CINISMO / OPINIÓN
Lezama Lima, Carpentier, Cabrera Infante, Arenas, Piñera
Por Jonatan Frías

Parece que en Cuba el tiempo no solo se detuvo, sino que decidió caminar hacia atrás para ver si en el pasado se vivía mejor. Es una ironía deliciosa, de esas que solo el humor negro caribeño puede digerir, que una isla que pretendía ser el faro del futuro hoy sea noticia por no tener, literalmente, ni un foco encendido. La crisis humanitaria en Cuba ya no es una “coyuntura” —ese eufemismo técnico que tanto le gusta a la burocracia para no decir “hambre”—, sino un estado de gracia estético de la precariedad. Es difícil hablar de libertad cuando el estómago ruge más fuerte que los discursos de la Plaza y, sin embargo, aquí estamos, mirando a la Perla de las Antillas desmoronarse entre apagones, escasez de lo básico y una diáspora que ya no es goteo, sino hemorragia. Pero cuidado, que este no es otro panfleto de lástima. La lástima es un sentimiento burgués muy barato. A Cuba se le quiere con rabia o no se le quiere y mi pretexto hoy para hablar de esa miseria no es la sociología de pasquín, sino lo que queda cuando la luz se apaga: la cultura. Porque Cuba, en su infinita contradicción, es un país que se muere de hambre mientras devora palabras. Es una isla que exporta médicos y balseros, pero que ha parido una literatura tan densa y monumental que uno se pregunta si el exceso de talento no será el responsable de que el resto de las infraestructuras colapsen por puro peso intelectual.
Pero vamos ya, de lleno, a lo que truje. La literatura cubana es, posiblemente, la forma más refinada de resistencia y, a la vez, el mayor monumento al exceso. Si el país vive en la carencia, sus escritores vivieron en la abundancia del lenguaje. Hablemos, por ejemplo, de José Lezama Lima. Imaginen a un hombre asmático, que casi no salió de su casa en la calle Trocadero, creando un universo tan vasto que hace que el resto de la literatura latinoamericana parezca escrita por aficionados. Lezama era el barroco hecho carne. Su novela Paradiso es un laberinto donde la comida es descrita con una opulencia que hoy, en la Cuba del racionamiento, resulta casi subversiva, una pornografía gastronómica. Se dice que Lezama podía describir una cena de varios tiempos con una precisión tal que el lector terminaba con colesterol alto, mientras él, en la realidad, apenas tenía para el café. Hay una anécdota deliciosa: cuando le preguntaban por qué no viajaba, él decía que para qué, si ya tenía su imaginación. El sedentarismo de Lezama es el triunfo del espíritu sobre la geografía; una bofetada elegante a quienes creen que una isla es una cárcel.
Luego tenemos al gran Alejo Carpentier, el hombre que nos enseñó que la realidad en América no es mágica, sino “maravillosa”. Carpentier escribía con una arquitectura de catedral. En El siglo de las luces o Los pasos perdidos, el lenguaje no fluye, truena. Era un hombre de una cultura tan vasta que resultaba insultante. Su cinismo era más refinado, el de quien sabe que la historia es una rueda que siempre vuelve al mismo punto de barbarie, pero que prefiere documentar el desastre con un vocabulario impecable. Carpentier no solo escribía: él orquestaba. Para él, la palabra era un material de construcción, un bloque de mármol que debía ser tallado hasta que la frase adquiriera la solidez de una columna barroca. Mientras otros buscaban la síntesis, él se entregaba a la proliferación, convencido de que en la selva o en la arquitectura colonial de las Antillas no cabe el minimalismo.
Su concepto de lo real maravilloso no era una invención fantástica, sino una crónica de la desmesura americana: esa mezcla de tiempos donde el rito ancestral convive con el rascacielos. Alejo miraba el caos político del continente con el distanciamiento de un arqueólogo; veía revoluciones estallar y apagarse, sabiendo que el hombre suele cambiar de tirano pero rara vez de naturaleza. En su prosa, el tiempo es una trampa circular y el lenguaje, la única forma de redención ante la decadencia histórica.
Guillermo Cabrera Infante, por otro lado, es la demolición festiva del lenguaje. Bajo el seudónimo de Caín —marcado por el estigma del hermano traidor o, más bien, del hijo traicionado por una utopía que devoró su propia noche—, nos heredó Tres tristes tigres, esa partitura de jazz literario donde el idioma se emborracha de neón habanero. Cabrera Infante no escribía, jugaba a las escondidas con el diccionario. Su cinismo era una forma de elegancia suprema: entendió que la única manera de sobrevivir a la pérdida física de una patria es convertirla en una broma infinita, en un retruécano que no puede ser arrestado.
