CINISMO / OPINIÓN
El eremita de la silla coja
Por Jonatan Frías

Hay algo profundamente sospechoso en un hombre que usa abrigo, guantes y boina en pleno verano: o es el loquito del centro o estamos ante Glenn Gould. Para Gould, el cuerpo era poco más que un transporte engorroso para unas manos y un cerebro que funcionaban a una velocidad que el resto de los mortales solo alcanzamos con sustancias ilegales.
Gould no tocaba el piano: lo diseccionaba. Su estilo era la antítesis del romanticismo sudoroso de la época. Mientras otros pianistas se balanceaban como si estuvieran teniendo una epifanía religiosa, Gould se sentaba en su famosa silla desvencijada —cortada por su padre para que estuviera a ras del teclado— y se encorvaba como un gárgola sobre las teclas.
Y luego estaba el “tarareo”. Si escuchamos sus grabaciones con audifonos, no solo escuchamos a Bach; escuchamos a un hombre luchando contra un demonio interno, emitiendo un zumbido nasal que volvía locos a los ingenieros de sonido. Gould decía que el canto era su forma de mantener el legato en su mente, pero seamos sinceros: era la banda sonora de su propio aislamiento.
Su amor por Bach no era una interpretación: era una posesión. Gould rescató a Bach de la solemnidad polvorienta de las iglesias y lo lanzó al siglo XX con una claridad contrapuntística tan afilada que podría cortarles los dedos con ella. Sus influencias eran escasas porque, francamente, Gould creía que casi todo lo que ocurrió entre Bach y Schoenberg era un error sentimental. Detestaba a Chopin y consideraba que el concierto para piano era una forma de exhibicionismo vulgar. Él solía decir que «el propósito del arte no es la liberación de una expulsión momentánea de adrenalina, sino la construcción gradual, a lo largo de toda una vida, de un estado de asombro y serenidad». Sí, claro, en Glenn es fácil buscar la serenidad cuando te niegas a dar la mano por miedo a los gérmenes o a una fractura accidental.
Y luego estaba el “tarareo”. Si escuchamos sus grabaciones con audifonos, no solo escuchamos a Bach; escuchamos a un hombre luchando contra un demonio interno, emitiendo un zumbido nasal que volvía locos a los ingenieros de sonido. Gould decía que el canto era su forma de mantener el legato en su mente, pero seamos sinceros: era la banda sonora de su propio aislamiento.
Gould cometió el pecado capital del artista: se retiró de los escenarios a los 31 años. Dijo que los conciertos eran «arenas de gladiadores» donde el público solo esperaba que el intérprete cometiera un error. Se encerró en el estudio de grabación, ese laboratorio clínico donde podía editar, cortar y pegar hasta alcanzar una perfección que la realidad nunca le permitiría. Su cinismo ante el público era su mayor acto de honestidad. Mientras otros buscaban el aplauso, él buscaba el control total. Su legado no es la calidez, sino la lucidez fría, casi gélida, de quien ha entendido que la música es matemática emocional.
Para entender su carácter, basta recordar su relación con los médicos. Gould era un hipocondriaco de élite. Se dice que una vez demandó (o al menos amenazó seriamente con hacerlo) a un técnico de Steinway que, al saludarlo, le dio una palmada en la espalda un poco más fuerte de lo normal. Gould afirmó que la «sacudida» le había causado un trauma físico y psicológico que afectaba su técnica. Así era él: un cristal de Bohemia que vivía en un mundo de martillos.
La grabación de las Variaciones Goldberg de 1981. Si la versión de 1955 fue un joven disparando ráfagas de ametralladora con una alegría casi insolente, la de 1981 es el testamento de un hombre que ya tiene un pie en el otro lado.
Es más lenta, más introspectiva y terriblemente consciente de su propia mortalidad. Gould ya no está tratando de impresionar a nadie; está conversando con el fantasma de Bach en una habitación vacía. La simetría es casi poética: murió apenas un año después del lanzamiento, como si hubiera terminado de editar el guion de su propia existencia y hubiera decidido que ya no había más tomas que grabar.
Gould nos dejó un legado de belleza estéril y perfecta. Nos enseñó que se puede ser un genio absoluto y, al mismo tiempo, el tipo más insoportable de la fiesta (si es que alguna vez hubiera ido a una). Al final, nos quedan sus grabaciones y ese eco de su voz tarareando bajo las notas de Bach, recordándonos que, incluso en la perfección más absoluta, siempre hay un rastro de nuestra propia y gloriosa locura.
C

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).





Deja un comentario