MINIATURAS, PRELUDIOS Y FRAGMENTOS

Lo que el viento no se llevó

Justo cuando don Beto se dio la vuelta para abandonarla (lleno de remordimientos, por supuesto) ella lo tomó por el brazo y le pidió que la abrazara y que la besara. La impresión de aquel ruego, hizo que él dudara, tenía que irse, pero algo se lo impedía y era algo que iba más allá de de la petición que ella le hacía.

Por Ulises José

El señor Humberto, cuidador del hotelito era un hombre que venía del norte: alto, güero, y con un bigote ya canoso, que lo hacía verse más serio de lo que en realidad era. Había llegado a ése lugar porque su cuñado, el hermano de su difunta esposa, le sugirió que se fuera del pueblo para olvidar el dolor de haberla perdido. Él así lo hizo. Aunque en realidad nunca la olvidó… Ahora, después de siete años, ya se había acostumbrado un poco a la vida de la costa y sobre todo, ya se había acostumbrado a su trabajo: no dejar sola la recepción y mantenerla limpia, cuidar que no se llevaran nada de la terraza que daba hacia la playa, mantener al personal de limpieza (que estaba integrado por dos hermanas tan viejas que no se podía decir cual era la mayor) enterado de las labores que había que realizar y por último y posiblemente la más importante de sus responsabilidades, no olvidar que al dueño se le hacían dos llamadas telefónicas a la semana para avisarle como iban las cosas. Era en realidad un trabajo con una rutina tan esquematizada que era reconfortante.

El día en el que comienza éste relato, era como todos los demás: el mar se lanzaba sobre la playa como si quisiera acariciarla hasta el desgaste, las aves marinas gritaban en el cielo y Humberto bebía su café en la recepción. En el radio se escuchaba “Por los caminos del sur”. Fue entonces que entró la huésped del 102 apresurada y nerviosa como siempre “como venadita inquieta”, pensó mientras sonreía ante aquella imagen.

Abrió la puerta con rapidez y de la misma manera comenzó a hablar: una serie de frases y quejas que se atropellaban unas a otras, pero don Beto, si algo había aprendido de la convivencia con su mujer (y sus siete hijas), era a descifrar frases complejas enredadas y veloces, así que para cuando la huésped salió, él, de alguna manera, había entendido que: el agua de la alberca se estaba poniendo verde, las toallas raspaban, que por favor utilizaran suavizante al lavarlas y que cada vez que pedía algo de comer especificando que no le pusieran ni carne, ni lácteos, ni nada de procedencia animal.

Las medidas correspondientes serían tomadas. A él, le gustaba su trabajo, al menos lo respetaba. Con lo único que no podría hacer nada era con lo de la comida, pues el restaurante no pertenecía al mismo dueño, sólo compartían terreno y cada vez que trataba de explicarle eso a aquella mujer, parecía imposible.

A punto de comenzar con el itinerario del día, vio que llegaba un taxi y que desde la ventanilla el chófer le hacía señas para que fuera. Salió de la “oficina” y el calor lo golpeó suavemente. El carro era manejado por uno de los varios choferes que conocía: delgado, moreno y un gran conversador. Le explicó que el pasaje necesitaba ayuda y que además había una tormenta mar adentro que amenazaba con volverse huracán. Don Beto le dio las gracias y se volteó para ayudar al nuevo huésped, que de hecho ya se había bajado y sólo esperaba a que alguien cargara su maleta, ahí, sentado en su silla de ruedas. Nunca vio como se bajó, tampoco se dio cuenta de la silla ni de nada, sólo pudo acordarse de que uno de sus veintidós nietos dependía del mismo medio de transporte y que también era muy hábil para moverse sin hacer mucho ruido.

Ambos avanzaron hasta la recepción donde se dispusieron a llenar las formas de hospedaje. Mientras le preguntaba sus datos a aquel joven, le vio el rostro y lo reconoció como uno de los ganadores de medallas “áureas” en los juegos paraolímpicos, quiso hacer algún comentario pero no pudo más que reír bajo su bigote espeso.

Al terminar el registro llevó al inquilino a su cuarto, el 104 y después de instalarlo comenzó a hacer los preparativos pertinentes para el posible huracán que, por el momento en que se manifestaba, sería llamado “Berta”, ”Bárbara”, “Burt” o “Beatriz”… ¡ah como extrañaba a Beatriz!

