unos padres hippies que lo dejaron al cuidado de su abuela (de quien tomó el apellido) para irse a vivir la vida loca en los años 60. Ese es el pecado original. Mientras el mundo celebraba el amor libre y el Mayo del 68, Michel estaba incubando el resentimiento perfecto contra la generación de sus padres.

¿Cómo pasó de ser un enfant terrible, que insultaba al Islam, y a los turistas en Plataforma a ser considerado un visionario? Simple: el mundo se volvió tan absurdo como sus libros. Houellebecq predijo la soledad algorítmica. Antes de que existieran las apps de citas, él ya hablaba del mercado sexual competitivo. También predijo el turismo como necrofilia cultural. En donde nosotros vemos vacaciones, él ve la desesperación de un montón de europeos blancos y ricos intentando sentir algo en países pobres. Y, finalmente, el retorno de lo sagrado. Su insistencia en que el hombre no puede vivir solo de pan y gadgets tecnológicos.

Es un «profeta» porque se atreve a ser un reaccionario en una era de pura corrección política. No es que quiera volver al siglo XIX (aunque probablemente le gustaría la ropa de esa época), es que se ríe de nuestra incapacidad para construir un siglo XXI que no sea una simulación de felicidad en Instagram.

Sus polémicas son su combustible. Fue llevado a juicio por «incitación al odio», dijo que el Islam es «la religión más estúpida del mundo» y luego posó para fotos pareciendo un vagabundo que acaba de ganar la lotería, pero lo que realmente molesta de Houellebecq no es su supuesta xenofobia o su misoginia de manual: Lo que molesta es su honestidad brutal sobre la miseria humana.

Él no escribe para que te sientas bie, escribe para recordarte que eres un saco de impulsos biológicos destinados a la degradación, atrapado en un sistema que te odia y encima lo hace con un humor negro, tan fino, que a veces se nos olvida que deberíamos estar ofendidos.

Si hay un punto de inflexión en su carrera de «profeta del desastre», es Sumisión. Publicada —con una puntería macabra— el mismo día del atentado contra Charlie Hebdo en 2015, la novela no es el panfleto islamófobo que los críticos perezosos quisieron ver

Al final del día, Michel Houellebecq es el único autor contemporáneo que parece estar escribiendo la autopsia de nuestra civilización en tiempo real. Es un tipo que ha entendido que la tragedia moderna no es la falta de libertad, sino el no saber qué demonios hacer con ella.

Sigue siendo un enfant terrible porque se niega a madurar según las reglas de la etiqueta intelectual. Sigue siendo un provocador porque sabe que, en un mundo anestesiado, la única forma de que alguien preste atención es soltando una barbaridad en mitad de una cena de gala.

Así que, salud por Michel Houellebecq, por sus camisas feas, por su odio a los parques temáticos y por ser el único capaz de decirnos que el rey está desnudo y que, además, es feo como la chingada. Mientras el mundo siga colapsando, Houellebecq tendrá trabajo y nosotros seguiremos leyendo, con una mezcla de asco y fascinación, porque en el fondo sospechamos que tiene razón.

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).


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