CINISMO / TÓNICA REPLICANTE

Por: Alberto Zúñiga Rodríguez

I. De la ciudad del Deux a la cárcel masacrada

Cidade de Deus (Fernando Meirelles & Kátia Lund, 2002)

En los años 2002 y 2003, el cine del «gigante del sur» se colaba con múltiples notas en una gran parte de medios de comunicación del orbe. Dos cintas brasileiras daban de qué hablar instaurando un fenómeno global definitivo y contundente. La primera era Cidade de Deus (Fernando Meirelles & Kátia Lund, 2002), que con 4 nominaciones a la estatuilla dorada de la Academia norteamericana, cambió la forma en que el mundo veía la violencia urbana y la estética de la favela, con un montaje frenético y un diseño de audio espectacular (que contó con la participación del mexicano Martín Hernández), elementos que todavía se estudian en escuelas de cine.

Basada en hechos reales, en el corazón de un proyecto de vivienda social de Río de Janeiro, nacido en los años 60 y convertido en un infierno de asfalto en los 80, donde la vida no se vive, se sobrevive. La película narra el ascenso y la caída de las facciones criminales de la favela, a través de los ojos de Buscapé, un joven sensible que carece del instinto asesino necesario para triunfar en el crimen, pero posee un ojo privilegiado para la fotografía.

Mientras Buscapé intenta capturar la realidad con su lente, sin ser devorado por ella, seguimos la transformación de «Dadinho» en Zé Pequeno, un sociópata carismático que instaura una dictadura del narcotráfico basada en el terror. El equilibrio de poder se rompe cuando aparece Bené, el único criminal con ética de la favela, y Mané Galinha, un hombre bueno empujado a la guerra por una venganza personal.

Es un fresco coral, donde la cámara se mueve con la urgencia de una bala perdida, retratando cómo un entorno de abandono estatal convierte a niños en soldados y a los sueños en estadísticas forenses. Fabuloso resulta, igualmente, el guión de Bráulio Mantovani, basado en la novela homónima de Paulo Lins.

Después del triunfo mundial de Amores Perros (Alejandro González Iñárritu, 2000), nominada también a Mejor Película Extranjera, Cidade de Deus, derrochaba y confirmaba el talento del continente ante los ojos del mundo. Aunque no se llevó ninguna estatuilla (como le sucedió a la mexicana en su única nominación), competir en estas categorías principales para una película de habla no inglesa fue una declaración de guerra al establishment: Mejor Director: Fernando Meirelles; Mejor Guion Adaptado: Bráulio Mantovani; Mejor Fotografía: César Charlone (su uso de la sobreexposición y el grano es ya leyenda); Mejor Montaje: Daniel Rezende.

No hay que omitir el error histórico y la falta de justicia que acompañó a Cidade de Deus en un principio, ya que el comité seleccionador de su país no la mandó como representante a la contienda del Oscar ese año, sino hasta el siguiente, claro, después de haber generado un fenómeno en la taquilla de Estados Unidos y otros países. Es irónico que la película que mejor retrató la invisibilidad de las favelas terminara siendo la más «visible» del cine brasileño en la historia de Hollywood. El sistema premió la estética de la pobreza, mientras la realidad que denunciaba seguía intacta y probablemente siga.

No hay que omitir el error histórico y la falta de justicia que acompañó a Cidade de Deus en un principio, ya que el comité seleccionador de su país no la mandó como representante a la contienda del Oscar ese año, sino hasta el siguiente, claro, después de haber generado un fenómeno en la taquilla de Estados Unidos y otros países. Es irónico que la película que mejor retrató la invisibilidad de las favelas terminara siendo la más «visible» del cine brasileño en la historia de Hollywood. El sistema premió la estética de la pobreza, mientras la realidad que denunciaba seguía intacta y probablemente siga.

Al año siguiente, Héctor Babenco, acaparó los reflectores globales con Carandiru (2003). Estrenada en el Festival de Cannes y basada en las memorias del Dr. Drauzio Varella (Estação Carandiru), la película nos introduce en el corazón de la que fue la prisión más grande y temida de América Latina, ubicada en São Paulo. A través de la mirada de un médico oncólogo que llega al penal para realizar una campaña de prevención del SIDA (La enfermedad -con mayúscula- pandémica de los años 90), somos testigos de un ecosistema social regido por sus propias leyes, códigos de honor y una jerarquía inquebrantable.

