TÓNICA REPLICANTE

Por Alberto Zúñiga Rodríguez

Jurado y cineasta Alberto Zúñiga en La Sansillvestrale

Tengo más de 30 años de mi vida asistiendo o participando en festivales de cine de formas diversas. A veces como cineasta, otras como prensa, algunas como jurado u organizador y, muchas más, como un simple cinéfilo.

En los últimos 10 años también me he dedicado a investigar seriamente sobre estos festines fílmicos (mi tesis de mi segundo máster trata sobre una metodología para distribuir películas independientes -o no- en estos). Toda esta experiencia atravesada por diferentes alcances y/o tamaños: locales, internacionales, iberoamericanos, muestras, semanas de cine, especializados en algún género o temática, virtuales o presenciales. Vamos pues, que me son familiares, cercanos y forman un tema lo suficientemente serio en mi interés profesional.

¿Por qué comparto esto? Porque acabo de asistir como jurado a uno de cortometrajes que me dejó francamente emocionado por dos razones (que no son menores): la calidad de su programación y su carácter comunitario, con una sorprendente participación del pueblo y sus autoridades que lo organizan.

También fui como cineasta, ya que tuve la oportunidad de exhibir mi último largometraje documental para infancias Emiliana Gat-alana, como una proyección especial de pre-estreno, pues se estrena en salas de cine en España el 29 de agosto y en México el 19 de septiembre y la experiencia fue maravillosa. Gran charla y retroalimentación con los asistentes. Siempre gracias. Nos volveremos a encontrar seguramente en siguientes Sansilvestrales.

Acá una pequeña crónica -y reseña- sobre éste.

La “Sansilvestrale” donde la alfombra roja es para todos

En un rincón de la provincia de Huelva, a escasos kilómetros de la frontera portuguesa, un pequeño municipio ha decidido que el cine no es patrimonio exclusivo de las grandes ciudades ni de las alfombras rojas. Desde 2020, San Silvestre de Guzmán (en la provincia de Huelva) celebra cada verano La Sansilvestrale, un festival de cortometrajes (y microcine en un principio) que ha convertido plazas, calles y espacios públicos en salas de proyección bajo las estrellas veraniegas.

La Sansilvestrale -como un guiño nominal a Berlín- nace como iniciativa municipal en pleno verano con la vocación clara de acercar el cine —especialmente el cortometraje— a una localidad pequeña y a su entorno rural (son apenas 700 habitantes). La primera edición fue anunciada por el Ayuntamiento en julio de 2020 y diseñada como un híbrido entre festival de verano, curso de iniciación al cine y concurso de microcine, con proyecciones, mesas redondas y un modesto premio económico y simbólico (la estatua del Molino, elemento icónico del pueblo; como lo son igualmente los campos eólicos que franquean sus tierras o sus cultivos de naranja y fresa).

Desde sus inicios el festival ha jugado deliberadamente la carta de la cercanía: programación en plazas y espacios públicos, actividades formativas para jóvenes del pueblo y concursos abiertos a creadores de todas las edades y nacionalidades. Esa combinación —cine como espectáculo público + cine como herramienta pedagógica local— ha sido desde el principio su sello de identidad y le ha permitido tejer una audiencia local que no es habitual en certámenes de la misma escala (he transitado por pueblos donde sus habitantes no se enteran que hay un festival de cine; pasa también en grandes ciudades). De hecho, es el propio pueblo el que desfila por su alfombra roja, se hace fotos en ella y vota por los trabajos en competencia. Y son también sus habitantes quienes, con toda normalidad y hospitalidad, charlan con los asistentes y conviven a posteriori de sus proyecciones en algún bar del pueblo o la plaza pública. El evento de inauguración nos ofreció a los asistentes, a todos por igual y sin rollitos de exclusividad o ese tipo de monsergas, bebida y comida (en un ejercicio de economía circular bien ejecutado). Acá no hay que ser “elegido” para asistir a un evento de esta naturaleza. Y mucho menos, traer algún gafete especial. Tampoco, un escuadrón de equipos de hosting.

