CINISMO / TÓNICA REPLICANTE
Sangre, pintas negras y el pinche algoritmo
Por: Alberto Zúñiga Rodríguez

Hay un ejercicio que disfruto mucho a la hora que mi marida escoge una película o una serie nueva en alguna plataforma. Una especie de ruleta rusa contra el pinche algoritmo que ella sabe de qué forma librar. Y aunque la mayoría de las veces acierta con cosas muy interesantes, no nos hemos escapado de bodrios espeluznantes, terroríficos y no precisamente por el género (como el último Drácula: una historia de amor -2025- de Luc Besson; madre mía, dios del cine y san gaffer bendito, ¡qué-por-que-ría!). En esta ocasión, le retribuyo su gran intuición que habitualmente le acompaña y logra driblar al pinche algoritmo porque el cursor cayó en House of Guinness.
Como suele ocurrir en esta dinámica, no hay expectativas de por medio, cero, nada, Nacho, nadita. Nos entregamos simple y llanamente al mero hedonismo audiovisual, pero a los diez minutos de metraje, viendo los abrigos largos, las golpizas callejeras coreografiadas al milímetro y escuchando guitarras estridentes anacrónicas sobre empedrados embarrados de lodo, como dicen por estos lares ibéricos donde vivo “flipé en colores” y estuve a punto de apostarle a mi marida unos euracos a que el mítico Guy Ritchie había secuestrado la plataforma para rodar otra de sus series de época y no ocultar su obsesión por Sherlock Holmes, que por cierto, no estaba tan equivocado con lo de la obsesión temática, porque apenas hace unos días —el 4 de marzo para ser precisos— se estrenó en Amazon Prime la nueva serie y adaptación de la serie de libros con nombre homónimo El joven Sherlock Holmes de Andrew Lane, que a su vez son una parodia de las historias originales de Sherlock Holmes escritas por Arthur Conan Doyle y que Ritchie, efectivamente forma parte del grupo de directores que la encabeza.
Qué bueno que no sucumbí a la tentación apostadora, porque ni de broma el que está detrás de la cámara es Ritchie, sino Steven Knight, el mismísimo director que nos convenció de que los mafiosos de Birmingham de los años 20 escuchaban a Nick Cave en Peaky Blinders. Ahora, Knight ha cruzado el charco hacia Irlanda para contarnos qué pasó en el Dublín de 1860 tras la muerte de Sir Benjamin Guinness, en efecto, el fundador de las chelas oscuras, amargas, chocolatosas y espumosas.
Sin ser experto en cine británico e irlandés (pero sí un cínico residente de esta revista), me toca hacer de forense y separar el innegable magnetismo de este bodrio tan bien ejecutado de su evidente falta de rigor histórico (los colegas irlandeses ya hicieron lo suyo, ya llevaron al paredón la serie por este motivo).
El circo de Knight: Más estilo que sustancia
Desde el minuto uno, House of Guinness te grita y subraya que no es un drama pijo-fresa de la BBC para la hora del té. Es caótica, atascada en la euforia del ritmo de su montaje y está bañada en un barniz de «coolness» artificial que, la verdad, se disfruta muchísimo. Como un buen trago de una negra irlandesa bien helodia.
Knight toma la saga de la familia cervecera y la convierte en un thriller donde James Norton se pasea robando escenas como Sean Rafferty, un galán violento, solucionador de problemas con el carisma de un psicópata forrado en abrigos de lana. Los herederos (un excelente Louis Partridge y un intensísimo Anthony Boyle) son el típico catálogo de niños ricos, mimados y traumados que no saben si darse un abrazo o una puñalada traicionera. Y la cereza del pastel: Jack Gleeson (nuestro añorado e insoportable Joffrey Baratheon) regresando de su retiro para interpretar al primo bastardo Byron Hedges. Su actuación es tan reptiliana y estupenda que casi justifica soltar cada centavo de la suscripción. Estamos ante un gran joker, al estilo del mismísimo Jack Nicholson noventero.