La narrativa se fragmenta en las historias de sus internos: hombres que, a pesar de sus crímenes, conservan su humanidad, sus amores, sus miedos y una lealtad feroz hacia sus compañeros. Desde la celda del «Señor Justo» hasta los dramas de pasión de «Lula» y «No Way», Babenco construye un mosaico vibrante y trágico que culmina en el fatídico 2 de octubre de 1992. Ese día, una disputa banal entre dos presos desencadena una revuelta que la policía militar decide sofocar con una fuerza desproporcionada. La película retrata con crudeza la Masacre de Carandiru, donde la ejecución sistemática de 111 reclusos desarmados transformó una crisis penitenciaria en uno de los episodios más oscuros y sangrientos de la historia moderna de Brasil.

A pesar de ser una de las películas más crudas sobre el sistema penal, fue el mayor éxito de taquilla en Brasil el año de su estreno, superando incluso a The Matrix Reloaded, de los hermanos Wachowski. Al parecer, el público brasileño prefería enfrentarse a su propia realidad que escapar a una simulación digital. Si Ciudad de Dios es la estética del movimiento, Carandiru es la estética del encierro. Una nos muestra cómo se llega al crimen; la otra, lo que el Estado hace con los que llegan allí. La realidad brasileña, ¿podría ser la de cualquier otro país del continente americano? Ahí dejo la pregunta.

II. 20 años después, Brasil contraataca

Ainda Estou Aqui (Walter Salles, 2024)

Después de dos décadas, Brasil vuelve a reunir titulares de prensa mundial con dos películas aspirantes al codiciado Oscar, en dos años consecutivos. Nuevamente, anteponiendo la leyenda de “basada en hechos reales”, sustituyendo la cárcel y las favelas, por otro gran elemento común en Latinoamérica: la dictura. En 2025, Ainda Estou Aqui (Walter Salles, 2024), representa la justicia poética que el cine brasileño llevaba décadas esperando, porque logró lo que ninguna otra película brasileña había conseguido antes: romper el techo de cristal de la Academia de una manera rotunda: 3 nominaciones en total; Mejor Película Internacional (Representando a Brasil). Mejor Actriz, Fernanda Torres (una nominación histórica que la puso al nivel de su madre, Fernanda Montenegro, quien fue nominada en 1999 por Estación Central del mismo Salles); y Mejor Película, logró la hazaña de colarse en la categoría principal, siendo la primera película brasileña en optar al premio más importante de la noche.

Ante la mirada de incrédulos, Walter Salles y todo su equipo ganaron el Oscar a la Mejor Película Internacional.  Una victoria que se transformó en un momento catártico para Brasil, ya que es la primera estatuilla que el país recibe en esta categoría tras cinco nominaciones históricas fallidas (O Pagador de Promessas, El cuarteto, O Que É Isso, Companheiro?, Estación Central y Ciudad de Dios —esta última técnicamente no fue nominada en esta categoría por errores burocráticos, como antes ya se dijo—).

Ainda Estou Aqui, traducida como Aún estoy aquí, es una adaptación de las memorias homónimas publicadas en 2015 por el escritor Marcelo Rubens Paiva. Narra la historia real de su familia, centrándose en su madre, Eunice Paiva. En 1971, durante la dictadura militar brasileña, su padre (el exdiputado Rubens Paiva) fue secuestrado, torturado y asesinado por el régimen. La película muestra cómo Eunice, interpretada magistralmente por Fernanda Torres (Globo de Oro y Premio Platino por ello), tuvo que reinventarse, estudiar derecho y luchar durante décadas para que el Estado reconociera oficialmente la muerte de su marido, todo mientras criaba a sus cinco hijos bajo una vigilancia constante. Una obra monumental.

Ante la mirada de incrédulos, Walter Salles y todo su equipo ganaron el Oscar a la Mejor Película Internacional.  Una victoria que se transformó en un momento catártico para Brasil, ya que es la primera estatuilla que el país recibe en esta categoría tras cinco nominaciones históricas fallidas (O Pagador de Promessas, El cuarteto, O Que É Isso, Companheiro?, Estación Central y Ciudad de Dios —esta última técnicamente no fue nominada en esta categoría por errores burocráticos, como antes ya se dijo—).

