COBERTURA CÍNICA DEL FICG

Por José Antonio Monterrosas Figueiras

Sesión de preguntas y respuestas luego de la función de El ladrón de perros, de  Vinko Tomičić Salinas. Foto: José Antonio Monterrosas Figueiras.

Este miércoles de mucho calor en Guadalajara, fue el último día que estuvo montada en el área de mercado del FICG, acá en el Conjunto Santander de Artes Escénicas, el stand de El Taller del Chucho. Así que antes de que lo quitaran, me acerqué al stand donde se encuentran los «pupets» de este taller de animación tapatío, en el que se trabajó parte de la película de Pinocho de Guillermo del Toro, pieza fundamental para que el Festival Internacional de Cine de Guadalajara sea lo que es, me refiero a Del Toro, no al niño de madera de nariz puntiaguda.

Ayer precisamente un niño se acercó a mí y me pidió que si podía definir en una palabra qué es el FICG para mí, no tengo dudas en responder: Guillermo del Toro. En otro momento, le expreso a alguien que el G en las siglas del FICG en realidad no es por Guadalajara, sino de Guillermo del Toro, ya se están tardando en hacer el Festival –o la sección- Internacional de Cine de Guillermo del Toro, pues.

Luego de platicar en el stand de El Taller del Chucho, con una chica llamada Carol, que seguro pronto podría ser la próxima animadora del momento, me voy a la sala tres para ver la película El ladrón de perros, donde actúa uno de los homenajeados en esta edición. Me refiero a Alfredo Castro, aquel que podemos recordar en la recién película de Pablo Larraín llamada El Conde, que es un retrato de un Pinochet vampiro, donde Castro es testigo de todas las crueldades de este monstruo sangriento.

Entrando a la sala, con celular en mano porque me encuentro haciendo un «en vivo» para la revista cínica, lo primero que veo en la oscuridad es el rostro de Alfredo Castro, no puedo evitar girar el celular para grabarlo a él y decir su nombre sorprendido, “¡Alfredo Castro!”, él un poco incómodo me responde: «ya va a empezar la película», intento preguntarle algo pero insiste, ya rabioso, imperativo me responde que vaya a ver la película, entonces mejor continúo mi camino.

Creo que además a Castro no le gusta hablar mucho, pues en la misma sesión de preguntas y respuestas, luego de la película, evita abrir la boca, aunque éstas vayan dirigidas a él. La película donde actúa precisamente es de un hombre solitario y que su vida está destinada a cuidar a su perro que ama, asunto que provoca que un hijo que él no reconoce, vaya a robarle ese perro, para ver si así le puede tomar un poco de atención él. El chico es procreado en una relación entre una mujer indígena y este hombre criollo, en Bolivia, la Paz. La problemática es compleja, pues hay un tema de racismo y clasismo que atraviesa estas sociedades, algo que en México lo sabemos de sobra.

Entrando a la sala, con celular en mano porque me encuentro haciendo un «en vivo» para la revista cínica, lo primero que veo en la oscuridad es el rostro de Alfredo Castro, no puedo evitar girar el celular para grabarlo a él y decir su nombre sorprendido, “¡Alfredo Castro!”, él un poco incómodo me responde: «ya va a empezar la película», intento preguntarle algo pero insiste, ya rabioso, imperativo me responde que vaya a ver la película, entonces mejor continúo mi camino.

José Antonio Monterrosas Figueiras

Este jueves, Alfredo Castillo da una Máster Class con el nombre de: «Actuar es para mí, el deseo vigoroso de pensar otro cuerpo». Así que veremos si lo logran hacer hablar. «Siempre entendí que ese era mi trabajo [la actuación]; personificar roles de importancia, profundidad, de contenido y, sobre todo, diferenciar qué es lo más íntimo y qué es lo público en los roles que yo hago», ha dicho el actor de origen chileno en otro momento. «Me interesa profundamente que sean roles que tengan una relación política con el mundo, siempre lo abordo desde ahí», finaliza.

En ese sentido cómo olvidar su interpretación de un imitador decadente del personaje Tony Manero, a la John Travolta, que está sumergido en la dictadura militar de Pinochet. Bailes patéticos rodeados de una violencia terrible. En Tony Manero, de Pablo Larraín, se deja ver lo virtuoso que es este actor con cara de ave vieja, una especie de Leonard Cohen malhumorado, pero sin dejar de ser brillante en su trabajo actoral siempre.

Aun con todo esto y viendo que no quiere abrir el pico, en la sesión de preguntas y respuestas, luego de El ladrón de perros, decido mejor moverme a ver lo nuevo de Bruce LaBruce, que está por comenzar en la sala colindante, donde también estará al final de su película llena de sexo, cuerpos, mierda y capitalismo, este director canadiense.

Es la quinta vez que LaBruce, a quien le gusta el cine punk queer, está por acá en el festival tapatío, no puedo evitar preguntarle si este filme es un homenaje a su mentor John Waters por el tema de la familia sexual comemierda, si está relacionado con un libro donde reúnen textos del mismo Bruce, llamado Contra la cultura, editado este mismo año al español por Editorial Cántico, y finalmente, cómo va con una película que está filmando acá en Jalisco.

Lamentablemente alcanzo entender la mitad de sus respuestas, porque no hacen traducción de lo que dice Bruce, así que esta historia continuará en otra entrega, cuando logre saber a cabalidad, qué fue lo que me respondió el hombre que dice en su película The Visitor: “¡Qué viva la Revolución Pansexual!”, que no es otra cosa que la atracción sexual, romántica o emocional hacia otras personas independientemente de su sexo o identidad de género​, pero vaya que en su largometraje todos tienen cuerpos de gimnasio, todos son estéticos y hermosos, así sí pues, todos a ser pansexuales.

José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.


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