Las dos producciones mexicanas que quedaron como finalistas para competir por los Oscar; el largometraje de ficción Tótem de la directora Lilia Avilés y el corto de animación Humo de Rita Basulto, en el fondo son dos historias muy similares que invitan al público a exclamar: «¡Aaaaay que lindo, aaaaay que tierno!»

Por Fernando Ramírez Ruiz

El chico de Humo, de Rita Basulto.

Las dos producciones mexicanas que quedaron como finalistas para competir por los Oscar; el largometraje de ficción Tótem de la directora Lilia Avilés y el corto de animación Humo de Rita Basulto, en el fondo son dos historias muy similares que invitan al público a exclamar: «¡Aaaaay que lindo, aaaaay que tierno!»

En el caso de Humo, cortometraje animado, se trata de un niño en el contexto de un campo de exterminio en la Alemania nazi. El niño habla como tarado y sólo piensa en su mamita. Hasta le comparte de sus pocas papas que tiene para comer.

Visualmente es muy bonita, muy bien hechecita y endulza al Holocausto no sólo por lo visual sino también por la historia. Dudo muchísimo que en los llamados campos de la muerte los niños pudieran retozar en el pasto con sus mamás.

En realidad casi todo lo que vemos no es más que una típica familia en su vida cotidiana. Y decir que se trata de ver la cotidianidad es quedarse corto. Al igual que el personaje del abuelo que aparece podando un árbol bonsái.

FERNANDO RAMÍREZ RUIZ
A la directora de esta película parecen encantarle las cosas más pequeñas y banales.

En el caso de Tótem a una niña se le está muriendo su papá de alguna enfermedad incurable y al final el papá se muere. Esa es toda la historia.

Nos enteramos que se va a morir desde la primer escena y hasta que vemos que ya se murió en la última estamos como espectadores al estilo “mosca en la pared”, como invitados invisibles en la casa del abuelo, donde vive el papá y donde sus hermanas le preparan una fiesta. Llega toda la familia, los amigos y al final se hace la fiesta para el moribundo.

En realidad casi todo lo que vemos no es más que una típica familia en su vida cotidiana. Y decir que se trata de ver la cotidianidad es quedarse corto. Al igual que el personaje del abuelo que aparece podando un árbol bonsái. A la directora de esta película parecen encantarle las cosas más pequeñas y banales. Las hormigas en la pared, los caracoles en el jardín, que si la niña se tarda mucho cagando, que si la copa menstrual.

Sí, las actuaciones son excelentes, de la niña protagonista para empezar y al igual que en el caso del cortometraje se nota una producción muy cuidada que da una sensación de gran realismo a la familia y a la película.

Uno se queda con la sensación de que sí, esa parece una típica familia mexicana de clase media y le reconozco su dosis de humor e ingenio, pero prefiero las películas que cuentan una gran historia.

A mí denme crimen, pornografía, acción, aventura o misterio, siquiera personajes que no sean comunes y corrientes. Alguna situación que salga de lo ordinario, porque para ver la vida cotidiana de alguna familia preferiría quedarme en mi casa o ir a la de algún familiar.

Las películas de ¡Aaaaay que lindo, aaaaaay que tierno! Me dan mucha ¡Aaaay que güeva!

Fernando Ramírez Ruiz estudió en la prepa de La Salle, de la Ciudad de México, al lado del hijo del presidente Miguel de la Madrid y en la secu Nuevo Continente se enamoró de Lucerito, tiempo después cruzó miradas y le dijo quiúbole a Yordi Rosado en la Universidad Intercontinental, de la que desertó de la carrera en Ciencias de la Comunicación. Ha conocido a Diego Luna, fue Stand in de Sasha Sokol y el Chivo Lubezki en una película. Está escribiendo el libro de memorias: «Quiúbole con mis encuentros con los famosos».


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