En esta temporada de premios 2026, el cine brasileño busca llevarse también algunas estatuillas doradas, pero ahora de la mano de O Agente Secreto, de Kleber Mendonça Filho, cuyo emocionante thriller ha recibido 4 nominaciones para la 98 edición de los Premios Oscar, igualando el récord histórico que ostentaba Ciudad de Dios.

Las categorías en las que compite son: Mejor Película; Mejor Película Internacional (donde parte como la gran favorita tras ganar el Globo de Oro y el Critics Choice Award); Mejor Actor, para Wagner Moura, quien ya se llevó el premio a Mejor Actor en Cannes y el Globo de Oro por este papel y algo no menos interesante, Mejor Casting (Dirección de Reparto), una categoría nueva en la Academia donde el trabajo de Gabriel Domingues ha sido reconocido por su precisión histórica.

A diferencia de las otras cintas, El agente secreto —coproducción Brasil-Francia-Alemania-Países Bajos (Holanda) — abre una posibilidad histórica para que nuevamente el cine de la bandera verdeamarela se corone en la meca del cine industrial, pero esto no lo sabremos hasta la noche del 15 de marzo.

III. El espía que observa: paranoia, memoria y política en O Agente Secreto

En el cine de Kleber Mendonça Filho, la intriga nunca es sólo intriga dura y pura. Siempre hay algo que respira debajo: la memoria de una ciudad, la violencia estructural de un país o la persistencia de los fantasmas políticos de Brasil. O Agente Secreto —traducida internacionalmente como The Secret Agent— continúa esa tradición, pero lo hace desplazando el foco hacia el territorio del espionaje. El resultado no es tanto un thriller clásico como un ensayo cinematográfico sobre la vigilancia, el miedo y el tiempo histórico.

Desde su premisa, la película parece jugar con un imaginario conocido: agentes, conspiraciones, operaciones encubiertas. Sin embargo, Mendonça Filho desarma rápidamente esa expectativa. Aquí no hay glamour ni gadgets; hay burocracia, sospecha y un clima de amenaza que se filtra en cada encuadre. Si el cine de espionaje suele estar hecho de movimiento, O Agente Secreto se construye más bien a partir de la observación. Los personajes miran, escuchan, esperan. Y en esa espera se revela el verdadero tema del film: la paranoia como forma de vida en sociedades marcadas por la vigilancia política.

En el ocaso de la década de los 70, Brasil transita por los pasillos más oscuros del autoritarismo y su dictadura. Marcelo (el impresionante y tripartita histrión aquí, Wagner Moura), un académico marcado por la disidencia, intenta borrar sus huellas instalándose en el anonimato de su natal Recife para recuperar los restos de su vida familiar y reunirse nuevamente con su hijo pequeño, Fernando, después de estar huyendo por un tiempo y haber sobrevivido a la fatídica muerte por neumonía de su esposa (Alice Carvalho).

¿Por qué huye Marcelo? Porque ha patentado -desde la Universidad pública de São Paulo, donde labora y dirige un departamento de investigación- algo que le interesa a un empresario industrial dispuesto a todo por eliminarlo del mapa (magistral aquí Luciano Chirolli, encarnado en el papel de Henrique Guirotti).

Formalmente, la película funciona como un dispositivo de tensión lenta (cinéfilos que buscan montaje rápido y acciones intrépidas, abstenerse o aguantarse) que tiene como columna vertebral el uso de flashbacks. Mendonça Filho filma los espacios con una precisión casi arqueológica: calles, edificios, interiores que parecen guardar capas de historia. La cámara se demora en ellos como si quisiera leer sus cicatrices (especialmente en esos travellings que apuntan a las fotos del dictador). El suspenso no nace de persecuciones espectaculares sino de la sensación de que algo —o alguien— siempre está mirando desde fuera del encuadre. Este es, a mi juicio, su mayor triunfo secundado por el gran talento en la interpretación conjunta y una estupenda corrección de color que nos transporta a la sensación de la época, arropada por una cuidadosa dirección de arte.

