DANDYS Y CÍNICOS
La Muestra de Cine, el FICM y el Italiannis
Por José Antonio Monterrosas Figueiras

Años de no ir al Italiannis. Esa franquicia de comida italiana donde algunas parejas o familias mexicanas suelen ir a comer los fines de semana. La verdad pensé que ya no existía, pero al escribir el nombre I-t-a-l-i-a-n-n-i-s en la aplicación del Uber decía que sí, pues entonces fui para allá. El conductor de nombre Omar escuchaba un partido de futbol de Pachuca contra Monterrey -él le iba al Pachuca, porque me dijo que nació en esa ciudad-, me contó que estudió para chef en Puerto Vallarta y que lleva ya varios años viviendo en Guadalajara, que siempre ha querido trabajar en algún lugar de comida italiana, pero parece que el destino lo pone en lugares de comida oriental. Antes de bajarme del auto decretamos que a partir de esa conversación, en la que además me recomendó varios restoranes italianianos en Guadalajara, él trabajaría en puras trattorias tapatías como La Moresca, La Pastería o Fornino, donde seguramente, para la próxima ocasión, nos volveríamos a encontrar en alguna de ellas.
Y hablando de comida italiana, en el trayecto le conté que iba al Italiannis porque precisamente ese domingo, 13 de julio, mi madre cumplía nueve años de fallecida, entonces, como ese lugar le gustaba, iba para recordarla, para recordar esa sensación familiar y eso que parecía hacerla feliz a pesar de sus malestares. La última vez que estuve en un Italiannis con ella fue en 2014, fue para celebrar su cumpleaños, no faltó que le cantaran «Las mañanitas» y que feliz apagara la vela de un pequeño pastel. En esta ocasión comí lo mismo que solía comer cuando iba con ella, “Los cabellos de Ángel”, una pasta con champiñones, espinacas, jitomate y piñones tostados en una salsa de vino blanco al limón con pedazos de pollo asado. Un platillo del que sólo queda esa nostalgia, porque creo que ya no sabe igual, no sólo porque mi madre ya no está, sino porque Italiannis, al menos en esta última visita, creo que su calidad en los alimentos y la atención ya no empatan con sus precios.
Como iba solo, me puse a leer un ensayo del crítico de cine, Carlos Bonfil, sobre su experiencia en la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional -que la primera edición de ésta fue en 1971-, el cual está contenido en el libro Paisajes de la Muestra, del 2014, editado por la Cineteca Nacional y coordinado por José Luis Ortega Torres, donde escriben también Rafael Aviña, Jorge Grajales, Jorge Ayala Blanco, Ernesto Diezmartínez, entre otros especialistas en el cine, que a varios de ellos admiro su constancia y profunidad en sus análisis de películas. Ahí Carlos Bonfil recuerda esos primeros momentos en que asistió a la Muestra, un sitio que ocupaba antes los cine clubes para poder ver cine británico, alemán o francés y que ahora todo ha cambiado.
Apunta Bonfil que “a menudo se señalaba que fue de las exhibiciones anuales de la Muestra, toda la oferta cultural del país en materia de cine semejaba un verdadero páramo. Esto es en parte cierto si se revisa la cartelera comercial de aquellos años, pero muy inexacto si se atiende a las propuestas del circuito cultural universitario”. Recuerda que en noviembre de 1971 la Muestra sustituyó definitivamente a la Reseña Anual de Festivales Cinematográficos de Acapulco “un evento para una larga crónica de sociales y la luminosa pasarela tropical para estrellas hollywoodenses y europeas y que tuvo once ediciones consecutivas de 1958 a 1968 y la pretención de aclimatar en México algo del glamour de los festivales europeos. Buena parte de la estudiada mundialidad presente en la Reseña de Acapulco -continúa Bonfil- había de trascender al ámbito capitalino en el recinto palaciego, la enorme sala del céntrico Cine Roble que por varios años habría de ser la sede principal de la nueva Muestra Internacional de Cine”.
