CINISMO / OPINIÓN
Ese híbrido mutante que algunos llaman “literatura de lo real”
Por Jonatan Frías

Esta columna es un descenso a los infiernos de la realidad, ese lugar tan mal diseñado donde, a diferencia de la ficción, nadie se siente obligado a que las cosas tengan sentido. Para hablar de la literatura de Non-Fiction o ese híbrido mutante que algunos llaman “literatura de lo real”, hay que tener estómago fuerte, porque seamos honestos: nos encanta el horror, siempre y cuando esté encuadernado en una edición chingona y no salpique la alfombra.
Todo este desmadre comenzó con la sospecha de que la imaginación se estaba quedando corta. Rodolfo Walsh, en una Argentina que ya empezaba a oler a pólvora, escribió Operación Masacre (1957). Fue el primero en usar las herramientas de la novela para denunciar que el Estado estaba fusilando gente. Pero Walsh era demasiado ético, demasiado militante. El verdadero “monstruo” que necesitábamos para bautizar el género era Truman Capote.
Cuando Capote leyó en 1959 sobre el asesinato de la familia Clutter en Kansas, olió la sangre y, sobre todo, olió la fama. A sangre fría (1966) no fue solo un libro: fue el acta de nacimiento de la Non-Fiction Novel. Truman se pasó años conviviendo con los asesinos, manipulándolos (y dejándose manipular) para extraerles el “alma” en beneficio del arte. Al final, Perry Smith y Dick Hickock terminaron en la horca y Capote terminó con una obra maestra y un alcoholismo corrosivo. ¿Valió la pena? Para nosotros, sin duda. Para Truman, bueno, el precio de la inmortalidad suele ser la propia cordura.
Aquí nació el “New Journalism”: Tom Wolfe con su traje blanco impecable gritando que el periodismo podía ser más literario que la literatura y Hunter S. Thompson metiéndose hasta el perico para explicar que la objetividad es un mito para gente sin personalidad. La realidad ya no era algo que se reportaba: era algo que se “performatizaba”.
Cruzando el charco, la cosa se puso más introspectiva y, por ende, más perturbadora. Si Capote miraba al asesino, Emmanuel Carrère decidió que el espejo era un lugar más interesante. En El adversario, Carrère intenta entender a Jean-Claude Romand, un hombre que fingió ser médico durante dieciocho años y, cuando estuvo a punto de ser descubierto, mató a toda su familia. Lo que Carrère descubrió es que no hay nada más aterrador que un vacío absoluto ocupando el lugar de un hombre. Su estilo es una cachetada de honestidad brutal: no pretende ser objetivo, pretende ser cómplice.
Luego tenemos a Javier Cercas, que con Soldados de Salamina y, sobre todo, con Anatomía de un instante, nos recordó que la historia de un país es un cadáver que nunca termina de descomponerse. Cercas utiliza la “novela sin ficción” para diseccionar el fracaso, ese deporte nacional que compartimos españoles y latinoamericanos.
Pero el horror no siempre es un disparo. A veces es el silencio en la mesa. Delphine de Vigan en Nada se opone a la noche hace una autopsia de su propia madre, un ejercicio de exposición que roza lo impúdico pero que resulta fascinante; o Concita De Gregorio, que en Parece que fuera es primavera nos narra la desaparición de dos niñas a manos de su padre con una frialdad que quema. Aquí la “Non-Fiction” se vincula con el “True Crime” no por el morbo de la sangre, sino por el asombro ante lo inexplicable del mal doméstico.
Lo que realmente importa es la literatura. No el dato duro, no la cifra, no la nota roja. Lo que importa es la capacidad de estos autores para tomar el horror —ese asombro del horror— y darle forma, ritmo, sentido. La ficción nos ofrece consuelo; la non-fiction nos ofrece la verdad y la verdad suele ser un plato bastante amargo y bastante cruel que solo se puede pasar con un trago de ironía y de hiel.
