TÓNICA REPLICANTE

Por Alberto Zúñiga Rodríguez

¿Qué es lo que nos hace elegir una persona? ¿Por qué nos emparejamos con alguien determinado? ¿Qué motores o resortes nos generan afinidades hacia ese ser? Materialistas (o Amores Materialistas, México), la segunda obra cinematográfica de Celine Song tras el éxito íntimo y melancólico de Vidas pasadas, por la que recibió dos nominaciones al Oscar por mejor guión y mejor película, se perfila con afilada precisión en la dialéctica contemporánea entre el amor y el capitalismo, partiendo de una pregunta que da pie a la secuencia inicial: ¿cómo fue la primera relación romántica de la humanidad? Haciendo alusión al encuentro amoroso de dos humanos de la edad de las cavernas.

Ambientada en el universo cosmopolita y lleno de pretensiones de Nueva York, la cinta sigue a Lucy (Dakota Johnson), una casamentera, que trabaja para una refinada empresa con esa finalidad, quien transita con frialdad calculada, tanto en su vida profesional como emocional y a la que posteriormente descubriremos autodefiniéndose con un trabajo tan convencional, como quien labora para una aseguradora o una funeraria (al final todo tiene que ver con peso, edad, altura, color de piel y dinero, subraya).

La directora aborda un triángulo amoroso —entre Lucy, su atractivo ex galán, el actor John (Chris Evans) y el millonario sofisticado, el “unicornio” financiero Harry (Pedro Pascal)— como una metáfora de las relaciones modernas, donde el afecto se mide en términos de estatus, una cuenta bancaria importante y comodidad. El enfoque es deliberadamente analítico, sutil, pero sin renunciar a una voz crítica: el amor aparece como un acto casi heroico —“hacer una mala decisión financiera juntos”— en una sociedad donde todo, incluso el deseo romántico, es transaccionable o un acto comercial.

En el plano visual, Song y su directora de fotografía Shabier Kirchner (con quien vuelve a hacer tándem) crean una estética cuidadosa y contrastante: entornos aspiracionales -de revista de moda- con luz cálida se yuxtaponen a silencios interiores y sombras que apuntan al artificio del romance contemporáneo. Una puesta en escena con tintes que no renuncian en lo absoluto a lo elegante para reforzar su premisa transaccional, medida, con recursos visuales que otorgan valor simbólico a cada plano y que se mezclan irremediablemente con lo terrenal –la que vivimos millones de simples mortales– en la cotidianidad que apremia y preocupa al actor y también mesero, John (quien comparte su departamento por necesidad y no voluntad propia).

La música, por su parte, de Daniel Pemberton —con temas aportados por bandas como Japanese Breakfast y Baby Rose o temas obligados del género hasta la saciedad como Sweet Caroline de Neil Diamond— brinda una atmósfera melancólica y sofisticada, que se desdobla con energía y gravedad según avanza el guión, extendiendo la carga emocional más allá del texto. Bien ahí, Pemberton.  

Si buscas una comedia romántica que desplace la calidez superficial, por diálogos afilados, siluetas morales grisáceas y una crítica social urgente, esta es para ti, pero si esperas escapismo y la romcom habitual, es probable que la sala te quede grande o decepcione.

Alberto Zúñiga Rodríguez

El reparto funciona como columna vertebral, dotando de humanidad a personajes que, de otras formas, podrían permanecer encapsulados en estereotipos, incluso cuando están diseñados así (el artificio queda en la superficie rápido pero eso no parece preocupar a Song). Dakota Johnson, sobre quien recae el relato y aumenta su calidad histriónica (gran trabajo el que hizo en Am I Ok?, Stephanie Allynne y Tig Notaro 2022), logra romper la distancia emocional de Lucy con matices sutiles y momentos de aparente indiferencia inicial. Las interpretaciones son mayormente contenidas, lo que refuerza la intención de despojar al género romántico de sus recursos emotivos más obvios.  

La recepción de Materialistas probablemente se debatirá entre dos polos; por un lado, la honestidad con la que se aborda la temática y la forma con la que cuestiona la naturaleza consumista del amor, que nos lleva a la pregunta de si ésta es una comedia dramática anticapitalista –o incluso poner en pantalla los riesgos que implican acceder a citas “a ciegas” de gente adinerada–; y por el otro, habrá quien le tilde de previsible y un intento inútil o barato por deconstruir y reproducir el modelo que intenta criticar, especialmente en el último acto… ¿En serio siempre triunfa el amor y no el dinero que lo compra?

Amores Materialistas incomoda, cuestiona y desde la frialdad de la casamentera Lucy arremete a los constructos sociales: ¿qué tipo de amor merezco según mis logros -económicos principalmente- o mis atributos personales? Incluso ella, la protagonista, se sabe con deudas, de una familia poco privilegiada y con “poco que ofrecer” como se lo advierte al financiero Harry que la pretende (un muy irregular Pedro Pascal, francamente).

En 109 minutos, Celine Song construye conscientemente al encuentro amoroso como un artificio más, de un balance contable, como una decisión de negocios y como un suspiro que se debe analizar desde las finanzas.

Con esta película su directora consagra una voz propia en esta industria. Siendo valiente y arriesgada, capaz de hacer del cine romántico un acto más que impulsivo, reflexivo. Por lo que si buscas una comedia romántica que desplace la calidez superficial, por diálogos afilados, siluetas morales grisáceas y una crítica social urgente, ésta es para ti, pero si esperas escapismo y la romcom habitual, es probable que la sala te quede grande o decepcione.

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.


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