DANDYS Y CÍNICOS

Por José Antonio Monterrosas Figueiras

Este 20 de enero fue un buen día para comer una dona y hablar de David Lynch, en realidad cualquier día es bueno para eso, lo que pasa es que este 20 enero de 2026, el maestro del cine surreal estadounidense, el hombre del peinado estrafalario, el artista que metió las manos en la publicidad, la foto, el dibujo, la moda, la música, la radio, etcétera, así como por supuesto el cine, de haber seguido vivo, habría cumplido 80 años.

Era sabido que a Lynch le gustaba comer donas, tal como lo vimos en su serie para la televisión a incios de los años noventa, Twin Peaks. Kyle MacLachlan, protagonizando al agente del F.B.I., Dale Cooper, se la pasaba bebiendo café y comiendo donas, mientras investigaba quién había matado a la estudiante Laura Palmer, no sin antes dar un consejo a sus colegas, de que todos los días había que hacerse un regalo a sí mismo, sin planearlo, sin esperarlo, solo hacerlo, eso podía ser precisamente, un café o una dona, o ambos.

La donas y el café en Twinky Peaks de David Lynch

Lynch, quien murió el 16 de enero del año pasado, por las complicaciones de un enfisema pulmonar a consecuencia de sus tantos años de fumar y afectado por los incendios sucedidos en Los Angeles en enero del 2025, fue un director de cine que supo retratar bien el lado oscuro de la vida norteamericana. Eso de, ya lo dijo el crítico de cine, Fernando Ramírez Ruiz, sobre la película Lost Highway, que «sus personajes no están perdidos en el bosque, el mar o el desierto como en los mitos antiguos, sino en la carretera, el lugar de la búsqueda y perdición espiritual en la mitología americana».

El año pasado, por cierto, volví a reencontrarme, en una sala de cine vacía, es decir con no más de diez personas, con esa misma película conocida en México como Por el lado oscuro del camino, que es sobre la vida de una pareja que vive en Los Angeles y que un día empiezan a recibir videos en VHS, donde primero se ve la fachada de la casa, luego su vida íntima y al final la escena de un crimen.

Parecía que alguien nivel dios —dentro de una película manipulada por los caprichos de un cineasta maldito que le gusta comer donas—, los espiaba, aunque tal vez esta historia era la metáfora de los celos o la infidelidad en la pareja o, dirían otros, una reflexión sobre el misterioso deseo femenino. El caso es que esto de los VHS —la manera en que veíamos películas en casa antes de la llegada de las plataformas, por allá en los años ochenta y noventa del siglo pasado—, perturbada el cotidiano de ese músico de Jazz y su pareja, una hermosa mujer de nombre Renee, encarnado por Patricia Arquette.

Patricia Arquette, en Lost Highway

Al volver a ver esta película —donde por cierto hay una canción de David Bowie, I’m Deranged, quien este año cumplió diez años de fallecido—, me hizo pensar que Lost Highway es un largometraje que nos podría también hablar de la angustia insospechada que puede vivir un artista, por los cambios que venían, a la mitad de los años noventa, con el comienzo del uso de Internet en la vida cotidiana, así como los celulares que empezaban a estar entre nosotros, no se diga las computadoras portátiles, tal como sucede ahora con la Inteligencia Artificial, que nos anda removiendo todo. Estos —y seguro varios más— han sido los primeros elementos que han trastocado nuestra forma de relacionarnos con los demás en las primeras décadas del éste y la última del siglo pasado.

David Lynch será entonces una hermosa dona, que en cincuenta años se querrán comer a él y a su obra para poder comprender lo que somos hoy.

Esto que planteo, tal vez no tiene que ver con lo que Lynch llegó a decir sobre la película conocida en España como Carrera perdida, que «se vio alimentada de un modo extraño por el caso de O.J. Simpson (ex futbolista que asesinó a su mujer en 1994)», que además recordó que al principio no fue una influencia de la que él fuera consciente cuando se sentó a escribir. «Las ideas iban y venían, pero, a medida que la historia tomaba forma —subrayó—, se fue definiendo como un retrato de la fuga psicogénica, trastorno que se manifiesta cuando haces algo tan horrible que te hace casi imposible vivir con ello».

Lynch llegó a decir sobre Carrera perdida, que «se vio alimentada de un modo extraño por el caso de O.J. Simpson (ex futbolista que asesinó a su mujer en 1994)»

«Llegados a ese punto —continuó—, la única manera que tiene alguien de sobrellevar lo que ha hecho es ocultarlo en una parte escondida del cerebro. De ese modo pueden explicarse las acciones de O.J. Simpson, quien, habiendo hecho esas cosas, podía seguir sonriendo y jugando al golf”.

Pero dije que esto que plantee no tiene que ver con el caso de O.J. Simpson, que fue entre 1994 y 1995, sin embargo tanto este crimen como su juicio tuvo una relación fundamental con el Internet, ya que marcó el inicio de las coberturas mediáticas de eventos judiciales en la era digital y sentó las bases para el consumo de información de la «cultura web» que vivimos el día de hoy. «Aunque la World Wide Web estaba en su infancia —tal como lo explica el periodista Cris Taylor en How the OJ trial foreshadowed internet culture, en la revista The Mashable 101 —, el juicio es considerado el primer gran evento criminal que se discutió extensamente en línea».