También explica el crítico de cine, que en 1974, luego de tres años de la exhibición de la Muestra se creo la Cineteca Nacional y al mismo tiempo los grandes cines comenzaron a desaparecer para ser sutituidos por Multicinemas (hoy Cinépolis), “además de la masificación del video y la obsolescencia de la censura, la Muestra Internacional de Cine no tuvo más que democratizarse, velozmente”. Para 1997 se crea el Tour de Cine Francés y para el nuevo siglo la Semana del Cine Alemán, en el año de 2002, así como la proliferación de los festivales de cine, en específico el Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México (FICCO), donde Bonfil fue colaborardor en sus dos primeras ediciones (2004 y 2005) y la exhibición del cine europeo y oriental en espacios como Cineteca Nacional. Fue así que las Muestras ocuparon otro lugar en la oferta cinematográfica, sobre todo, de la Ciudad de México.
Cuenta que en aquellos años en el que ir a la Muestra era en un sala enorme, la del cine Roble del «Distrito Federal», era esencial -como explica el crítico de cine Francisco Sánchez- «ganar un buen sitio y desde una hora antes de que empezara la función para la cual teníamos boleto, nos agolpábamos en el vestíbulo del cine. Cuando la puerta se abría, entrábamos a la carrera, como estampida de búfalos sin importar qué nos llevábamos por delante”. Bonfil cierra este interesante recorrido diciendo que “de ser un acontecimiento extraordinario y glamouroso, reservado a las élites culturales y a una clase media ansiosa de distinción social, la Muestra tiene hoy (es decir en 2014, cuando por cierto, ya la Cineteca Nacional que se mudó desde 1984 a la sede de Xoco, en Coyoacán, había tenido una remodelación en 2012, con siete salas más, una pantalla al aire libre, una videoteca, un espacio para exposiciones, más cafeterías y tiendas, todo esto en el periodo de Paula Astorga como su directora) una presencia más viva y más diversa en el panorama de la exhibición fílmica en México, y habrá que considerarla como sólo un episodio más en el incesante flujo de estímulos que reciben cinéfilos cada vez más informados”.
La útltima vez que conversé con Bonfil, fue saliendo del Cinépolis Centro de Morelia, en 2023, durante el Festival Internacional de Cine de Morelia, recuerdo que caminamos juntos rumbo a la calle de Madero hacia el hotel donde estaba hospedada la prensa.
José Antonio Monterrosas Figueiras
Mientras leía estas palabras escritas por Carlos Bonfil y comía esos «Cabellos de Ángel», además de beber un copa de vino a la memoria de mi madre, pensé en que de ese 2012 a este 2025 han pasado más de una década y que ahora no sólo no está mi madre, sino tampoco Carlos Bonfil. quien murió el pasado 18 de junio. Bonfil sabía sobre la salud frágil de mi mamá, sabía que la acompañaba al médico y que trataba de estar cerca de ella, a pesar de que yo vivía a una hora de distancia y que mi vida como periodista era estar en muchos eventos en la Ciudad de México, sobre todo de cine. En octubre de 2011, quería entrevistarlo con un tema en específico, el cine documental en México, aunque yo ya había platicado con él sobre el libro que había coordinado acerca del cartel cinematográfico en México, que se presentó en la edición de ese año del Festival Internacional de Cine de Morelia, por un tema similar al mío, de que algún familiar estaba enfermo y tenía que acompañarlo al médico, la conversación acabó por no realizarse.
Creo que a partir de ahí, cuando coincidíamos antes o después en las funciones de prensa, precisamente de la Muestra Internacional de Cine, que eran en las mañanas en la Cineteca Nacional, en proceso de remodelación, solía preguntarme sobre cómo estaba mi mamá. En esas breves conversaciones me llegó a confesar que él hubiera querido haber tenido el tiempo para cuidar a su madre. Cuando me lo dijo, su rostro cambió, algo imaginaba en su mente para luego volver al presente y evitar decir más. «Cuídala», agregada, como queriendo expresar que eso era lo realmente importante en la vida y no todo este mundo del cine lleno de egos desbordados, el cual, pienso, él no pudo hacer a un lado para acompañar a su madre en sus últimos años de vida, pues los compromisos, supongo, de un personaje como Carlos Bonfil, tan solicitado para escribir y hablar de cine, tal vez viajar y claro ver muchos filmes, probablemente provocó que se ausentara de estar cerca de su madre.