Iván Jablonka vino a decirnos que la historia es una ciencia social, sí, pero que se escribe con el corazón en la mano. En Laëtitia o el fin de los hombres, toma un caso policial —el asesinato de una joven— para hacer una radiografía de la violencia de género y la falla sistémica del Estado. Jablonka no solo narra el horror, lo documenta, lo archiva, lo interroga. Es el detective que llega tarde a la escena pero se queda a limpiar la sangre.
Mientras tanto, en el norte, Karl Ove Knausgård decidió que su vida —sí, esa vida donde cambia pañales y se pelea con su esposa— era digna de seis tomos titulados Mi lucha. Es el narcisismo elevado a categoría épica. Pero funciona. ¿Por qué? Porque en su minuciosidad obsesiva encontramos el terror de nuestra propia insignificancia. Por otro lado, Annie Ernaux, la reina madre de la autoficción francesa, nos enseñó que eso que entendemos como ”Yo”, es político. En El acontecimiento o en La vergüenza, Ernaux escribe con un bisturí, extrayendo los tumores de la memoria de clase y de género sin anestesia.
Llegamos a casa, al cementerio, a México y aquí la non-fiction no es un ejercicio estético, es una necesidad de supervivencia. En un país que es una fosa común a cielo abierto, la literatura tiene que ser, por fuerza, una herramienta de exhumación.
Emiliano Monge, en libros como No contar todo, se sumerge en la genealogía de su propia familia para entender cómo la violencia se hereda como un apellido o una enfermedad degenerativa. Es una exploración del horror privado que inevitablemente se conecta con el horror público. Monge entiende que en México, la realidad siempre tiene un as bajo la manga para humillar a la ficción.
Y por supuesto está Cristina Rivera Garza. Su libro El invencible verano de Liliana es el punto más alto (y doloroso) de esta genealogía. Rivera Garza viaja al pasado para recuperar el expediente del feminicidio de su hermana, ocurrido en 1990. Pero no es solo un libro de denuncia: es un ejercicio de justicia poética. Al usar el archivo, las cartas de Liliana y las voces de quienes la quisieron, Rivera Garza le arrebata la narrativa al asesino y al sistema judicial negligente. Aquí la vinculación con el True Crime se subvierte: ya no importa el “quién lo hizo” (que siempre supimos quién fue), sino el “quién era ella”. Es la literatura devolviéndole la humanidad a una estadística.
Llegados a este punto, cabe preguntarse por qué demonios seguimos leyendo estas cosas. ¿Somos unos sádicos? Seguramente ¿Unos vouyeristas de la desgracia ajena? Probablemente sí, un poco. Pero la verdadera razón es que la literatura de non-fiction es la única que se atreve a mirar a la Medusa a los ojos sin importar si se convierte en piedra.
Lo que realmente importa es la literatura. No el dato duro, no la cifra, no la nota roja. Lo que importa es la capacidad de estos autores para tomar el horror —ese asombro del horror— y darle forma, ritmo, sentido. La ficción nos ofrece consuelo; la non-fiction nos ofrece la verdad y la verdad suele ser un plato bastante amargo y bastante cruel que solo se puede pasar con un trago de ironía y de hiel.
Desde el ego desmedido de Capote hasta la reconstrucción amorosa de Rivera Garza, el género ha evolucionado de la explotación del morbo a la ética de la memoria. Hemos pasado de ver a los criminales como estrellas de rock a ver a las víctimas como el centro de la historia.
En un mundo donde la posverdad nos rodea y los algoritmos nos dicen qué sentir, estos libros son los únicos que nos recuerdan que la realidad duele, que la sangre mancha y que, al final del día, lo único que nos queda para soportar el peso de estar vivos es contar lo que pasó y contarlo bien; porque si vamos a vivir en este infierno, al menos que la crónica del incendio sea una obra de arte.
Al final, la literatura de no ficción es el último refugio del cínico: es reconocer que el mundo está jodido, pero que todavía tenemos las palabras suficientes para explicar exactamente por qué, y si eso no nos salva, al menos nos mantiene entretenidos mientras esperamos el próximo desastre.
C

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).





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