CINISMO / FILMOTECA SMILE ON THE DOG
De cuando las cámaras de video se volvieron omnipresentes
Este festival de cine independiente llevaba años existiendo sin público ni trascendencia y perdiendo dinero. ¿A punto de cerrar, cuál fue esa película que puso a Sundance en el mapa, que además ganó la Palma de Oro en Cannes?
Por Fernando Ramírez Ruiz

Este festival de cine llevaba años existiendo sin público ni trascendencia y perdiendo dinero. Inclusive estuvo a punto de cerrar, hasta que llegó esta película que ganó el festival y que fue todo un fenómeno, que hizo que Sundance finalmente despegara y se volviera el festival de cine americano independiente por definición.
¿Y cuál fue esa película que puso al festival de Sundance en el mapa? Se llama Sexo, mentiras y cintas de video y fue dirigida por Steven Soderbergh en 1989 y se puede considerar una película histórica no solo por lo de Sundance y porque en general fue un impulso para el cine independiente, sino por otra cosa: Por estar vinculada a un momento específico del despliegue masivo de la tecnología: Cuando las cámaras de video se volvieron omnipresentes.
Hoy en día el tema, en realidad desde hace ya mucho tiempo, de que la tecnología registra todo, o casi todo lo que hacemos. En los ochenta eso se encontraba en un estado muy incipiente, al menos comparado con lo que sucede ahora en que la tecnología registra todo, o casi todo, lo que hacemos. Y sin embargo en esta película ya estaba el tema del video como testigo de lo que hacemos y se establece una relación entre la confesión religiosa, la terapia sicológica y la tecnología.

Graham (James Spader) atendía gente en la iglesia y Ann (Andie MacDowell) va a una terapia que parece sicoanálisis. La relación entre el rito de la confesión y el sicoanálisis fue algo que estudió el filósofo Michel Foucault que dijo que había, digamos que un parentesco entre ambas prácticas. Ahora Graham se dedica a confesar mujeres enfrente de una cámara de video, pero como si fuera un padrecito alejado del sexo.
Cuando Ann comparece frente a su cámara, cambia los papeles y empieza a cuestionar a Graham, quien confiesa que era un mentiroso y por eso perdió a la mujer que amaba, razón por la que dejó el sexo. Aquí hay un viejo tema hollywoodense: La confesión como solución a los problemas. Cuando se confiesan las cosas se acaba la historia.
Entonces resulta que esta película emblemática del cine independiente acaba en un final de lo más típicamente hollywoodense. Sólo que con un giro, el elemento del video, por el que al final todo se acaba sabiendo. Inclusive John (Peter Gallagher), el marido de Ann, le cuenta a Graham que se había cogido a su novia Elizabeth.
En los ochenta eso se encontraba en un estado muy incipiente, al menos comparado con lo que sucede ahora en que la tecnología registra todo, o casi todo, lo que hacemos. Y sin embargo en esta película ya estaba el tema del video como testigo de lo que hacemos y se establece una relación entre la confesión religiosa, la terapia sicológica y la tecnología.
Fernando Ramírez Ruiz
Y ya que se sabe la verdad de todos, la historia dicta sus sentencias: Graham y Ann, curados de sus problemas sexuales gracias a la confesión, se aman mutuamente. John, que engañaba a Ann con su hermana, aparte de lo de la novia de Graham, pierde a Ann y además parece que va a perder su trabajo. Y luego viene algo que me parece muy injusto, a Cynthia (Laura San Giacomo), no le pasa nada. O sea ella cogía con el cuñado y no sólo no le toca castigo sino que además vemos a Ann que llega a reconciliarse con ella.
¿Porqué al adúltero le toca castigo y a la adúltera no? Cynthia responde esa pregunta cuando le dice a John que él juró serle fiel a Ann y ella no. ¿Entonces hermanos y hermanas deben jurarse en la iglesia que no se van a hacer chingaderas entre ellos/ellas? Creo que más bien lo que sucede es que un rompimiento entre Ann y su hermana sería triste y opacaría el final feliz, así que resulta más fácil echarle la culpa de todo al hombre. Al fin es un hombre ¿para qué están los hombres?
Un punto importante es que el pecado de John y Graham, que no fue infidelidad sino una mentira. Graham lo dice, el pecado que debió expiar con años de abstinencia sexual fue mentir. Y Ann se lo dice a John: Le dolería más la mentira que la infidelidad. Graham también dice que el problema de John es que es un mentiroso. Suena raro pero poner la mentira por arriba de la infidelidad embona perfectamente con el hábito hollywoodense de hacer de la confesión la solución de todo.

Para acabar, algo sobre la moda: Al ver a John con corbata de moño o corbata con «amibas» o los enormes moños en el pelo de Ann, nos damos cuenta que lejos van quedando los ochenta. El colmo es cuando John dice que Graham parece salido de una funeraria del mundo del arte sólo porque usa una camisa negra. Sólo le faltó decirle gótico, pero esa camisa me parece que es para relacionar más a Graham con un sacerdote. Además de que atendía gente en la iglesia, de que no tenía sexo, se dedicaba a confesar gente, no trabajaba y es muy austero por lo que no tiene teléfono y apenas tiene muebles.
Graham está casi toda la película con esa camisa negra. Él casi es porque la historia empieza con Graham que va hacia la ciudad y se mete a un baño en la carretera a cambiarse de camisa. A ponerse la camisa negra, como un sacerdote que se pone los hábitos apresuradamente pues tiene que ir a confesar a unos amigos.
C
Esta reseña crítica forma parte de la selecta curaduría de la Filmoteca Ramírez «A smile on a dog».

Fernando Ramírez Ruiz estudió en la prepa de La Salle, de la Ciudad de México, al lado del hijo del presidente Miguel de la Madrid y en la secu Nuevo Continente se enamoró de Lucerito, tiempo después cruzó miradas y le dijo quiúbole a Yordi Rosado en la Universidad Intercontinental, de la que desertó de la carrera en Ciencias de la Comunicación. Ha conocido a Diego Luna, fue Stand in de Sasha Sokol y el Chivo Lubezki en una película. Está escribiendo el libro de memorias: «Quiúbole con mis encuentros con los famosos» y es director de la Filmoteca A smile on a dog.







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