CINISMO / MAREMOTOM
Sobre el documental Mr. Scorsese, dirigido por Rebeca Miller
Por Mónica Maristain

A sus 82 años, Martin Scorsese sigue hablando de cine como si fuera un adolescente encerrado en un cuarto de proyección. Esa mezcla de fervor, duda y necesidad que lo ha acompañado durante seis décadas aparece desnuda en Mr. Scorsese, el documental que Rebeca Miller —directora, guionista, hija del dramaturgo Arthur Miller y esposa del actor Daniel Day-Lewis— le dedica con respeto, curiosidad y una cercanía que pocas cámaras han logrado.
Miller no hace un repaso de la filmografía del maestro. No pretende otra biografía sobre “el genio de Taxi Driver”, ni una cronología de premios o rodajes. Lo que propone es una conversación extendida con un hombre que sigue buscando sentido en cada plano. A través de entrevistas, material de archivo y testimonios de sus cómplices más leales, el documental traza un mapa emocional de Scorsese, el niño asmático de Little Italy que encontró en la pantalla grande su única forma de respirar.
En el corazón del documental está su dualidad eterna: la del pecador y el creyente, la del artista que ha hecho del exceso un método de revelación. Scorsese se muestra vulnerable, lúcido, incluso divertido al recordar sus años de adicción, sus dudas sobre la religión y su convicción de que “el cine es la única manera que tengo de comprender el mundo”.
Los testimonios de sus actores habituales completan el retrato. Leonardo DiCaprio, su alter ego de las últimas dos décadas, resume su lealtad con una frase que se vuelve emblema del documental: “Esto lo haría gratis”. En esa sentencia se adivina la devoción que Scorsese inspira en sus intérpretes, el magnetismo que ejerce incluso cuando los lleva al límite. Robert De Niro, parco y preciso como siempre, añade con voz grave: “Hemos crecido juntos, hemos filmado juntos”. No necesita decir más: la historia del cine ya ha grabado su hermandad en la piel de Travis Bickle, Jake LaMotta o Jimmy Conway.
Miller alterna confesiones actuales con imágenes de archivo que muestran la evolución de un creador que nunca ha dejado de filmar sus obsesiones: la culpa, el poder, la redención. Aparecen fragmentos de Taxi Driver, Toro salvaje, Buenos muchachos, El lobo de Wall Street y Los asesinos de la luna, que funcionan no como vitrinas de gloria, sino como estaciones en un mismo viaje: el de un hombre en busca de sentido.
El documental sugiere algo más: que Scorsese ha sido el gran cronista del alma norteamericana. No por sus mafiosos, sino por la manera en que filma el deseo de control, la violencia y la fe perdida de su país. “Nunca quise glorificar el crimen —dice él en una escena—. Solo quería entender por qué nos atrae tanto”.
En el corazón del documental está su dualidad eterna: la del pecador y el creyente, la del artista que ha hecho del exceso un método de revelación. Scorsese se muestra vulnerable, lúcido, incluso divertido al recordar sus años de adicción, sus dudas sobre la religión y su convicción de que “el cine es la única manera que tengo de comprender el mundo”.
Mónica Maristain
Rebeca Miller, con una cámara sobria y paciente, evita la grandilocuencia. Su documental no es una hagiografía, sino una conversación entre dos artistas que comparten la fascinación por la complejidad humana. Se percibe la herencia de su padre, Arthur Miller, en las preguntas sobre la moral y la culpa; también la sensibilidad de quien vive con un actor como Daniel Day-Lewis, un intérprete que conoce de cerca los abismos emocionales del arte.
En Mr. Scorsese, la directora captura algo que las películas del neoyorquino siempre han sugerido: la tensión entre el impulso creador y la fragilidad del hombre que lo sostiene. Hay humor, cansancio, ironía y ternura. Por momentos, Scorsese se ríe de sí mismo: “Cuando ruedo, soy un maníaco. Pero, ¿qué otra cosa podría ser?”.
El resultado es un retrato íntimo y honesto de un creador que ha hecho del cine su religión y de la cámara, su confesionario. No hay solemnidad en su figura, sino una energía inagotable que asombra. El documental confirma lo que ya sabíamos, pero con una claridad emocional inédita: Martin Scorsese no filma por ambición ni por prestigio, sino por necesidad.
Con Mr. Scorsese, Rebeca Miller nos recuerda que detrás del maestro de la violencia, el ritmo y la furia, hay un hombre frágil, devoto y lleno de dudas. Un hombre que sigue creyendo —contra todo y contra todos— que el cine puede salvarnos, aunque sea por un rato.
Rebeca Miller: la mirada heredada

Hija del dramaturgo Arthur Miller y de la fotógrafa Inge Morath, Rebeca Augusta Miller nació en 1962 en Connecticut, Estados Unidos. Se formó en pintura y escultura en el Yale College, pero muy pronto orientó su carrera hacia el cine. Es autora, guionista y directora de obras que exploran la identidad, la memoria y los vínculos familiares con una sensibilidad muy personal.
Debutó como directora en 1995 con Angela, premiada en Sundance y continuó con títulos como Personal Velocity (2002), The Ballad of Jack and Rose (2005), The Private Lives of Pippa Lee (2009) y Maggie’s Plan (2015). Su estilo combina una mirada íntima con una aguda observación social, rasgos que también marcan su incursión documental con Mr. Scorsese (2025).
Casada desde 1996 con el actor Daniel Day-Lewis, con quien tiene tres hijos, Miller ha declarado que el arte, la familia y la curiosidad son los tres pilares de su vida creativa. “Filmar a Scorsese —ha dicho— fue como conversar con la historia viva del cine”.
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*Nota originalmente publicada en el sitio MaremotoM.

Mónica Maristain. Nació en Argentina. Desde el 2000 reside en México. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras. En Argentina dirigió las revistas Cuerpo & Mente en Deportes y La Contumancia. Aquí dirigió la revista Playboy, para todo Latinoamérica. Fue editora de El Universal y editora de Puntos y Comas, en el sitio Sinembargo.com. Ha publicado muchos libros, entre ellos los de poesía: Drinking Thelonious y Antes. Los dedicados a Roberto Bolaño, entre ellos El hijo de Mister Playa. Su libro más reciente es Los mexicanos ejemplares, del 2023, editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL).







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