DANDYS Y CÍNICOS

Por José Antonio Monterrosas Figueiras

I.

«Volveré -de hecho he vuelto- al parque para seguir leyendo libros y escribir otras historias donde vuelen petirrojos y cotorras argentinas». Foto José Antonio Monterrosas Figueiras

Ya lo venía ensayando, pero fue la tarde del domingo, 1 de septiembre, que decidí salir a leer al parque con un termo de café, un cilindro de agua fría, un par de tazas y unas galletas habaneras, además de, claro, una bolsa con libros, un lápiz, una pluma, un sacapuntas y mi libreta. Sigo sorprendido con el libro de Irene Vallejo El infinito en un junco (Siruela, 2021) y ahora con María José Navia y su Todo lo que aprendimos de las películas (Páginas de Espuma, 2023).

De este último leía un cuento sobre una casa con columpio, que por cierto, al mencionar la palabra columpio escuchaba el columpio del parque sonar. «El columpio siempre los confunde», dice la escritora chilena, al inicio de su relato Dependencias, que es la historia de una casa embrujada.

En el parque donde el 1 de julio enterré un pájaro muerto, que fue lastimado por mis gatas, dos meses después, vi un pájaro petirrojo vivo descansar sobre un letrero donde hay un dibujo de un perro cagando, también vi a dos cotorras argentinas haciendo escándalo en un árbol alto, varios cachorros se acercaron a mí para saludarme de forma muy amigable, ahora que no llevaba a mis perros.

II.

Del libro de Irene Vallejo leí algo sobre la memoria, los libros y Ray Bradbury. Dice la escritora española que «Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arden los libros y el título que Ray Bradbury eligió para su fantasía futurista. O no tan fururista”.

Irene recuerda que: “La historia sucede durante una época sombría en un país en el que está prohíbo leer. Los bomberos ya no se ocupan de apagar incendios, sino quemar los libros que algunos ciudadanos rebeldes esconden en sus casas. El Gobierno ha decretado que todo el mundo sea feliz. Los libros están repletos de ideas nocivas y, además, la lectura solitaria se presta a la melancolía. La población debe ser protegida de los escritores, que contagian pensamientos malignos”.

Anna Ajmátova.

En ese capítulo Irene agrega que: “Al mismo tiempo que Bradbury imaginaba su fantasía distópica, durante los años de crueldad del estalinismo, once amigos de Anna Ajmátova iban memorizando los poemas de su desgarrador libro Requiem a medida que los escribía, para preservarlos de cualquier desgracia que pudiera ocurrirle a la autora».

Cierra con una idea que se queda dándome vueltas en la cabeza: «La escritura y la memoria no son adversarias. De hecho, a lo largo de la historia, se han salvado la una a la otra: las letras resguardan el pasado; y la memoria, los libros perseguidos».

III.

Luego de mis lecturas en el parque y pensando en la memoria, los pájaros y los libros, rescaté una frase de la novela de Ray Bradbury que cité en un ensayo fílmico sobre la película Blade Runner, de Ridley Scott. Esta dice que: «Los libros saltaron y bailaron como pájaros asados, con sus alas en llamas con plumas rojas y amarillas».

Esta imagen, por cierto, poderosamente cinematográfica, es porque, como ya se dijo párrafos arriba, en el libro de Bradbury los bomberos tenía una nueva labor que era incendiar las bibliotecas personales con la finalidad de borrar la memoria.

Irene recuerda que: “La historia sucede durante una época sombría en un país en el que está prohíbo leer. Los bomberos ya no se ocupan de apagar incendios, sino quemar los libros que algunos ciudadanos rebeldes esconden en sus casas. El Gobierno ha decretado que todo el mundo sea feliz. Los libros están repletos de ideas nocivas y, además, la lectura solitaria se presta a la melancolía. La población debe ser protegida de los escritores, que contagian pensamientos malignos”.

IV.

