CINISMO / OPINIÓN

Por Jonatan Frías

La historia de la humanidad está plagada de sombras, pero de vez en cuando surge una figura cuya luz es tan intensa que no solo disipa la oscuridad propia, sino que obliga a toda una sociedad a mirarse en el espejo y cuestionar sus cimientos. Esa figura es Gisèle Pelicot. Lo que comenzó como una crónica policial de tintes macabros en el sur de Francia, se ha transformado, gracias a la entereza de una mujer, en un manifiesto global sobre la dignidad, la resistencia y la urgencia de redefinir el consentimiento. En su libro Un himno a la vida. Mi historia, Gisèle no solo narra el horror: nos ofrece las llaves de su liberación.

Gisèle Pelicot ya no es «la mujer de Mazan», es el símbolo de una nueva era. Su libro es un regalo para todas aquellas que buscan palabras para sus propios silencios y un mapa para quienes creen que después del trauma no hay camino

Para entender la magnitud del libro, es necesario recordar el origen de esta tragedia. Durante casi una década, entre 2011 y 2020, en la aparente tranquilidad de Mazan, Dominique Pelicot orquestó un sistema de violencia sistemática contra quien fuera su esposa por 50 años. Bajo el velo de una cotidianidad doméstica —cenas, paseos, nietos—, Dominique drogaba a Gisèle con ansiolíticos para que decenas de desconocidos, reclutados en foros de internet, abusaran de ella mientras permanecía inconsciente.

El caso salió a la luz por puro azar: Dominique fue sorprendido filmando bajo las faldas de mujeres en un supermercado. Al revisar sus dispositivos (teléfono, computadora), la policía no solo encontró un voyerista, sino un archivo meticuloso de infamia: miles de fotografías y videos que documentaban los abusos contra Gisèle. La revelación no solo fue un golpe emocional, fue la aniquilación de una realidad construida sobre la confianza. Sin embargo, en ese punto de quiebre donde muchos se habrían hundido en el silencio del estigma, Gisèle Pelicot tomó una decisión que cambiaría la historia judicial francesa.

Cuando el caso llegó a los tribunales en Aviñón, Gisèle renunció a su derecho al anonimato, una protección legal común para las víctimas de delitos sexuales. «Que la vergüenza cambie de bando», sentenció. Al exigir que las audiencias fueran públicas, Gisèle despojó a sus agresores de la sombra que tanto les favorecía. El banquillo de los acusados no solo albergaba a Dominique, sino a 50 hombres más —padres de familia, electricistas, profesionales, vecinos— que intentaron escudarse tras la excusa de «no saber» o creer que era un «juego de pareja».

El juicio fue una batalla cultural. Mientras la defensa intentaba patologizar el comportamiento o minimizar el daño, Gisèle se mantuvo erguida. Cada día, su entrada al tribunal se convertía en un acto de resistencia pacífica. Su presencia recordaba al mundo que ella no era una «víctima» pasiva, sino una mujer cuya integridad permanecía intacta a pesar de la violación de su cuerpo.

No se puede hablar de la resiliencia de los Pelicot sin mencionar el dolor colateral. Caroline Darien, hija de Gisèle y Dominique, ha articulado su propio proceso de duelo y denuncia en su libro Y dejé de llamarte papá. Si Gisèle es la columna vertebral de esta lucha, Caroline es la voz de una generación traicionada por la figura paterna.

El libro de Caroline es un complemento necesario para entender la devastación total de este caso. Mientras Gisèle reconstruye su identidad como mujer, Caroline debe reconstruir su identidad como hija de un hombre que no solo destruyó a su madre, sino que también la fotografió a ella de manera inapropiada. La obra de Darien es un grito de desgarro y una denuncia contra la «banalidad del mal» que puede esconderse tras la máscara de un abuelo ejemplar. Juntas, madre e hija han levantado un frente común contra el patriarcado más insidioso: el que se sienta a nuestra mesa.

Lo que más impacta de Gisèle Pelicot, tanto en sus apariciones públicas como en su libro, es su dignidad. En una cultura que a menudo espera que las sobrevivientes de violencia sexual se muestren rotas o escondidas, ella se presenta elegante, firme y lúcida. Su fuerza no es la de quien no siente dolor, sino la de quien ha decidido que el dolor no será el último capítulo de su biografía.

Es en este contexto de lucha judicial y familiar donde Un himno a la vida. Mi historia, adquiere su verdadero peso. Este libro no es un ejercicio de morbo ni una enumeración de traumas. Es, como su nombre indica, una celebración de la supervivencia.

Gisèle escribe desde la madurez de quien ha pasado por el fuego y ha salido templada. En sus páginas aborda con una valentía desarmante el proceso de descubrir que su vida había sido una mentira orquestada por el hombre que amaba. Pero lo hace sin amargura paralizante. Su narrativa es un ejercicio de soberanía narrativa: ella recupera el control de su propia historia, que durante años estuvo en manos de un manipulador y luego en las de los peritos judiciales.

El libro es fundamental por tres razones. La primera es la desmitificación del agresor. Gisèle describe a Dominique no como un monstruo de ficción, sino como un hombre mediocre cuya peligrosidad residía en su capacidad para pasar desapercibido; la segunda es la reconstrucción del «yo»: A lo largo de los capítulos, vemos a una mujer que redescubre su cuerpo, su derecho al placer y su lugar en el mundo, separada de la tragedia que intentó definirla; finalmente, la tercera es el legado social: El texto es una apelación directa a las leyes de consentimiento. Francia, y el mundo, necesitan leyes donde «solo sí es sí», y Gisèle utiliza su libro para asegurar que ninguna otra mujer tenga que demostrar su resistencia cuando su cuerpo ha sido anulado por la fuerza o los fármacos.

Caroline Darien, hija de Gisèle y Dominique, ha articulado su propio proceso de duelo y denuncia en su libro Y dejé de llamarte papá. Si Gisèle es la columna vertebral de esta lucha, Caroline es la voz de una generación traicionada por la figura paterna

Lo que más impacta de Gisèle Pelicot, tanto en sus apariciones públicas como en su libro, es su dignidad. En una cultura que a menudo espera que las sobrevivientes de violencia sexual se muestren rotas o escondidas, ella se presenta elegante, firme y lúcida. Su fuerza no es la de quien no siente dolor, sino la de quien ha decidido que el dolor no será el último capítulo de su biografía.

Ella es, en todo el sentido de la palabra, una mujer resistente. Ha transformado un caso de abusos sin precedentes en una plataforma educativa sobre la sumisión química y la masculinidad tóxica. Al leer su historia, uno no siente lástima: siente una profunda admiración. Gisèle nos enseña que la vulnerabilidad no es debilidad y que la verdad, cuando se dice en voz alta, tiene el poder de sacudir las estructuras más rancias de la justicia.

Un himno a la vida es un recordatorio de que, incluso después de la oscuiridad más pesada y violenta, la luz es posible si se tiene la valentía de reclamarla. Gisèle Pelicot ya no es «la mujer de Mazan», es el símbolo de una nueva era. Su libro es un regalo para todas aquellas que buscan palabras para sus propios silencios y un mapa para quienes creen que después del trauma no hay camino.

Gracias, Gisèle. Gracias por tu coraje. Gracias por no bajar la mirada. Gracias por recordarnos que la vida, a pesar de todo, puede y debe ser un himno de libertad.

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).


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