Si algo distingue a O Agente Secreto de los thrillers convencionales, es su voluntad de frustrar el espectáculo. Mendonça Filho no busca adrenalina; busca inquietud. El resultado puede ser desconcertante para quienes esperan un relato de espionaje tradicional (tampoco estamos en un obra plena de slow cinema; no hay que asustarse), pero precisamente en esa desviación está su fuerza: el film convierte el género en una herramienta para pensar el poder, la memoria y el miedo.

Ese procedimiento formal, conecta entonces la película con una línea muy particular del cine brasileño contemporáneo: la que explora la relación entre espacio urbano y memoria política. Como ya ocurría en obras anteriores del director (Bacurau, 2019 y Aquarius —conocida también como Doña Clara—, 2016), la arquitectura se convierte en testigo silencioso de la historia, pero aquí, esa historia es la de la vigilancia: archivos, informes, rumores. El espionaje aparece menos como una actividad clandestina que como una estructura cotidiana del poder.

Narrativamente, O Agente Secreto juega con la ambigüedad. Nunca sabemos del todo quién manipula a quién, ni qué información es verdadera. Mendonça Filho utiliza esa incertidumbre para construir una atmósfera casi kafkiana: el protagonista parece atrapado en un sistema que funciona con reglas invisibles. Lo inquietante no es la conspiración en sí, sino la imposibilidad de comprenderla.

Hay algo profundamente latinoamericano en ese gesto, en un continente donde las dictaduras, los servicios de inteligencia y las operaciones clandestinas forman parte de la memoria reciente, el espionaje no es un mito cinematográfico sino un eco histórico. La película no lo subraya de manera explícita, pero lo deja flotar en el ambiente como una amenaza heredada. Lo mismo ocurre con la anécdota que surfea a lo largo de toda la película y su revuelo mediático en la comunidad: la pierna peluda «viviente» que causa destrozos y que fue encontrada en la panza de un tiburón (¿México, te suena algo que se llamó «El Chupacabras»?) y, por supuesto, no podemos dejar de mencionar su cinefilia desbordada en múltiples homenajes y en la presencia constante del gran título de terror de la época (causante de enormes pesadillas al pequeño Fernando): Tiburón, de Steven Spielberg, del año 1975. Acá también el cine como espacio, como la ciudad misma, se convierte en otro actor relevante, aunado a que el suegro de Marcelo es proyeccionista.

Luego de triunfar en Cannes en distintas secciones, El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, ganó la categoría a Mejor película de habla no inglesa, aí como Mejor pelíucula de drama, en los Globos de Oro 2026. También destacó como Mejor actor en película dramática, con Wagner Moura

Si algo distingue a O Agente Secreto de los thrillers convencionales, es su voluntad de frustrar el espectáculo. Mendonça Filho no busca adrenalina; busca inquietud. El resultado puede ser desconcertante para quienes esperan un relato de espionaje tradicional (tampoco estamos en un obra plena de slow cinema; no hay que asustarse), pero precisamente en esa desviación está su fuerza: el film convierte el género en una herramienta para pensar el poder, la memoria y el miedo.

En última instancia, O Agente Secreto propone una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el espionaje deja de ser una excepción y se vuelve parte de la vida cotidiana? La respuesta del director no llega en forma de revelación final, sino como una sensación persistente. Salimos de la película con la impresión de que el verdadero agente secreto no es el protagonista, sino el propio sistema que lo rodea: invisible, omnipresente, imposible de descifrar.

Como suele ocurrir con el cine de Mendonça Filho, la inquietud continúa mucho después de que la pantalla se vuelve negra y siempre con la posibilidad de saber que esto que aquí se nos contó, «basado en hechos reales», podría seguir ocurriendo en el presente en cualquier parte del continente. En ello, el filme dialoga en perfecta armonía con nuestro presente, especialmente con la secuencia surrealista con la que arranca: Marcelo en su vocho amarillo llega a una gasolinería. Ahí, en la estación, yace un cadáver desde hace varios días. El olor del cuerpo es tan insoportable como el calor, aunque ya lo han denunciado, los forenses: no han ido a hacerse cargo. Después de una breve charla con el despachador, llega una patrulla que, lejos de venir a solucionar el asunto, termina extorsionando a Marcelo por unos simples cigarros.

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.


Descubre más desde REVISTA LOS CÍNICOS

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

aUTOR

TENDENCIAS