CINISMO / OPINIÓN

Por Roberto Mozart del Río

A finales de 1980, The Police demostró que México no estaba preparado para recibir a grandes bandas, pues un kamikaze atrevido quiso reactivar el sistema reprimido que vivía México, el cual venía de los tiempos de un simio en el poder llamado Gustavo Díaz Ordaz, a finales de los años sesenta de siglo pasado, quien de manera torpe y cruel, encabezando un gobierno conservador Priista (que sigue aplicando, pero con Shakira en el Zócalo), se enfrentó a una ola subversiva de jóvenes que estaban abriéndose al mundo, a través del rock liberador.

La llegada de The Doors en 1969, en la que no pudieron tocar en la Plaza de Toros, pero sí fumarse un porro con el hijo del presidente en Los Pinos, fue cancelada después de que los permisos no se dieran y comenzaran a cerrar puertas sin alegato alguno, sin embargo esto dio como resultado que se tuvieran que conformar con tocar en un pequeño lugar en la colonia del Valle del 27 al 30 de junio, con un boletaje para los “juniors”.

Luego vino Avándaro para confirmar y dar la razón al gobierno: México no estaba preparado para el rock. El Three Soul in my Mind, Tinta Blanca, La Revolución de Emiliano Zapata, Los Dug Dugs, La División del Norte, Bandido y muchas otras bandas buscando la insignia de “Amor y paz” y fumando marihuana como símbolo de libertad, le tiraron mierda -y no bananas- al nuevo gorila que se balanceaba en Los Pinos, Luis Echeverría. La mala organización y el descontrol del número de personas que asistieron ese 11 y 12 de septiembre del 71, fue el reflejo de una clausura a la libre expresión.

¿Culpamos al gobierno por reprimir el arte musical? ¿Le mentamos la madre a los organizadores que solamente les interesaba sus bolsillos? ¿Aplaudimos a los que se atrevieron a creer nuevamente en la música y de manera clandestina abrían los hoyos funkies? ¿Héroes o villanos, ángeles o demonios? Sea lo que sea, México siempre ha sido el puente para muchos artistas latinoamericanos rumbo a la fama.

La llegada de The Doors en 1969, en la que no pudieron tocar en la Plaza de Toros, pero sí fumarse un porro con el hijo del presidente en Los Pinos, fue cancelada después de que los permisos no se dieran y comenzaran a cerrar puertas sin alegato alguno, sin embargo esto dio como resultado que se tuvieran que conformar con tocar en un pequeño lugar en la colonia del Valle del 27 al 30 de junio, con un boletaje para los “juniors”.

En octubre de 1981 cuando llegó Queen a tocar a Puebla, se pensaba que se había aprendido algo del pasado, pues no. Fue caótico, vulgar y hasta desastroso el concierto, pues terminaron lanzando zapatos al escenario y abuchearon a la banda con caguama en mano. Después, a mediados de de esa década, llegó “Rock en tu Idioma”, con grupos españoles y argentinos que provocaron un replanteamiento en varias bandas mexicanas que cantaban en inglés, como Dangerous Rhythm (ahora Ritmo Peligroso), Kenny and the electrics (ahora Kenny y los eléctricos), el Three Soul in my Minds (ahora el TRI) y Mask (la primera banda de José Fors de Cuca, antes llamada Lepra, que cantaban en el idioma de los gringos), por mencionar algunas.

Luego, los foros comenzaron abrirse. En Guadalajara el famoso Roxy albergó bandas internacionales y en la ahora Ciudad de México, surgieron Rockotitlán, L.U.C.C., Rock Stock, El Bar 9 etc., los cuales destrabaron las puertas a la mayoría de las bandas que comenzaban a tocar.

El tiempo ha pasado y ahora el rock es un negocio, uno más que redondo, que nos puede dejar los bolsillos vacíos, pues el costo de los boletos es nada accesible y más si uno tiene opciones para asisitr a 3 o 4 conciertos por mes. Parece que terminamos de aprender cómo traer a las grandes bandas como Metallica, AC/DC, Pink Floyd, etc, al país de forma seria y sin mediocridades.

Pero esto no hubiera sido sin esos kamikazes como el promotor musical Mario Olmos, el mismo que trajo a The Doors a México en 1969, quien en un concierto bien underground, en una obra negra del antiguo Hotel de México (ahora Word Trade Center), la banda inglesa famosa por su «Roxane» y su «De do do do, de da da da», tocaron en el estacionamiento entre varillas y ladrillos, pero también entre mesas con manteles largos, meseros con moños que sirvieron champaña.

Algunos afirman que Stewart Copeland, batería de The Police, recuerda que ese concierto, sucedido el 15 de noviembre de 1980, había gente vestida de etiqueta, meseros con smoking que servían la cena y champaña, pero al momento en que empezaron a tocar, la gente enloqueció, por lo que volaron las sillas, las mesas y hasta el escenario llegaron las corbatas embarradas de salsa tomate y pizza de peperoni.

Bendito el rock que corre por mis venas y también por mi cartera.

Roberto Mozart del Río nació en la tierra del tequila a grito pelado, sin ser patriota (ironías de la vida), un 16 de septiembre del 72. Amante de la novela gráfica, psicólogo por convicción y bartender por vocación. Amante de la música que desató Robert Johnson a todos sus géneros y temeroso de toparme con un reguetonero. Catador de cerveza y de la vida simple.


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