CINISMO / OPINIÓN
Mentiras, crímenes y el arte de mirarse el ombligo
Por Jonatan Frías
Si usted es de los que cree que la literatura debe ser un ejercicio de humildad y distancia, por favor, cierre esta pestaña y vuelva a los clásicos rusos. Hoy vamos a hablar de Emmanuel Carrère, el hombre que convirtió la autoficción en un deporte de contacto y el “true crime” en una sesión de psicoanálisis donde nosotros, los lectores, acabamos pagando la cuenta del terapeuta.

Carrère nació en 1957 en el seno de una familia de la alta burguesía intelectual parisina. Su madre es Hélène Carrère d’Encausse, secretaria perpetua de la Academia Francesa, es decir, Emmanuel creció en el tipo de hogar donde probablemente se discutía sobre la “estructura del sintagma”, mientras le embarraban mantequilla a una baguette. Tenía todo para ser un intelectual insufrible de Rive Gauche, y lo fue, pero con un giro: se dio cuenta de que la realidad es mucho más extraña, sucia y fascinante que cualquier cosa que pudiera inventar en una “buhardilla”.
Empezó escribiendo crítica de cine y novelas de ficción técnica, como El bigote (una joyita de paranoia doméstica), pero pronto entendió que la ficción era una máscara demasiado cómoda. Carrère quería oler la sangre, el sudor y, sobre todo, la verdad incómoda de ser uno mismo.
No se puede hablar de Carrère sin pasar por el cuerpo —o los cuerpos— de Jean-Claude Romand. En 1993, Romand mató a su mujer, a sus hijos y a sus padres porque estaba a punto de descubrirse que su vida como médico de la OMS era una mentira absoluta de dieciocho años. No era médico, no trabajaba en Ginebra; se pasaba los días en estacionamientos y en cafeterías esperando que diera la hora de regresar a su casa.
Carrère leyó esto en el Libération y, en lugar de decir “puta madre, qué horror”, pensó: “Esto me interesa más que mi propia vida, aunque igual voy a terminar escribiendo de mi propia vida”. Siete años le tomó escribir El Adversario. Aquí es donde el “non-fiction” y el “true crime” moderno reciben un madrazo en la cara.
A diferencia de Truman Capote, que en A sangre fría juega a ser un observador omnisciente y casi divino, Carrère se mete en la foto y le pinta cuernos a la novia. Nos cuenta sus dudas, su miedo a empatizar con un monstruo, su incapacidad para entender el vacío. El Adversario no es solo la crónica de un crimen: es el diario de un escritor que se asoma al borde de la locura ajena y se pregunta cuánto de ese vacío tiene él mismo metido en el pecho. Es literatura de no ficción que no pretende ser objetiva, porque la objetividad es para los manuales de instrucciones de las licuadoras y nada más.
Carrère ha creado una escuela de escritores que han entendido que el “yo” es la brújula más precisa. Su influencia en la literatura contemporánea es masiva porque validó el chisme elevado a la categoría de metafísica. Sin él, quizás no tendríamos este auge de crónicas latinoamericanas que mezclan el reportaje con la confesión personal, ni esa sensación de que el autor debe estar tan expuesto como sus personajes.
Carrère ha creado una escuela de escritores que han entendido que el “yo” es la brújula más precisa. Su influencia en la literatura contemporánea es masiva porque validó el chisme elevado a la categoría de metafísica. Sin él, quizás no tendríamos este auge de crónicas latinoamericanas que mezclan el reportaje con la confesión personal, ni esa sensación de que el autor debe estar tan expuesto como sus personajes.
Si el New Journalism de los años 60 —con Truman Capote, Tom Wolfe o Norman Mailer— fue la revolución que permitió meter técnicas de la novela en el reportaje, Carrère es la evolución mutante y un tanto narcisista de esa estirpe. Capote, en A sangre fría, se esforzó por ser una “presencia invisible” (aunque todos supiéramos que estaba ahí manipulando los hilos), y Mailer se ponía en el centro de la acción para inflar su propio mito de macho alfa de la Literatura. Carrère, en cambio, se pone en el centro para humillarse, para dudar de su talento y para diseccionar sus propias bajezas morales.
A diferencia del estilo pirotécnico y lleno de onomatopeyas de Tom Wolfe, la prosa de Carrère es quirúrgica y aparentemente sencilla, pero mucho más peligrosa. El New Journalism quería que la realidad pareciera una película de Hollywood; Carrère quiere que la realidad se parezca a una confesión en un cuarto oscuro. Mientras que los americanos buscaban la “Gran Novela Americana” a través de los hechos, el francés busca la “Gran Mentira de la Identidad”. Para él, el non-fiction no se trata de acumular datos, sino de admitir que el observador siempre contamina el experimento. Es el periodismo de la subjetividad radical: no te cuento lo que pasó, te cuento lo que me pasó a mí mientras intentaba entender qué diablos pasó.
Lo que Carrère hace es “literatura sin red de protección”. Ya sea viajando a una Rusia post-soviética para seguir el rastro de un abuelo colaboracionista en Una novela rusa o diseccionando la vida de un aventurero fascistoide en Limónov, el tipo siempre está ahí, juzgando, riéndose un poco de su propia suerte y recordándonos que, al final del día, todos somos el héroe de nuestra propia película.
Para entender la genialidad de Carrère, hay que ver qué hizo con Eduard Limónov. Limónov era un personaje que ningún novelista cuerdo habría inventado: poeta punk en la URSS, vagabundo en Nueva York, mayordomo de un millonario, mercenario en los Balcanes y líder de un partido nacional-bolchevique que mezclaba a Stalin con el diseño de moda. Cualquiera habría escrito una biografía épica, pero Emmanuel Carrère decidió que lo más interesante de la vida de este fascista romántico era escribir cómo se sentía Emmanuel Carrère al respecto.