Pero claro, aquí somos cínicos, no paleros de Netflix, ni de nadie. Así que lo que antes ya enunciaba. La crítica irlandesa ha sacado las antorchas, y con muchísima razón. La serie toma el colonialismo, las cicatrices de la Gran Hambruna y la movida unionista, y los usa como mero papel tapiz para que la familia se parta la madre por los barriles de cerveza y su legado millonario. Es la historia de Dublín procesada por un algoritmo californiano: mucha explosión, mucho “folleteo de época”, pero una profundidad histórica que cabe en el poso de una pinta mal tirada. Muy mal tirada peroooooo… ¿a quién le importa eso? A muchas personas porque arranca con un clásico: «ficción inspirada en historias reales». Así que si entran en ese grupo, advertidos están, digo, por aquello de querer ver algo cercano a la realidad. Si no son esos sus motivos, éntrenle con ganas porque es mole de olla y de la chula Puebla.
El «Síndrome Succession» llega a Dublín

Es imposible ver a estos herederos dándose navajazos por el testamento de papá y no acordarse de los Roy. A Knight le ha pegado duro el «Síndrome Succession«.
Tenemos la misma receta: el patriarca todopoderoso estira la pata y deja un vacío que ninguno de sus inútiles retoños puede llenar. Edward (Partridge) es el Kendall Roy de la época victoriana —se cree el verdadero amo por derecho divino, pero le falta instinto asesino—, mientras que Arthur (Boyle) es un Roman Roy con sombrero de copa, cargado de demonios y unas ganas locas de cagarla en grande.
¿La diferencia? Que Succession es una obra maestra de la sátira con diálogos que cortan como bisturís. House of Guinness, en cambio, no tiene tiempo para sutilezas. Si en la serie de HBO la sangre se derramaba en juntas de accionistas, aquí la sangre mancha de verdad la ropa cara en pleno callejón.
Especial mención merecen las mujeres detrás de estas pintas negras porque en este desmadre de testosterona y sombreros de copa, las morras no se quedan atrás. De hecho, son las que tienen los ovarios mejor puestos en toda la trama. Si en Peaky Blinders las mujeres a veces quedaban relegadas a llorarle a sus mafiosos, aquí ellas mueven los hilos desde la sombra. Actrices como Danielle Galligan (Lady Olivia) y Emily Fairn están inmensas, demostrando que, en la época victoriana, mientras los vatos se partían el queso en la calle o se emborrachaban de ego en los despachos, ellas maquinaban la verdadera supervivencia del negocio y cuidaban del legado. Son unas chingonas absolutas que, con una sola mirada de desprecio, le roban la tostada a cualquier dandi con complejo de Edipo.
Al final del día, más allá de la cerveza y los trancazos, House of Guinness nos deja una neta muy cruda sobre lo que significa heredar un imperio. El apellido no es un regalo, es como dirían en mi rancho de canteras rosas y balas perdidas: “una pinche jaula de oro”. Es la tragedia eterna de nacer en la tercera base y creerte que pegaste un home run. Estos herederos son prisioneros de una maquinaria corporativa que los devora vivos.
Pasando al envoltorio, hay que reconocer que la serie es una chulada porque es un verdadero agasajo para los ojos. La dirección de arte y la fotografía huelen y transpiran billete, a presupuesto del bueno soltado a manos llenas. El contraste entre la mugre de los callejones de Dublín —con esa niebla perpetua y un lodo que casi te salpica la pantalla— y la opulencia pija-fresca de las mansiones de los Guinness es espectacular. La iluminación a gas, los claroscuros y esos planos secuencia tan espectaculares pero tan efectivos te sumergen de lleno en una atmósfera asfixiante. Es un Dublín de postal gótica; falso como un billete de tres euros a nivel histórico, sí, pero visualmente es, insisto, una gozada.
¿Y de la música? ¡¡¡¡Ufffff!!! Knight vuelve a hacer de las suyas con su ya clásico fetiche por los anacronismos. Meternos guitarrazos de post-punk, rolones de rock alternativo irlandés y bajos retumbantes en pleno 1860 es una locura de proporciones épicas. Para cualquier purista, en el guión sonaría a una pendejez tremenda, pero en pantalla funciona increíble. Ver al elenco caminar a cámara lenta hacia una emboscada mientras suena a todo volumen un temazo que parece sacado del último disco de Fontaines D.C. te sube la adrenalina a niveles insospechados. Le da mil vueltas a la típica y aburrida bandita sonora de violines para tomar el té.
