DANDYS Y CÍNICOS

Fui a Tlaquepaque. Era 1 de julio, ya sabía que Julio venía con el Huracán, que venía heavy. Yo me bebí tres de esos dulces menjurjes verdes, pensando que eran la puerta a la felicidad y el olvido. Al día siguiente, luego de la derrota de la Selección Mexicana frente a Ecuador, sabía que había una cuenta pendiente con el mes de junio, enterrar -sin albur- a un pajarito.

Por José Antonio Monterrosas Figueiras

La taquería «Coma y pague», en Tlaquepaque. Foto José Antonio Monterrosas Figueiras.

Fui a Tlaquepaque. Vi muros repletos de portadas de discos, carteles de cine, Vírgenes y Cristos, mientras comía unos tacos de birria y sudadero en un lugar frente al Museo de Cerámica Pantaleón Panduro, en la calle Prisciliano Sánchez, llamado «Coma y pague», mejor conocido como «Los tres chiflados», así me lo dijo la sobrina de los dueños del lugar. Además de esos muros, vi fachadas de mujeres y hombres enormes como si vinieran del mundo de Gulliver. No faltaron los Pinochos de madera, con o sin bigote, y, claro, los de carne y hueso.

Fui a Tlaquepaque. Llegué al famoso Parián, lugar donde había mariachis, bebidas verdes servidas en copas enormes -les llaman “yerba buenas”- y un desmadre colorido y folklórico en todos sus rincones. Afuera de este tradicional y pintoresco sitio, donde dicen que le gusta venir al cineasta canadiense Bruce LaBruce cuando visita Guadalajara, había una feria que la lluvia ya amenazaba con parar.

La gente, sin embargo, siguió alegre a bordo del barco de un dios rubio Poseidón, que viene y va como un gran péndulo, también arriba de la rueda de la fortuna que parecía sacada de una película gringa clásica y finalmente, los carruseles de la Sirenita, Mickey Mouse y Gokú, para los niños.

Más adelante en algunos locales, había unos penes de peluche colgados, que si tenían buena puntería sus participantes se los llevaban a sus casas. La tormenta acechaba con un cielo muy gris que oprimía la luz del sol. Eso, claro, no impidió que el jolgorio continuara, pues con cubrir con unos plásticos los puestos, fue más que suficiente. Ni los mariachis, ni los niños, ni mucho menos los borrachos callaron, al contrario.

Vi mariachis vestidos de blanco listos para musicalizar el desmadre, maestros eufóricos que celebraban fin de cursos parados frente a una barra, como demostrando su hombría chingona. Vi a una niña que miraba tal vez su futuro, a una Sirenita feliz antes de que cayera la tormenta, vi a hombres que se convirtieron en ridículos monstruos de una película gacha de terror mexicano.

José Antonio Monterrosas Figueiras
La rueda de fortuna en Tlaquepaque. Foto: José Antonio Monterrosas Figueiras.

Fui a Tlaquepaque. Era 1 de julio, ya sabía que Julio venía con el Huracán, que venía heavy. Yo me bebí tres de esos dulces menjurjes verdes, pensando que eran la puerta a la felicidad y el olvido. Vi mariachis vestidos de blanco listos para musicalizar el desmadre, maestros eufóricos que celebraban fin de cursos parados frente a una barra, como demostrando su hombría, su hombría chingona. Vi a una niña que miraba tal vez su futuro, a una Sirenita feliz antes de que cayera la tormenta, vi a hombres que se convirtieron en ridículos monstruos de una película gacha de terror mexicano.

Un día después de estar en Tlaquepaque, volví a casa. Me esperaba un pájaro muerto, presa de mis gatas una de las últimas noches de junio. Me lo trajeron de regalo, así como un día me lo había contado la poeta feminista que vive con tres gatos en Cuernavaca. «Los gatos te traen regalitos a casa», me dijo con su voz ronca pero dulce y sensual.

A ese pájaro lo cuidé y lo alimenté, pero aun así murió como si estuviera dormido. Al día siguiente, luego de la derrota de la Selección Mexicana frente a Ecuador, sabía que había una cuenta pendiente con el mes de junio, enterrar -sin albur- a ese pajarito. Qué tristeza porque yo quería verlo volar libre por el cielo. A la una de la madrugada del 3 de julio, no sé por qué, pero le pedí perdón y lo cubrí de tierra al lado de un árbol del parque que está frente a casa. Lo nombré Tlaquepaque. Y a Tlaquepaque entonces lo llenó un silencio, el silencio de la madrugada del lunes.

Adiós Tlaquepaque adiós.

Un viaje por Tlaquepaque. Fotos: José Antonio Monterrosas Figueiras.

José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.


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