CINISMO / OPINIÓN

Por Jonatan Frías

Hubo un tiempo en que, si querías conocer tu destino, tenías que destripar un buey o esperar a que una mujer frenética inhalara vapores volcánicos en Delfos. Era un trabajo sucio, físicamente demandante y, francamente, poco higiénico. Afortunadamente, para nuestra moderna sensibilidad, llegó el buen doctor suizo Carl Gustav Jung, un hombre que al lograr hablar con los muertos y analizar los sueños de sus pacientes, hizo que pareciera un ejercicio de rigor clínico. Jung nos entregó la herramienta definitiva para el narcisismo ilustrado: la psicología analítica. Con ella rescató del fango de las ferias ambulantes ese mazo de cartulinas pintadas que hoy llamamos Tarot.

El Tarot, para el cínico bien entrenado, es el test de Rorschach con presupuesto para velas aromáticas. Para Jung no eran simples naipes para engañar a viudas ricas: eran arquetipos. Un término maravilloso que sirve para decir que todos estamos atrapados en una obra de teatro escrita hace cinco mil años y que, por mucho que te esfuerces en ser original, no eres más que una variante barata de El Loco, La Emperatriz o El Colgado.

La genialidad de Jung fue envolver el misticismo en el celofán del “Inconsciente Colectivo”. Según su teoría, debajo de nuestras capas de ansiedad por pagar la renta y por los traumas infantiles, todos compartimos un sótano mental lleno de símbolos universales. El Tarot sería algo así como el catálogo de CANTIA de ese sótano. ¿Sacas la carta de La Torre? No es que tu edificio se vaya a caer (aunque en este mercado inmobiliario, quién sabe), es que estás experimentando una ruptura de estructuras psíquicas. Es la magia de la semántica: cuando algo deja de ser «brujería» y pasa a ser «proceso de individuación», de repente puedes cobrar 1200 pesos la hora por la consulta.

El concepto clave aquí es la sincronicidad, esa palabra elegante que inventó Jung para no decir «coincidencia». La sincronicidad es la balsa de salvación del pensamiento mágico moderno. Si estás pensando en tu ex y de repente suena una canción de desamor en la radio mientras sacas el Tres de Espadas, Jung te diría que hay una conexión significativa entre el mundo externo y el interno. El sarcástico, por supuesto, te diría que el algoritmo de Spotify te conoce mejor que tu madre y que tus probabilidades de estar pensando en un ex son de un 98% cualquier martes por la tarde.

Lo que hace que el Tarot sea tan irresistible para el intelecto cínico, es su ambigüedad estratégica. Las 78 cartas son un sistema de espejos donde es imposible no encontrar algo que confirme tus sesgos. Jung entendió que el ser humano es una máquina de buscar patrones. Si le das a alguien la imagen de El Ermitaño, encontrará la forma de relacionarlo con su necesidad de «espacio personal», omitiendo el hecho de que simplemente es un tipo antisocial que no contesta los mensajes de whastapp.

El Tarot, para el cínico bien entrenado, es el test de Rorschach con presupuesto para velas aromáticas. Para Jung no eran simples naipes para engañar a viudas ricas: eran arquetipos. Un término maravilloso que sirve para decir que todos estamos atrapados en una obra de teatro escrita hace cinco mil años y que, por mucho que te esfuerces en ser original, no eres más que una variante barata de El Loco, La Emperatriz o El Colgado.

Jung jugaba con estas cartas como quien baraja las posibilidades de una psicosis controlada. Veía en los Arcanos Mayores el viaje del héroe, una ruta migratoria de la psique que va desde la ignorancia absoluta (El Loco), hasta la totalidad (El Mundo). Es una narrativa reconfortante: nos hace creer que nuestro caos personal tiene un guion, que nuestro sufrimiento no es aleatorio, sino una etapa necesaria en un grabado del siglo XV. No es que tengas una crisis de mediana edad; es que estás atravesando el valle de La Luna. Suena mucho mejor, seamos sinceros.

Hay algo profundamente cáustico en la forma en que los seguidores de Jung (los junguianos, esa estirpe de terapeutas que siempre parecen estar a punto de contarte un secreto alquímico) manejan el Tarot. Utilizan la «proyección» para que tú mismo te caves la fosa. «¿Qué ves en esta carta?», preguntan con una sonrisa enigmática. Tú ves a un esqueleto segando cabezas (La Muerte) y ellos te explican que es una «oportunidad de transformación». Es el optimismo más cruel del mundo: el fin de algo es solo el comienzo de otra cosa que probablemente será igual de complicada, pero con un nombre más poético.

El cinismo moderno encuentra en el Tarot junguiano el refugio perfecto. Nos permite jugar con lo oculto sin el compromiso de creer en demonios. Podemos hablar de «la Sombra» (ese concepto junguiano que básicamente es el basurero donde tiramos todo lo que nos da vergüenza de nosotros mismos) mientras barajamos el mazo. Es una forma de espiritualidad “light” que no requiere ir a misa, sino simplemente estar dispuesto a aceptar que la realidad es un constructo de símbolos que podemos manipular si tenemos suficiente imaginación.

Al final, Jung nos hizo un favor inmenso al validar el Tarot como una herramienta para explorar el inconsciente, nos dio la excusa perfecta para seguir siendo irracionales bajo un barniz de sofisticación. El Tarot es el casino del alma: la casa siempre gana (la casa siendo, por supuesto, tu propia psique, que se encargará de que veas exactamente lo que necesitas para seguir alimentando tu neurosis).

Si Jung tuviera que sacar una carta para nuestra era actual, probablemente sería El Diablo, pero no se asusten, no es el señor de los cuernos con un tridente. Según el manual junguiano, es solo nuestra «obsesión por lo material y los vínculos inconscientes». Es decir, seguimos siendo esclavos, pero ahora tenemos un vocabulario psicológico muy caro para describir nuestras cadenas.

Así que, la próxima vez que alguien le tire las cartas y le hable del destino, sonría con la superioridad de quien sabe que solo está mirando un reflejo de su propio caos interior. Y si sale El Loco, no se ofenda. Como diría Jung, es el comienzo del viaje. Como diría un cínico, es el único papel para el que no tuvimos que hacer audición.

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).


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