Acá les comparto el link al soundtrack para que se den un quemón de toda esta atmósfera sonora: https://open.spotify.com/playlist/2eBxVFnC3nixIHaDZSIL4y?si=4a8dde62c7b24248
La condena de apellidarse Guinness

Al final del día, más allá de la cerveza y los trancazos, House of Guinness nos deja una neta muy cruda sobre lo que significa heredar un imperio. El apellido no es un regalo, es como dirían en mi rancho de canteras rosas y balas perdidas: “una pinche jaula de oro”. Es la tragedia eterna de nacer en la tercera base y creerte que pegaste un home run. Estos herederos son prisioneros de una maquinaria corporativa que los devora vivos. La serie nos recuerda que la sangre se diluye, los hermanos se traicionan, pero el logo de la empresa y la cuenta de resultados siempre prevalecen. Un billetote puede comprar media Irlanda y expandirse por el mundo, pero no te salva de ser un miserable atrapado en la sombra gigantesca de un padre al que nunca, jamás, vas a poder superar. Y un apellido que te respira como la peor sombra. La máquina del capitalismo por encima de la integridad de los integrantes de la familia.
¿Habrá segunda ronda?
A estas alturas del partido (marzo de 2026 y con la cruda de los recién entregados premios Oscar), Netflix todavía nos tiene con el Santo Niño del Render y el Chuchín en la boca. No hay renovación oficial para una segunda temporada. La serie tuvo un arranque muy aceptable —unos 15 millones de visualizaciones al principio—, pero no ha reventado los servidores, algo que la gran «N» roja suele exigir para soltar la lana y mantener vivos estos caprichos carísimos. Sin embargo, Steven Knight ya anda presumiendo por ahí que su plan maestro es estirar el chicle hasta la década de 1960 para explorar la dichosa «maldición de los Guinness». Veremos si los de traje le compran la ronda o si lo mandan “a por las” prietas frías a su pub preferido.
El botiquín del cínico replicante: Más familias forradas destruyéndose
Si House of Guinness los ha dejado o loas deja picados y con ganas de ver a más millonarios arruinando sus vidas desde dentro (que, no nos hagamos, es uno de nuestros placeres morbosos favoritos), apunten estas joyitas:
- Yellowstone (2018 – Presente | Creada por Taylor Sheridan): Succession, pero con caballos, sombreros y balaceras en Montana. Kevin Costner lidera a una prole disfuncional que defiende su rancho de corporaciones e indígenas a base de extorsión y mucho plomo. Un desmadrito muy bien hecho.
- La Casa Gucci / House of Gucci (2021 | Dirigida por Ridley Scott): El exceso capitalista e italiano elevado a la enésima potencia. Lady Gaga se infiltra en una dinastía de la moda y demuestra cómo la estupidez y la vanidad de los herederos pueden hundir un imperio de muchísimo billete en una sola generación.
- Trust (2018 | Creada por Simon Beaufoy, dirigida por Danny Boyle): Una miniserie brutal sobre los Getty. Cuando secuestran al nieto del hombre más rico del mundo, el patriarca (Donald Sutherland) se niega a soltar un peso. Una lección magistral de cómo la lana anula la empatía.
- Empire (2015 – 2020 | Creada por Lee Daniels y Danny Strong): Un culebrón-novela al estilo mexicano, sin complejos, excesivo y musical a todo lo que da. Un magnate del hip-hop, enfermo terminal, pone a pelear a sus tres hijos por el control del changarro. Pura metadona televisiva, tíuuuuu.
- Puñales por la espalda / Knives Out (2019 | Dirigida por Rian Johnson): Para desengrasar con una sonrisa torcida. Un misterio la mar de brillante que disecciona con humor negro la hipocresía, la inutilidad y la avaricia de una familia de parásitos que esperan heredar el pastón (billetón) de un novelista recién fallecido.
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Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.






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