Sacó unas tablas de la bodega y las fue colocando cerca de cada ventana que había en el hotel (desde la tormenta anterior había hecho una tabla a la medida para cada ventana, para clavarlas y de esa manera proteger los vidrios), junto a cada tabla que quedaba junto a cada ventana, dejaba también un puñado de calvos. Llevó lámparas, colchas, colchones y víveres a la bodega por si había que utilizarla como refugio (cosa que ya había experimentado con éxito) y una vez terminados los preparativos siguió con todo lo demás.

Para las tres de la tarde ya estaba todo listo, incluido el suavizante de las toallas de la habitación 102. Las hermanas del quehacer ya se habían ido y los huéspedes estaban sentados junto a la alberca, ambos leyendo: él una revista y ella uno de sus libros, seguramente libros muy complejos relacionados a su profesión, algo que a don Beto le sonó a biología aplicada o algo así, en fin, sólo sabía que ella pasaba la mayor parte del día buceando en los bancos de coral o leyendo junto a la alberca, si no estaba en eso, estaba quejándose de algo como el mal servicio del hotel o del mal que el hombre (no el ser humano, el hombre) le hacía al mundo. A él, no lo conocía como para tener algún tipo de opinión, aunque le agradaba tener a un campeón olímpico ahí en el hotel. Considerando que todo estaba bien, prendió el radio y buscó alguna pelea de box, afortunadamente, la encontró, peleaba (en peso welter, amateur semiprofesional) Pedro “el huracán” Gómez (de calzoncillo negro)V.S. Joaquín “tormenta” Álvarez. Como siempre, solo pudo sonreír bajo su bigote espeso ante la coincidencia de aquél nombre.

Al terminar el registro llevó al inquilino a su cuarto, el 104 y después de instalarlo comenzó a hacer los preparativos pertinentes para el posible huracán que, por el momento en que se manifestaba, sería llamado “Berta”, ”Bárbara”, “Burt” o “Beatriz”… ¡ah como extrañaba a Beatriz!

El día acabó sin novedades, la noche parecía tranquila. Después de recoger todo en la terraza que daba a la playa y de checar que todo estuviera en orden, se encaminó hacia su cuarto, pero en el camino fue interceptado por sus dos clientes que platicaban muy tranquilos (raro en ella) en el pasillo y que al verlo lo invitaron a aquella tertulia informal. Con mucha calma, calma que parecía duda, se acercó y se sentó con ellos. Platicaron por horas, rieron, contaron chistes, Don Beto tocó la guitarra y en lo más apasionado de la “reunión”, ella sacó una botella de brandy, ellos no pudieron resistir la invitación, así que bebieron y bebieron y bebieron hasta que el alcohol hizo lo suyo y comenzaron las penas: Él recordó a su esposa, su querida “vieja”. Ella en su maternidad no consumada y en la pequeña envidia que sentía de mujeres que habían sido madres. Y por último, el campeón añoró sus piernas, sobre todo, las noches de pasión que solía gozar con su mujer, a la que había abandonado para evitarle la carga de cuidarlo.

Un relámpago seguido por el tremulante rugir de la cúpula celeste, un apagón, una brisa fría y húmeda, los hicieron quedarse mudos y tensos durante unos segundos. Súbitamente, el señor Humberto se levantó de la silla y les dijo que se fueran a la bodega, que él tenía que clavar las tablas a las ventanas y que allá los alcanzaba. Los huéspedes lo vieron con duda y el les tuvo que gritar que venía el huracán, entonces reaccionaron y sin decir nada se dirigieron a la bodega que era un excelente refugio por ser sólida y no tener ventanas, era algo seguro.

Llegó más rápido de lo que alguien hubiera creído que llegaría. Aún no lograba clavar la primera tabla cuando una ráfaga de aire hizo temblar las ventanas rompiéndolas una a una: Miedo, nervios y ganas de insultar a la naturaleza se apoderaron de aquél hombre que parecía impasible. Volteó hacia todos lados para ver si podía hacer algo y vio que sólo le quedaba correr a la bodega. Mientras corría, escuchaba el sonido del viento, la arena lijándolo todo y sobre todo, al mar enardecido. Como si fuera una enorme bestia desatada y fúrica.

Dentro de la bodega había una relativa calma que sólo se veía afectada por los esporádicos golpes de ramas y objetos lanzados por los “vientos huracanados”. Ahí, el deportista “inválido” y la bióloga “madre frustrada” lo esperaban con algo de angustia. Estaba a punto de decirles que no había de que preocuparse cuando llegó la orilla del huracán a la playa acompañada de los sonidos más aterradores que un ser humano pueda escuchar, los sonidos de cómo sus elementos de “seguridad” se doblan o se desmoronan o peor aún, vuelan por los aires.

