CINISMO / MAREMOTOM
Un actor que tiene de modelo a Javier Bardem
Por Mónica Maristain

Álex García es el nuevo actor español que concentra todas las miradas. Al menos la mía, que al descubrirlo con Tiempos de guerra, en una pareja con la talentosa Amaia Salamanca, vi a un actor con muchísimos matices, en un papel difícil de olvidar.
Claro, es guapo, pero más allá de eso, es muy difícil destacar entre en una nube de actores que aparecen en televisión mostrando más que interpretando, dando de sí alguna postal acorde con el personaje, pero sin sentir honestamente la figura que representan.
Lo estoy siguiendo. Vi anoche una película que empezó bien, Sólo una vez, pero que termina en forma confusa, con dos interpretaciones gloriosas, una es de la veterana Ariadna Gil, una actriz que llena el ancho de la pantalla en este caso con el rol de una psicóloga del Estado, que se dedica a tratar a hombres golpeadores y el de Álex García, un escritor que controla a su mujer y que obviamente, no porque le haya pegado “solo una vez”, no deja de ser un abusador con toda su potencia.
Ahora estoy viendo El inmortal, una serie de HBO, que ya va por la segunda temporada y que muestra a García como un traficante que se hace de abajo y comienza a mostrar, en su avaricia y las ganas de pertenecer al VIP de una discoteca, un instinto de asesino sin concesiones. Es interesante ver eso, porque a menudo a los narcos se los llama como los traficantes de cocaína y otras drogas, pero en realidad, los grandes, los que llegan arriba, son homicidas, no les importa la vida de los otros y van a recorrer el camino hasta la cima mostrando precisamente eso: no tienen miedo de matar. Mata por supervivencia cuando su ex jefe lo quiere asesinar por la traición que éste le ha hecho, pero luego mata por venganza a unos traficantes colombianos (con mucha crueldad) que son su competencia. Eso sí, por ahora no mata a mujeres.
Recientemente, Álex García dio una entrevista a En clave de Rhodes, un programa que conduce el famoso pianista James Rhodes, donde han pasado entre otros, Javier Bardem, Leila Guerriero, Javier Cámara y donde la intimidad de un profesional traspasa fronteras y se convierte en una circunstancia interesante para conocer al entrevistado.
James Rhodes lo presenta, acomoda el piano, invita al silencio. El actor se sienta, respira y confiesa que atraviesa un tiempo intrínseco, una etapa de escucharse más que de exponerse. La conversación se abre en torno a la imagen, a lo que se proyecta y a lo que queda resguardado.
El hombre conocido por el público como guapo de gesto serio y músculo disciplinado describe otra textura. Dice que es “blando” en el buen sentido, dulce, de trato suave. Reconoce que esa contradicción le conviene al intérprete: cuanto más crea el espectador en el personaje, menos sabrá del que lo encarna. La industria insiste con la chaqueta de cuero, la camiseta de tirantes, el cigarrillo impostado en la mano. La etiqueta se repite desde los veinte, recicla el mismo “malote” fotogénico, fija una máscara que ya no le basta. Decide no pelear contra el sistema desde la estridencia, decide torcerlo con elecciones. Acepta lo ocurrido, define lo que quiere que ocurra.
La carrera empezó en un canal local de Tenerife, micrófono en mano y se afirmó en la escuela de Cristina Rota. Llegaron Compañeros, Amar en tiempos revueltos, Tierra de lobos. El salto cualitativo fue Antidisturbios. No lo nombra como catapulta sino como regalo. Rodrigo Sorogoyen corrige con los actores al pie de escena, abre el guion, ajusta, escucha, confía. Ese método lo reconciliará con la idea de éxito. Hubo quienes señalaron “este es el personaje de su vida” en cada paso, desde la comedia de Si yo fuera rico hasta el José Antonio de El inmortal. Él celebra que lo sigan descubriendo y mantiene a resguardo un centro que no pertenece a ninguna etiqueta.
Rhodes le pregunta si hay una pregunta que siempre hubiera querido responder. Contesta que no. Prefiere al entrevistador que escucha, que acompasa, que sabe llevar sin empujar. La entrevista se convierte en un diálogo sobre la identidad y la serenidad. El actor que a los diecisiete buscó en Madrid su lugar en el mundo regresa a la isla para recordar que el oficio, sin escucha, se vuelve puro ruido. Decide llamarse Alejandro. Decide decir que no a ciertas prisas. Decide que el mar lo guíe. Decide que su oficio no sea solo una imagen. Decide que el futuro, cuando llegue, lo encuentre en paz.
Mónica Maristain
La relación con las redes terminó cuando advirtió el reflejo nervioso de los “likes”. Confiesa que llegó a cobrar por publicar y que la ansiedad le marcaba el pulso. Elimina las cuentas y sigue trabajando. Observa a los más jóvenes hipnotizados por la luz del teléfono, recuerda que su generación tuvo su propia adicción con los videojuegos. La diferencia, piensa, es la fusión del oficio del actor con la marca personal. Prefiere mirarse en las personas antes que en los algoritmos.
Rhodes propone un tema y el actor vuelve a su isla. La Laguna enseña una ética de la simpleza: abrigo arriba, cholas abajo, mar como terapia. La mejor manera de ordenar el mundo consiste en sumergirse un metro, sentir el golpe de las olas, escuchar el cuerpo entrar en otra frecuencia. La apnea como antídoto y las frecuencias en 432 Hz para dormir, ese pequeño ritual de minisiestas con Sleep, de Max Richter, que apaga el ruido. El futuro se nombra con una oración breve: dormir tranquilo, que la gente que ama no sufra. Si tuviera que elegir otra vida, escogería la de biólogo marino.
La charla entra en el territorio del duelo. La fallecida actriz Verónica Echegui, presencia luminosa en su biografía íntima y artística, aparece como una ola de amor. Habla sin morbo, sin drama exhibicionista. Sostiene que crecer a través del dolor es posible si uno se aferra al amor y lo expande. La música acompaña con Gluck y Prokófiev. El arte, dice, va por debajo de las palabras. La palabra “duende” aparece como un conjuro que Rhodes celebra y él aterriza leyendo a Lorca de memoria, ese Poeta en Nueva York que sirve para nombrar lo innombrable.

