CINISMO / OPINIÓN

Por Tela Flaunders

Hamnet

En esta película el cine dejó de ser una historia ajena para convertirse en espejo, Hamnet (Reino Unido, 2025), me atravesó y no intelectualmente, hizo eco en la profundidad de mis entrañas, me remontó a lo largo de ese par de horas a un pasado celestial en la tierra, para transitar por el infierno y cerrar con la más sublime pausa de liberación, que se anuncia cuando Agnes dirige su mirada hacia el frente del escenario, donde sin duda al dibujar una ligera sonrisa en su rostro, te dejaba entrever que en la siguiente escena aparecería la silueta del recuerdo, el pequeño Hamnet.

Llevando al espectador a este círculo virtuoso donde se reinicia la cinta, Agnes vuelve al interior de la tierra, regresa para ser cobijada por la raíz abierta de un árbol que simula la vulva de una madre en la que ella se resguarda, como cuando estaba en el vientre, en posición fetal, más ahora como adulta (ya de pie) es el espacio del teatro isabelino y de sus expectadores quienes la maternan al hacer suyo el dolor de la pérdida, sin dejar a un lado la importante presencia del hermano quien está para ella como un ángel que la guarda y que se extiende también en sus gemelos.

Llevando al espectador a este círculo virtuoso donde se reinicia la cinta, Agnes vuelve al interior de la tierra, regresa para ser cobijada por la raíz abierta de un árbol que simula la vulva de una madre en la que ella se resguarda, como cuando estaba en el vientre, en posición fetal, más ahora como adulta (ya de pie) es el espacio del teatro isabelino y de sus expectadores quienes la maternan al hacer suyo el dolor de la pérdida, sin dejar a un lado la importante presencia del hermano quien está para ella como un ángel que la guarda y que se extiende también en sus gemelos.

La mirada de los esposos se vuelve a gestar en ese gran encuentro de almas separadas por la idea del abandono y desinterés, cuando solo eran formas distintas de volcarse en un duelo, que por fin podrán vivir juntos, tal cual lo hacían desde el inicio con esa pasión que respetaba el crecimiento profesional, intelectual, espiritual  y emocional de ambos personajes.

Estos gestos casi arquetípicos, no solo nos hablan de la vulnerabilidad del recuerdo de nuestras pérdidas, como lo son el vacío que deja la muerte de una madre o de un hijo; la ausencia de un padre o la presencia de éste como figura castrante y abusiva; la lejanía del esposo o del espacio seguro, también nos habla de la afortunada conexión ancestral con la naturaleza en la que habita Agnes, que se sostiene de la tierra misma que la hace participe de ese mundo puro donde simplemente ella se funde.

Intuitiva y sabia, un tanto incomprendida por la apariencia silvestre e indómita, de ahí la conexión con el halcón, esa ave que despliega el vuelo para posteriormente regresar, ninguno escapa, se quedan, van y vienen a su antojo ambos aprendieron a tomar y a posicionarse en lo que necesitaban para también apartar de si lo que los ponía en riesgo.

Los apancles que el cine despertó en mí

Agnes finalmente ve a los otros llorando, algo se rompe y se reconstruye al mismo tiempo, no estaba sola, el dolor era compartido, aunque no siempre visible

Y es en estos gestos cinematográficos donde la pantalla no se quedó en la pantalla, el cine en mí despertó memoria, me devolvió a mi propia juventud en Morelos, en el cual  mi cuerpo era una extensión de la tierra, donde los espacios naturales no solo eran paisajes, sino cuna de la identidad, donde el rocío del pasto se sentía en mis pequeños pies desnudos y el mirar las estrellas era un evento extraordinario, un bello ritual cotidiano en una geografía que no solo forma el cuerpo, sino también el alma,  donde los animales del campo no eran ajenos, eran parte de la vida. A veces solía aullar en las noches y no necesariamente de luna llena, el río parte de la siembra, los apancles chapoteaderos. En ese entonces yo lo llamaba conexión con la naturaleza, con el universo, hoy sé que era algo más profundo, una forma de diálogo con Dios.

Me recordó el infierno que se vive ahora en ese Estado, que va también desde una experiencia individual hasta convertirse en colectiva, que permite mirarse entre familias en ese grito ahogado de las madres al parir, al dejar partir y al perder un hijo, esa revelación también fue mía, porque hay pérdidas que no son la muerte, pero duelen como si lo fueran. Momentos donde la vida te arranca algo o a alguien y te deja en una intemperie emocional que parece infinita.

El cine, en ese sentido, no solo representa: resignifica, cuando Agnes finalmente ve a los otros llorando, algo se rompe y se reconstruye al mismo tiempo, no estaba sola, el dolor era compartido, aunque no siempre visible y esa es quizá, una de las lecturas más poderosas de la obra: el duelo necesita ser, estar, no necesita ser explicado, corregido o apresurado, basta con ser acompañado.

El cine, en ese sentido, no solo representa: resignifica, cuando Agnes finalmente ve a los otros llorando, algo se rompe y se reconstruye al mismo tiempo, “no estaba sola, el dolor era compartido, aunque no siempre visible y esa es quizá, una de las lecturas más poderosas de la obra: el duelo necesita ser, estar, no necesita ser explicado, corregido o apresurado, basta con ser acompañado.

Hoy acompañamos a las madres buscadoras a la tragedia de los desaparecidos, al dolor que no tiene cuerpo, que no tiene cierre, el dolor que obliga a agruparse para no desaparecer, el dolor en soledad desintegra, pero el dolor compartido aunque no desaparece, se sostiene y te salva si haces tuyas las promesas de la palabra de Dios.

De ese lugar les comparto nace también la escritura del libro Padres Presentes Familias Fuertes, no surge desde la teoría, sino de la vivencia, desde el intento de entender, de reconstruir, de no repetir. No como una apología del pasado, sino como una forma de expiación consciente: reconocer lo vivido para transformarlo, un símil de lo que la escritura de la obra de Hamlet le permite al autor William Shakespeare y tal vez a la directora de la película de Hamnet, Chloé Zhao, transitar la pérdida, la ausencia, la falta, la falla, todo aquello que hay que trabajar para sanar.

Hamnet, no es solo una película sobre el amor, la familia, las costumbres, las bendiciones y las desgracias, es una obra sobre las perdidas, la fortaleza, el perdón y la presencia, también sobre lo que se queda, incluso cuando alguien se va, sobre lo que se hereda sin palabras y sobre todo es un recordatorio de que la raíz puede romperse y el tronco abrirse, también es el lugar desde donde volvemos a nacer, pero cada quien desde su esencia.

Tela Flaunders promotora socio-cultural convecida de que la palabra se vuelve puente entre las personas y las acciones. Autora del libro Padres presentes, familias fuertes.


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