En lo competitivo, La Sansilvestrale se ha estructurado en torno a secciones cortas y mordaces: competencia de cortometrajes, microcine (obras extremadamente breves, en su origen limitadas a 120 segundos en sus primera ediciones como ya lo mencioné antes) y apartados paralelos para sus laureles: mejor corto, mejor corto onubense, mejor actriz, mejor actor y premio infantil. Con el tiempo los premios han ganado en dotación (inició con 300 euros y en esta edición entregaron 2000 euros al trabajo ganador), en visibilidad —entre ellos el simbólico Molino de Oro— y el festival ha buscado una proyección exterior mayor con convocatorias internacionales y colaboraciones en redes y con la industria regional. Este año recibieron más de 400 trabajos y tan sólo se seleccionaron 12 trabajos que se proyectaron en dos sesiones de noche, el 7 y 8 de agosto respectivamente; dejando el día 9 para el evento de la gala de clausura, entrega de premios y proyección del trabajo galardonado como mejor corto (en esta edición, el durísimo -por su temática- y sorprendente Quejío de Loba, dirigido por Andrea Ganorornina; quien también se alzó con el Molino de oro por mejor guión).

Apenas cinco años después de su fundación, La Sansilvestrale ha mostrado una curva de crecimiento constante, según lo que los propios habitantes me compartieron: mayor afluencia, más presencia en prensa comarcal y provincial, e invitaciones a figuras del panorama andaluz y nacional para mesas y homenajes. La sexta edición, además contó con el homenaje público a un actor onubense (gentilicio o natural de Ónuba, antigua localidad de la Bética, hoy Huelva) con peso local y nacional, Dani Mantero, quien ha tenido papeles en míticas series españolas televisivas como La que se avecina, Cuéntame cómo pasó y una larga trayectoria en cine que incluye títulos recientes como Las chicas de la estación y la estrenada en Málaga este año Vírgenes. Estos homenajes y la entrega del Molino de honor, simbolizan la intención del festival de visibilizar talentos vinculados a la provincia, según el propio alcalde fundador y en funciones, José Alberto Macarro Alfonso, nos lo compartía en la ceremonia inaugural.

Este evento que promueve la cinematografía de corta duración, es un ejemplo palmario de cómo un festival local puede construirse con coherencia y crecer sin traicionar su origen. Dejando de lado las actitudes de exclusión y exclusividad que son el sello o el anhelo de muchos otros.

Alberto Zúñiga Rodríguez

El festival maneja dos tensiones fecundas. Por un lado, su ambición por internacionalizarse y profesionalizar premios y jurados —necesaria para atraer obra de calidad— y que me queda claro que lo están logrando; por otro, la necesidad de no perder la naturaleza comunitaria que lo diferencia de certámenes metropolitanos y otros similares en dimensiones. Hasta ahora La Sansilvestrale ha equilibrado bien esos polos: mantiene actividades que dialogan con el público local (proyecciones al aire libre, cursos, charlas, proyecciones especiales) mientras incorpora secciones competitivas y visibilidad mediática. Esa mezcla le proporciona autenticidad —no es una réplica de un festival grande— y le da razones para sobrevivir en el saturado circuito de festivales de cortometraje, que dicho sea de paso, se ha perdido la cuenta de festivales de cine que existen por el mundo.

En términos programáticos y estéticos, el festival ha mostrado predilección por el cortometraje narrativo y por propuestas que pueden dialogar con audiencias intergeneracionales. En su historia temprana también incluyó ciclos de cine clásico y homenajes (por ejemplo, proyecciones de Cinema Paradiso o retrospectivas musicales) que funcionan como estrategias de anclaje cultural: atraer a públicos más amplios explicando el presente del cine a través de una memoria cinematográfica compartida. De hecho, el antecedente de su fundación ocurrió así, en uno de sus molinos proyectaron cine clásico, luego vino un trabajo hecho por gente de San Silvestre de Guzmán (un corto; que después de verse en el muro del molino, llegó a uno de sus bares) y posteriormente llegó La Sansilvestrale.