Hay una anécdota deliciosa donde Carrère admite que mientras entrevistaba a Limónov, se sentía como un burgués patético y aburrido comparado con ese “bárbaro” lleno de cicatrices. Es cinísmo en estado puro: Carrère utiliza la vida de un tipo que disparaba ametralladoras en Sarajevo para reflexionar sobre su propia incapacidad de ser “un hombre de acción”. Al final, Limónov no es solo el retrato de un loco peligroso: es la confesión de un intelectual parisino que tiene la honestidad de admitir que, en el fondo, todos sentimos una envidia tóxica por los que se atreven a vivir fuera de la ley, aunque sepamos que son una bola de impresentables.
Hay que tener un tipo especial de cinismo —o una honestidad brutal— para escribir Yoga y pasar de hablar de la meditación y el Tai Chi, a describir con lujo de detalle una crisis depresiva que te lleva a un hospital psiquiátrico con electrochoques incluidos. Carrère no nos pide que le tengámos lástima: nos pide que nos sentemos a ver el espectáculo de su autodestrucción.
Su obra está constantemente salpicada de humor negro. Es ese amigo que en un funeral te dice al oído un chiste sobre el muerto: sabes que está mal, que no se pinches hace, pero que es la única forma de no salir corriendo de ahí. Su estilo es ameno porque escribe como quien te cuenta un secreto en un bar pringoso de Tijuana después de la tercera cerveza. Es directo, no se anda con florituras literarias innecesarias y tiene la elegancia de los que ya no tienen nada que ocultar, porque ya lo publicaron todo.
¿Por qué seguir leyéndolo? Porque en un mundo lleno de filtros de Instagram y vidas “curadas” por algoritmos, Carrère es el recordatorio de que somos un completo desastre. Es el cronista de nuestras contradicciones. Nos fascina El Adversario porque todos hemos mentido alguna vez para no quedar mal con nuestra esposa o con nuestro jefe, aunque no hayamos llegado al extremo de aniquilar a nuestra estirpe.
Carrère es, en definitiva, el voyeur oficial de la condición humana y mientras él siga dispuesto a desnudarse en público —mental y emocionalmente—, nosotros seguiremos mirando, un poco horrorizados, un poco divertidos y profundamente agradecidos de que sea él quien esté en el psiquiátrico y no nosotros; o al menos de que él tenga el talento para cobrar por hacerlo.
C

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).





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