JUGUETE RABIOSO

Por Mariano Morales

«Lo perdido en el fuego se encontrará en las cenizas.»
Denzel Washington en Los siete magníficos, 2016, de Antoine Fuqua.

El polvo tendría que ser una cosa más tangible, no solo la sábana de mugre que siempre nos cobija como una piel prestada. Acá siempre tenemos hambre, yo siempre tengo hambre. Yo siempre tengo miedo. Una comida al día, no es negocio este negocio. Además, tengo que esperar a que se les hinche para que vengan por mí y poder ir a comprar algo que tragar. Siempre son pinches tacos, nunca otra cosa. Ahora sí ya se tardaron.

La radio troncal lleva todo el día tronando como si escupiera lenguas que no entiendo, claves que me pasan de largo. Yo no más escucho ruidos, órdenes disfrazadas, nombres que no son nombres. Estoy en medio de la nada cuidando una casa que no tiene nada que cuidar, una cascarita de cemento en la que se esconde el silencio más culero que conozco.

Todo el día nadie me peló, hasta hace rato que me llamaron para prender una chumacera en el solar. Me dijeron que no me preocupara por la comida, que ellos me traerían. Fue una chinga: tuve que acarrear troncos de pirul, ramas secas de mezquite y hasta tablas podridas que encontré entre la basura para armar la fogata. La leña olía a tierra mojada y muerte vieja, pero igual prendió.

Después de unas horas comenzaron a llegar las camionetonas del año, todas hasta la madre de guercos bien armados, con los ojos vidriosos y la risa forzada, de los que ya mataron más de una vez. De entre tanto cabrón escuché una voz conocida, era el pinche Juanito, el mismo que en la secundaria se rajaba los brazos para que las morras le tuvieran lástima:

—¿Qué pasó, mi Amanda Miguel, ya nos armaste la barbacoa?

—A huevooo, papito, en caliente saca los pollos.

—No, mi Amanda, hoy no vamos a asar pollitos tenemos que salir de un pedote.

—Ta’bueno patrón, pero ya me ando muriendo de hambre, me dijeron que me traían de comer.

—Ahhh, cómo chingas, como si nunca hubieras pasado hambre cabrón. Ahí dile a Gustavo que te dé tu encargo, pero primero nos ayudas a bajar todos estos embolsados.

—(Silencio) Está bueno, patrón.

El humo me picaba los ojos mientras veía a las sombras, esas siluetas que conocía de memoria, arrojar los cuerpos uno tras otro. La madera crujía, los huesos chiflaban cuando se quebraban bajo las brasas y el olor a carne quemada se mezclaba con el aire espeso de la sierra.

Los embolsados eran seres que todavía respiraban entre quejidos sofocados, otros ya no: cuerpos rígidos, fríos, que fuimos acomodando alrededor de la gran fogata. La luz del fuego se comía la tarde, pintaba todo de rojo y sombra. Yo, sentado en un tronco que servía de sillón improvisado, devoraba un pedazo de carne dura, seca, con textura de plástico y sabor a cartón quemado, pero suficiente para aplacar el vacío en el estómago.

El humo me picaba los ojos mientras veía a las sombras, esas siluetas que conocía de memoria, arrojar los cuerpos uno tras otro. La madera crujía, los huesos chiflaban cuando se quebraban bajo las brasas y el olor a carne quemada se mezclaba con el aire espeso de la sierra. Después de un rato, el ambiente se volvió más pesado, como si el humo no quisiera irse, como si las almas que ardían se quedaran pegadas a nosotros.

Los bultos humanos se hicieron menos, hasta desaparecer. Igual mis camaradas: la multitud de cabrones se fue adelgazando poco a poco hasta que ya no quedaban más que cinco. Me encontraron adormilado, con los párpados cayéndose por el calor y la confusión, confundiendo lo real con las pesadillas que siempre vuelven.

—Dijo el Toro que nos ayudaras a juntar todo el desmadre.

—Ta’bueno.

—¿Te sobró pa’ un taco?

—Ya lo tiré.

—¿Onde?

Y señalé con la cabeza el centro mismo de las llamas. Ahí estaba la boca del infierno, abierta y hambrienta, tragándose todo lo que alguna vez tuvo nombre. No quedaba más que un mar de brasas y cenizas.

El fuego seguía crepitando, como si hablara en un idioma más viejo que el nuestro, recordándome que lo que perdiste en el fuego, tarde o temprano lo encontrarás en las cenizas.

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.


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