La bodega parecía crujir bajo el enviste de los vientos echados a andar por meras diferencias barométricas. La puerta, de metal pesado (aunque pequeña), se sacudía como si fuera de madera. La tensión subió de tono casi al instante. Ella trataba de dar una explicación científica al evento que vivían, hablaba y decía cosas que no significaban nada para ellos. El joven de la silla se balanceaba hacia atrás y adelante sin mencionar palabra alguna y don Beto sólo veía hacia los lugares arquitectónicamente importantes. Los ruidos y los golpes se hicieron más violentos y la mujer se puso más nerviosa, dejó de hablar para comenzar una lista de cosas que nunca había hecho en vida y que ahora menos iba a poder. El campeón sólo rezaba en voz baja y no parecía importarle lo que ocurría a su alrededor, de pronto, cuando los ruidos decían a gritos que la destrucción llegaba y justo cuando la bodega parecía ceder, llegó la paz, el silencio, un silencio absoluto, un silencio que solo tenía de fondo un extraño murmullo que no se escuchaba pero que sí se sentía. Un murmullo ultrabajo. La bióloga, al darse cuenta de esto, gritó victoria y salió corriendo… al ojo del huracán (literalmente).

El señor Humberto, don Beto para casi todos, se quedó inmóvil por unos segundos, no podía creer lo que había pasado y , sobre todo, no podía creer que estuviera dudando si salir o no tras aquella desquiciada. Pero terminó saliendo. Como no sabía a dónde se había ido, comenzó a gritarle que aquello era solo el ojo de la tormenta y que no había acabado, mientras le gritaba, recorría lo que quedaba del hotel, todo estaba destruido, todo menos parte de la palapa que estaba en la terraza que daba a la playa y ahí, parada como una niña, estaba ella, temblando de frío y miedo. Él se le acercó y quiso jalarla del brazo, pero ella no se dejó. A gritos, le explicó que tenían que regresar a la bodega, que el otro lado del huracán no tardaría en llegar. Pero ella no se movió, sólo volteó a verlo con una expresión de serenidad que era muy ajena a su persona y le dijo que no quería irse, que de todos modos iban a morir.

Por más que él le quiso explicar que no había peligro en la bodega ella no se movió de su lugar. Agregó a sus motivos para quedarse, el que no había sido capaz de traer vida al mundo y que por ello merecía morir. Justo cuando don Beto se dio la vuelta para abandonarla (lleno de remordimientos, por supuesto) ella lo tomó por el brazo y le pidió que la abrazara y que la besara. La impresión de aquel ruego, hizo que él dudara, tenía que irse, pero algo se lo impedía y era algo que iba más allá de de la petición que ella le hacía. Antes de decidir cualquier cosa, la estrechó entre sus brazos, pegándola a su pecho, después la beso. El sonido del viento, la arena lijándolo todo y el trémulo del huracán regresaron, ella sólo dijo “¡Humberto!”

Cuando el medallista “áureo” de los juegos paraolímpicos salió del refugio improvisado solo vio cosas tiradas, como si nunca hubieran estado ahí, como si el aire las hubiera traído y esparcido por todo el terreno. Las nubes en el cielo, espesas, dejaban que la luz se colara en pequeños rayos muy visibles. Gente de los alrededores había venido a ver y sólo lo encontraron a él saliendo en su silla de ruedas de la única estructura que seguía en pie.

A la bióloga y a don Humberto jamás los encontraron. Meses después comenzaron los rumores de que habían llegado a otro pueblo llevados por el mar y que habían comenzado una vida nueva, pero nada de eso se confirmó. El hotel fue rebautizado con el nombre “Lo que el viento se llevó” y el campeón fue el último en ver a don Beto. Ni contó la historia, ni la escribió, sólo la dejó para su recuerdo personal…

©

Ulises José nació en Cuernavaca, Morelos, el 3 de diciembre de 1974. Tuvo su primer acercamiento a la escritura en los talleres de María Luisa Puga en Michoacán en 1986. Estudió producción editorial en 1999 con el grupo editorial Versal. Ha participado como diseñador editorial en varias publicaciones en Morelos y como organizador del festival de cómic Marambo. Actualmente trabaja como colaborador externo en Larousse y como diseñador editorial y asistente de edición en Ediciones Omecihuatl