Y ahora que aparece el tema del cine, pues resulta que el 7 de septiembre, pero de 2013, el sitio de la revista de cine Icónica desapareció y la dirección donde podía leerse el ensayo que me publicaron ahí sobre Blade Runner, Leonardo Da Vinci y… Ray Bradbury, dejó de funcionar. Esto porque tristemente, desde inicios de 2015, la publicación sobre crítica de cine, que también tenía su versión en papel y donde no apareció mi texto, dejó de ser parte de la Cineteca Nacional y ellos eran quienes la auspiciaban. A partir de ahí, Icónica ha tenido que rascarse con sus propias uñas y nada ha vuelto a ser igual.

Entonces la pregunta fue en ese momento de desconcierto, dónde carajos quedó esa memoria y si bien está desperdigada en la red, hay una versión publicada en la revista Replicante y otra por acá en Los Cínicos, esa memoria es volatil y un día puede desaparecer como dice la canción de «Los dinosaurios», de Charly García.

Así que lo que parece trivial, con todo esto, me llevó a repensar las palabras finales del replicante Roy Batty, antes de apagarse en la película Blade Runner: “(Que) todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia».

V.

En el libro Ridley Scott: la transparente visualidad del cine [Conaculta, 2012], escribe el crítico Ignacio Herrera que Ridley Scott “no es un director gourmet, es el realizador del gran espectáculo”. Yo añadiría que el creador de Alien, el octavo pasajero (1979), Blade Runner (1982) y Lluvia negra (1989), entre otras, es en todo caso un artista en paradoja. En sus historias caben y se repelen la realidad y la ficción, la ciencia y el arte, en una permanente distopía. El cine, en sí mismo, es uno de los mejores espacios para demostrarlo, sobre todo en tiempos donde la realidad se ha metido entre las sábanas de la ciencia y la ficción.

El “cine” —explica Herrera—, en chino mandarín se dice “sueños eléctricos; sueños creados con luz, tecnología e imaginación; sueños conjuro de ciencia y ficción; sueños al amparo de una sala oscura”. Esto me remite a las ideas del pintor renacentista Leonardo Da Vinci, un personaje que recurría a la ciencia para entender el arte.

Fritjof Capra, en su libro La ciencia de Leonardo [Anagrama, 2007], escribió que “la imaginación del artista está siempre estrechamente ligada a su comprensión intelectual de la naturaleza”. Es por eso que «Leonardo sintió que debía usar los gestos para representar los estados mentales y las emociones que los provocaban» y «Sostuvo que lo más importante en la pintura de la figura humana era expresar en gestos la pasión de las almas”.

Un párajo de Da Vinci.

Para Herrera, en los filmes de Ridley Scott “el ojo del espectador está en búsqueda incesante de sensaciones y esto lo obtiene el cineasta con sus composiciones. Allí sí, cada película cuenta con varios momentos en los cuales se comporta el cine como una pintura en movimiento a la que se le ha añadido el sonido para lograr un estadio superior. Algo que quizás es arte o tal vez simple cinematografía”.

Leonardo Da Vinci acostumbraba liberar aves. Pagaba el precio que le pedían por ellas en los mercados para sacarlas de sus jaulas y “devolverles la libertad perdida”. Esto me hace recordar a Roy Batty al final de Blade Runner, cuando le dice a Deckard, rescatado por el replicante cuando estaba a punto de caer de un edificio tratando de escapar de él: “Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo”. Después una paloma blanca, que Batty llevaba aprisionada en una de sus manos, vuela libremente hacia el cielo en el momento en que a él le acaece la muerte, programada desde su nacimiento por su inventor.

Da Vinci sostenía, con su “penetrante observación científica […] que, a diferencia de las plantas, los animales son sensibles al dolor porque tienen la capacidad de movimiento, y no deseaba provocarles dolor” [Fritjof Capra]. Me pregunto si al humanoide Batty su capacidad de movimiento también le producía dolor, como pensaba el pintor.

Ironías de la vida, el hermano del cineasta, Tony Scott, se suicidó el 19 de agosto de 2012 arrojándose desde el puente Vincent Thomas en el Puerto de San Pedro del distrito de Los Ángeles.  

VII.

Volveré -de hecho he vuelto- al parque con café, agua fría y galletas habaneras, para seguir leyendo libros y escribir otras historias donde vuelen petirrojos y cotorras argentinas.

José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.


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