CINISMO / JUGUETE RABIOSO
Elegía para el arquitecto de los laberintos
Por Mariano Morales

Hoy debió ser ayer, me lo repito como un mantra cósmico que quizás llegue a significar algo. La absurda repetición, el arte de la concatenación mística. Algo se ha detenido en el corazón secreto de la geometría. No es exactamente silencio, es más bien la pausa que ocurre cuando una escalera infinita deja de dibujarse por un instante en el aire.
Pedro Friedeberg trabajaba allí, en ese territorio improbable donde la lógica pierde gravedad & las formas empiezan a pensar por sí mismas. Sus obras no eran cuadros ni esculturas en el sentido ordinario: eran mecanismos de asombro, trampas delicadas para la mirada. Uno se acercaba creyendo ver un ornamento y de pronto caía en un laberinto.
El laberinto de escalones mortales, túneles con lámparas intermitentes, pero el tiempo me pierde por completo, soy un elemento suspendido en la nada contemplado la eternidad cúbica, patafísica que hace trizas lo surreal. Estoy en Bellas Artes, mugre de ciudad, caos & furia lubricado con nuestros sueños & hambre crónica.
Columnas que sostienen templos invisibles, patrones que se repiten hasta volverse hipnóticos, perspectivas que se abren como puertas dentro de otras puertas. En sus imágenes siempre hay un pequeño vértigo, como si el espacio hubiera decidido multiplicarse.
Friedeberg parecía sospechar que el universo no es recto. Que el universo es barroco. Por eso sus obras están llenas de ecos: religiones antiguas, símbolos esotéricos, arquitecturas que recuerdan a monasterios soñados por matemáticos. Todo convive con una ironía silenciosa, casi juguetona, como si el artista guiñara el ojo desde dentro del dibujo.
Entre todas esas formas, una mano permanece abierta. La famosa silla hecha de palma & dedos extendidos, ese objeto extraño que parece al mismo tiempo un trono, un gesto de hospitalidad & una broma metafísica. Sentarse allí es aceptar una invitación rara: ocupar el lugar donde el cuerpo entra en diálogo con el absurdo. Porque Friedeberg sabía algo que el arte a veces olvida: Que el misterio también puede sonreír.
Entre todas esas formas, una mano permanece abierta. La famosa silla hecha de palma & dedos extendidos, ese objeto extraño que parece al mismo tiempo un trono, un gesto de hospitalidad & una broma metafísica. Sentarse allí es aceptar una invitación rara: ocupar el lugar donde el cuerpo entra en diálogo con el absurdo. Porque Friedeberg sabía algo que el arte a veces olvida: Que el misterio también puede sonreír.
Sus obras no explican nada. No ofrecen respuestas. Funcionan como acertijos cuidadosamente ornamentados, como mapas de un territorio donde cada símbolo apunta hacia otro símbolo, donde cada línea se bifurca en un pensamiento nuevo.
Ahora que el artista se ha ido, el mecanismo continúa. Los laberintos siguen abiertos. Las perspectivas imposibles continúan respirando. Las columnas imaginarias siguen sosteniendo templos que nadie ha terminado de entender.
Quizá esa era la verdadera obra de Pedro Friedeberg: construir un universo lo suficientemente extraño para que nunca deje de ser explorado. Un lugar donde la imaginación todavía puede perderse y perderse en ese mundo, siempre fue la forma más elegante de encontrar algo.
C

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.





Deja un comentario