Carlos murió de la misma enfermedad que mi madre: de cáncer. Cuenta Rafael Aviña, cronista y crítico de cine, en un texto donde se despide de su amigo, publicado en el sitio del Festival Internacional de Cine de Morelia, que “Carlos consiguió derrotar un cáncer hace más de diez años”, es decir un poco antes de que mi madre muriera. “No obstante -continúa Aviña-, en los últimos meses, aquel intruso indeseado regresó y de a poco empezó a hacer ligeros estragos en su cuerpo, pero nunca en su ánimo y en su voluntad. Siguieron nuestros encuentros en cafeterías antiguas que en breve dejarán también de existir”. En las últimas semanas charlaban por teléfono desde cancerología mientras le hacían alguna quimioterapia y “su humor se mantenía incólume”, cuenta Aviña que tenía de conocer 35 años a Bonfil. Tres semanas antes de su deceso Bonfil lo acompañó a la charla en Cineteca de la película de José Estrada, de 1971, Cayó de la gloria el diablo, ya que él sabía lo importante que era para Aviña presentarla, por lo que comentó que lo observó “delgado, rapado y con cubre bocas”, pero tanto él como su hijo Rai, “lo vieron entero y sonriente”, sin embargo una semana de su muerte, lo visitó en su casa, supo que aunque seguía teniendo confianza, él vio que las cosas no iban bien.

No puedo decir que fuimos amigos Carlos y yo, -creo incluso me sacó de su Facebook, no sé ni por qué, ja ja ja, parece que los críticos de cine son como el material fílmico, muy sensibles y flamables, je je je- los momentos en que conversamos, sin embargo, fueron pocos pero muy cercanos y la gran mayoría más sobre mi madre que acerca de las películas que veíamos, como aquellas de François Ozon, creo que en los tiempos más complicados de mi mamá, cuando el cáncer estaba muy avanzado, Bonfil me recomendó que vieramos a Arnoldo Kraus, el tanatólogo que vio precisamente a su amigo Carlos Monsivais. Lo curioso es que mi mamá ya conocía a Arnoldo, ya lo había ido a visitar alguna vez a su consultorio, quisimos volver a verlo pero ya no dio tiempo. De Kraus fue que resignifiqué el tema de la enfermedad -o de las enfermedades- de mi madre. En alguna entrevista el doctor y escritor dijo sobre su libro Una lectura de la vida. Artículos sobre la enfermedad y sus caminos, editado por Cal y Arena -todavía vivo Monsivais- que «Las enfermedades son libros abiertos cuyas páginas le permiten al individuo y a la sociedad crear lenguajes nuevos. La mirada de quien padece es ilimitada: elabora fantasías, siente distinto, juzga de otra forma. El escrutinio corre del yo interno al yo externo, del yo personal al yo sociedad, del yo sano al yo enfermo. A partir de la enfermedad se genera una música, una pintura o una literatura propias del dolor, del cuerpo y del alma herida. Creaciones que deviene movimiento y preguntas abiertas».
La útltima vez que conversé con Bonfil, fue saliendo del Cinépolis Centro de Morelia, en 2023, durante el Festival Internacional de Cine de Morelia, recuerdo que caminamos juntos rumbo a la calle de Madero hacia el hotel donde estaba hospedada la prensa. Le dije que venía de ver la última película de Julián Hernández La huella de unos labios, una historia narrada durante la pandemia, con locación la Ciudad de México, donde todos son gays, como si fuera tal vez una película postapocalíptica homosexual con nostalgias por el melodrama del Cine de Oro Mexicano. Bonfil me expresó que aunque eran sus amigos -se refería a Julián y a su productor, Roberto Fiesco-creía que su cine ya tenía que cambiar, porque le parecía que seguían haciendo un tanto lo mismo de siempre y es que Bonfil era así, de pocas palabras, sin tanto rebuscamiento, pero si encontrabas el punto se iba largo y tendido. Así fue que seguimos platicando afuera del hotel, de las películas que íbamos viendo de esa edición de FICM, luego nos despedimos, él viajaba al día siguiente de regreso a la Ciudad de México y yo a Guadalajara, la metrópoli donde ahora escribro estas palabras y donde el pasado 8 de julio fui a ver a la vieja sala de cine de la Universidad de Guadalajara, la película de David Lynch, Lost Highway (EUA-Francia, 1997) que formó parte de la emblemática Muestra Internacional de Cine número 77 y que se exhibió como un homenaje a ese cineasta surrealista que falleció en enero de este 2025.
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José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.







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