Pero si Lezama era el encierro místico, Carpentier la arquitectura del poder y Cabrera Infante la demolición festiva del lenguaje, Reynaldo Arenas es la herida abierta. Arenas es el recordatorio de que la revolución, como Saturno, tiene la mala costumbre de comerse a sus hijos más brillantes, especialmente si esos hijos son unas “locas” indisciplinadas. Su vida fue una huida constante, desde los bosques de Oriente hasta el exilio en Nueva York, donde terminó suicidándose porque el sida le quitó lo único que el castrismo no pudo: las ganas de escribir.
Exiliado en el gris de Londres, se dedicó a reconstruir una Habana de celuloide y música que ya no existía, demostrando que la nostalgia, si se sirve con suficiente sarcasmo, es el licor más potente del mundo. Fue el cronista de los excesos de la noche antes de que el “hombre nuevo” decidiera que la alegría era una distracción ideológica. Su literatura es un recordatorio de que, mientras la política busca uniformar el pensamiento, el ingenio cubano se escapa siempre por la tangente de un chiste sucio o una aliteración brillante. Caín sabía que una isla que ha perdido la luz todavía puede brillar, aunque sea por el puro destello de una lengua que se niega a callar.
Pero si Lezama era el encierro místico, Carpentier la arquitectura del poder y Cabrera Infante la demolición festiva del lenguaje, Reynaldo Arenas es la herida abierta. Arenas es el recordatorio de que la revolución, como Saturno, tiene la mala costumbre de comerse a sus hijos más brillantes, especialmente si esos hijos son unas “locas” indisciplinadas. Su vida fue una huida constante, desde los bosques de Oriente hasta el exilio en Nueva York, donde terminó suicidándose porque el sida le quitó lo único que el castrismo no pudo: las ganas de escribir.
Arenas representa ese humor negro, esa rabia que se convierte en arte. En Antes que anochezca, nos cuenta cómo enterraba sus manuscritos en la tierra para que la policía política no los quemara. Es una metáfora perfecta de la isla: la cultura cubana es algo que se cultiva bajo tierra, en la oscuridad, esperando que algún día alguien la desentierre. Su escritura es cínica porque no tiene esperanza, pero es hermosa porque es libre. A diferencia de los intelectuales que se acomodaron al calor del Estado, Arenas prefirió el frío del exilio y la verdad del proscrito.
Es fascinante y cruel. ¿Cómo puede un país producir a un Virgilio Piñera, que en medio de una asamblea con Fidel Castro se atrevió a decir aquello de “tengo miedo”, y al mismo tiempo ser el escenario de la “maldita circunstancia del agua por todas partes”? Piñera entendió mejor que nadie el absurdo. Sus cuentos son piezas de un cinismo clínico, donde la gente se come sus propios zapatos o se acostumbra a la inexistencia con una naturalidad aterradora.
Hoy, la crisis humanitaria en Cuba no es solo falta de arroz o de luz. Es la desconexión entre esa herencia intelectual hercúlea y una realidad que obliga a sus ciudadanos a pensar solo en la próxima comida. El cubano de hoy es un heredero de Lezama que no tiene papel para escribir, un descendiente de Carpentier que ve cómo se caen los edificios de La Habana Vieja sin que nadie mueva un ladrillo.
La columna de hoy es un brindis (con ron barato, porque el bueno se exporta para mantener la farsa), un brindis por esos escritores. Por los que se quedaron y se marchitaron, y por los que se fueron y nunca terminaron de regresar. Cuba es esa gran cena de Lezama: un banquete imaginario en una mesa vacía. A propósito de Cuba, me queda decir que la isla sigue siendo ese experimento social donde se demostró que se puede vivir sin libertad, sin luz y sin comida, pero nunca sin una buena historia que contar para que el vecino te preste un poco de azúcar. La tragedia cubana es que su literatura es demasiado buena para el destino tan mediocre que le han impuesto sus gobernantes. Pero así es el Caribe: mucha luz en los libros y un apagón eterno en las calles. Al final, cuando el sistema termine de colapsar y solo queden las ruinas, alguien encontrará un ejemplar de Paradiso entre los escombros y entenderá que, aunque no tenían pan, al menos tenían las mejores palabras del mundo para describir el hambre.
C

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).






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