Existe otra referencia que lo acompaña desde siempre. Ha dicho que vio muchas veces Mar adentro y que esa experiencia le encendió una brújula estética y ética. Javier Bardem opera como modelo de trabajo, no como tótem inalcanzable. Importa la entrega, importa la búsqueda de verdad en la ficción, importa una carrera que acepta el riesgo sin quedar atrapada en un solo gesto. La cita a Bardem cierra el círculo con lo dicho sobre la imagen: no interesa la foto congelada del guaperas, interesa la capacidad de desnudarse en escena sin que nadie vea al hombre, solo al personaje.
La memoria de los escenarios vuelve una y otra vez. El teatro es el lugar donde cuarenta personas deciden sentir juntas. Hay quien llegó después de una mala llamada, hay quien trae una buena noticia, hay quien firmó un contrato, hay quien discutió. Todo eso ocurre en la misma sala mientras un actor busca el tono exacto. Esa es la vida a la que Alejandro se aferra cuando el ruido lo empuja a la superficie. La canción que elige como talismán es “La vida es un carnaval”, de Celia Cruz. La letra, escuchada con atención, destila una filosofía sencilla: las penas se van cantando.
Rhodes le pregunta si hay una pregunta que siempre hubiera querido responder. Contesta que no. Prefiere al entrevistador que escucha, que acompasa, que sabe llevar sin empujar. La entrevista se convierte en un diálogo sobre la identidad y la serenidad. El actor que a los diecisiete buscó en Madrid su lugar en el mundo regresa a la isla para recordar que el oficio, sin escucha, se vuelve puro ruido. Decide llamarse Alejandro. Decide decir que no a ciertas prisas. Decide que el mar lo guíe. Decide que su oficio no sea solo una imagen. Decide que el futuro, cuando llegue, lo encuentre en paz.
C
*Nota publicada en el sitio MaremotoM.

Mónica Maristain. Nació en Argentina. Desde el 2000 reside en México. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras. En Argentina dirigió las revistas Cuerpo & Mente en Deportes y La Contumancia. Aquí dirigió la revista Playboy, para todo Latinoamérica. Fue editora de El Universal y editora de Puntos y Comas, en el sitio Sinembargo.com. Ha publicado muchos libros, entre ellos los de poesía: Drinking Thelonious y Antes. Los dedicados a Roberto Bolaño, entre ellos El hijo de Mister Playa. Sus libros más recientes son Los mexicanos ejemplares, del 2023, editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), y Leeré hasta mi muerte, de 2025, Jus Libreros y Editores.







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