Alberto Zúñiga y la Gatalana en La Sansilvestrale. Foto: Cortesía de algún onubense.

Este evento que promueve la cinematografía de corta duración, es un ejemplo palmario de cómo un festival local puede construirse con coherencia y crecer sin traicionar su origen. Dejando de lado las actitudes de exclusión y exclusividad que son el sello o el anhelo de muchos otros. Si mantiene la apuesta por la formación, la participación ciudadana (que es sorprende por su calidad humana, cercanía y hospitalidad) y una programación exigente en el campo del cortometraje, tiene futuro como plataforma de lanzamiento para jóvenes realizadores y como polo cultural de la provincia. Estoy seguro de que su alcance seguirá expandiéndose y no dudo que pronto refuerce alianzas con festivales mayores de Andalucía como por ejemplo, el mítico y longevo Festival Iberoamericano de Huelva en programas de talento andaluz o el joven y el potente Festival Internacional de Málaga; el buen trato, la comida, la programación de sorprendente calado, la implicación de su gente y la convivencia, hacen que uno quiera regresar.

Aquí el pueblo manda y protagoniza sus propios spots

Confieso que suelo desconfiar de los políticos –a priori-. Exceso de malas experiencias respaldan mi desconfianza. Durante mi estancia en el festival, pude charlar con mi tocayo y alcalde del pueblo, José Alberto Macarro, y sobre todo, verlo en acción. Antes de la inauguración sumó esfuerzos a la poda de un árbol y la recolección de basura (por cierto, el pueblo está espectacular y limpio, en todas las calles y no sólo por donde pasa el festival); también afinaba los últimos detalles con su equipo (algunos totalmente voluntarios) para que todo marchara al 100. De primera mano me contó la historia del festival y sobre la oferta cultural que tienen como Ayuntamiento. Me sorprendió -para bien- cómo el pueblo quiere a su alcalde, desde niñ@s pequeñ@s, jóvenes y adultos mayores, me compartieron su beneplácito por su labor. La complicidad de su alcalde con el pueblo y viceversa, explican el espíritu del festival, indudablemente. Insisto, La Sansilvestrale apuesta por esta economía circular.

Por otro lado, antes de acudir al festival, me llamó especialmente la atención una serie de reels promocionales de su Instagram donde los propios habitantes comparten con sus seguidores algunas lecciones de cine (de salto de eje, del efecto Kuleshov, de continuidad, entre otros). Y fueron estas mismas personas, quienes formaron parte activa del acto de clausura presentando nominados, premios, etcétera. Recomiendo no perderse el de dos abuelas que someten a un chico que no sabe las fechas del festival, fabuloso.

Palmarés VI edición

La selección oficial contó con los 12 títulos antes mencionados donde pudimos disfrutar de trabajos distintos en temáticas, pero con bastante calidad como elemento constante. Desde situaciones que nos confrontan a la terrible experiencia que sufre un pequeño por su dislexia y dislalia (Tristes Tigres, de Adán Pichardo), una madre que intenta recuperar a su hija tras una mala racha de decisiones y accidentes fatales con una sorprendente puesta en cámara (Adiós de Álvaro G. Company y Mario Hernández ) hasta algunos que aprovechan el humor negro llevado al límite para denunciar la gentrificación y el costo absurdamente caro de la vivienda (Al fresco de Ignacio Rodó).

Tristes Tigres, de Adán Pichardo, Molino de Oro al Mejor Cortometraje Onubense

Los ganadores de la edición Sansilvestrale 2025 son los siguientes:

Molino de Oro al Mejor Cortometraje: Quejío de Loba, dirigido por Andrea Ganorornina —también galardonado con el Mejor Guion

Molino de Oro al Mejor Cortometraje Onubense: Tristes Tigres, de Adán Pichardo —además recibió el Premio del Público

Mejor Actor: Pepe Viyuela, por Mariana Hormiga

Mejor Actriz: Manuela Vellés, por Adiós

Premio del Jurado Infantil: Joselico, de José Abril y Sergio Máresc

Felicidades nuevamente y larga vida a su festival.

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.


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