Sobre Los Ramones, Charly García y las paredes pintadas con rabia
CINISMO / OPINIÓN
Por Roberto Mozart del Río

Bebiendo el café de la mañana, pensaba en que la exposición a esta idea de la contracultura utilizada en México de soló odiar por odiar y no hagas nada más, ha sido mal intepretada por décadas.
Bad Religion, la banda estadounidense de punk rock fundada en 1980 en el sur de California, le ha cantado al cambio, sí, a ese que puede estar en nuestras manos y que está en uno mismo más allá de los cacerolazos y las pintas en las paredes, aunque “paredes sin pintar es (de) un pueblo callado”, como ha entonado el grupo español de música punk, Piperrak.
Así que mientras sigo bebiendo ese café mañanero, llego a una pregunta mayúscula, me pregunto si en realidad, después de tantos años, después de tantas duras batallas cotidianas, ¿el punk ha cambiado mi vida? Me respondo que más bien me llevó a replanteármela, en el sentido de que no es necesario gritarle al sistema fallido, a ese que es aceptable para millones de personas que vagan por almacenes pescando las ofertas de temporada.
Charly García, el punk mayor que el éxito no lo ha cambiado, tenía una frase que se me quedó tatuada en la mente: “El rock es rabia o no es nada” y efectivamente, es el desencaje a la represión de muchas maneras, la inconformidad de los valores y las experiencias de uno mismo las que nos hacen espuma en la boca.
Me pregunto si en realidad, después de tantos años… ¿el punk cambió mi vida? Me respondo que más bien me llevó a replanteármela, en el sentido de que no es necesario gritarle al sistema fallido, a ese que es aceptable para millones de personas.
Sin embargo, recuerdo que cuando fui a ver a los Ramones, a la ex alberca olímpica de Pantitlan en Ciudad de México, en el año de 1992, fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida. Al menos eso creía, porque pensaba que la emoción de ver a los neoyorquinos por primera vez y alzar la voz con la tribu punk era el palpitar de toda una generación icónica, la realidad es que desde que bajé del metro en la estación Pantitlán, el caos comenzó a embarrase en mis ojos, porque me quisieron quitar un varo, me intentaron robar mis hermosos Converse negros, además de gritarme y señalarme con dedos beligerantes como “fresa” y “burgués”.
Entonces ahí comenzó el pánico y nada de lo que tenía en mente pasó, jamás disfruté ver a los Ramones, porque a la tercera canción, cansado del slam, decidí abandonarlo, salí de ese torbellido para ver a mis ídolos y mentar madres mentalmente desde el margen.
Después de esa experiencia, comencé a realizar ejercicios de aporte a la sociedad, no dañando, no juzgando, sino pensando en el valor de la vida, que en ese momento no tenía sentido. Fue así que pude estructurar y darle el valor exacto al punk. Ese punk que como grito de guerra me dijo «hágalo usted mismo». Generé el cambio, aunque sea en un grano de siembra, en el que pudiera en verdad transformar la vida de los otros.
Concluyo, antes de terminarme esa taza de café, que el punk sí cambió mi vida pero a mi manera.
C

Roberto Mozart del Río nació en la tierra del tequila a grito pelado, sin ser patriota (ironías de la vida), un 16 de septiembre del 72. Amante de la novela gráfica, psicólogo por convicción y bartender por vocación. Amante de la música que desató Robert Johnson a todos sus géneros y temeroso de toparme con un reguetonero. Catador de cerveza y de la vida simple.





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