Por otro lado, según lo escrito por el periodista Alberto Moreno, en la nota David Lynch explica de qué va Carretera perdida, para la Revista GQ, en octubre de 2013, sobre el método con el que el cineasta abordó su último largo, Inland Empire (2006) —ese artista que creció en el mundo análogo y luego, ya en la vida adulta, en el digital— consistió en ir escribiendo las ideas que se le venían a la cabeza las noches que duró el rodaje, para dárselas por las mañanas a los actores y capturarlo en digital sin un plan establecido.

Retoma Morales en esta nota, que alguna vez le dijo David Lynch a Carlos Reviriego, en una charla en la Escuela Universitaria de Artes de Madrid (conocida como TAI) lo siguiente, que no parece menor, dicho sea de paso, si lo vemos en estos tiempos de la Inteligencia Artificial y redes sociales. Expresó Lynch:

Yo siempre relaciono el proceso creativo cinematográfico con la pesca. Pescar un pez es una cosa muy difícil y cuando sales a pescar por primera vez no sabes lo que te va a tocar. Todos los días estoy en busca de ideas, y, cuando estas llegan, no son todas emocionantes, pero de vez en cuando encuentras una que es medianamente buena, y ésta puede ser una porción muy pequeña del film entero […] En el caso concreto de Inland Empire no es cierto que no hubiera guión. Aquellos días estaba enamorado de las cámaras digitales, y con ellas era muy fácil pensar algo y después rodar la escena. Así de fácil. Algo venía a la cabeza y yo me decía: ‘Esta es la escena que quiero rodar’, así que la rodaba. Y nada más. Luego, días más tarde, me venía la idea para otra escena, nada que ver con la primera, me emocionaba y la rodaba. Otro poco más tarde, me venía otra idea, me emocionaba y también la rodaba. Llegados a ese punto tenía tres escenas ¡sin nada que ver las unas con las otras en absoluto! Por suerte existe una cosa a la que yo llamo Campo Unificador capaz de unirlas. Un día ocurre que tengo una idea que me gusta y que une las tres anteriores. En ese momento, la cuarta se convierte en algo que da la idea de un guión, y cuando tengo todo relacionado de ese modo, escribo el guión completo y empiezo a rodar las escenas adicionales.

Escribo todo esto, mientras me como una dona y leo que «El perro más enojado del mundo», es decir Donald Trump —como rememorando aquella tira cómica de Lynch que duró nueve años publicándose todos los lunes en el periódico L.A. Weeklye, en la que aparecían siempre cuatro viñetas con un perro que no se movía: en tres era de día y en una, la final, de noche, pero a Lynch le sorprendía que el enfado del perro era el entorno aunque pasaba el tiempo y éste no se movía—, acaba de cumplir este 20 de enero, un año siendo el nuevo bárbaro que habita la Casa Blanca, el emperador matonezco de Norteamérica, el que quiere comprar Groenlandia, cuando ésta no se encuentra ni siquiera a la venta, y ya no se diga el maltrato, la tortura e incluso el asesinato de migrantes, por el hecho de buscar una mejor vida en la tierra de los migrantes, que les delega al terrible Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, conocido por sus siglas en inglés como ICE.

Salvo llevar a prisión al otro nuevo bárbaro, el cruel dictador de Venezuela, Nicolás Maduro, Donald Trump es como un niño en el poder que hace berrinche y que luego somete a los otros a ellos, tales como obligar a María Corina Machado, la líder opositora del Régimen Chavista, a que le entregara la medalla del Premio Nobel, que muy bien podría haber subastado en millones de dólares, si de conveniencias hablamos, como lo recapituló el reportero Pranav Baskar, en el diario estadounidense The New York Times, el pasado 15 de enero. «En 2022, —señaló Baskar— el periodista ruso Dmitri Muratov subastó su Premio Nobel de la Paz por la cifra récord de 103,5 millones de dólares para recaudar fondos para los niños ucranianos refugiados. En 2014, James Watson vendió el suyo por más de 4 millones de dólares, tras haber recibido la medalla décadas antes por codescubrir la estructura del ADN». Cierto, la imagen de María Corina Machado obsequiando su medalla a Trump, ha dado para muchos memes y burlas, sin embargo ella seguirá siendo, por siempre, la Premio Nobel de la Paz de 2025, mientras que míster Donald. alias «Don Vergas», muy probablemente pasará a la historia como un reyezuelo mediocre, que como leo sobre el llavero de peluche de un luchador rudo que tengo colgado en una pared de casa: «Vinimos, desmadramos y nos fuimos».

Pero regresando a David Lynch, con todo lo dicho antes, podemos inferir que muy probablemente en su película Lost Highway, este artista se batía entre la emoción por los juguetes nuevos que ya empezaban a estar ahí a mediados del siglo pasado para poder crear historias; y por el otro, en la nostalgia de lo que prácticamente ya se estaba yendo al bote de la basura, pero como la vida sigue y el tiempo es un verdugo, lo que nos queda decir hasta aquí, es que siempre será un buen día para —como lo dijo este artista que se sumergió en los tiempos que le tocó vivir, que fueron de cambios radicales en la forma de hacer precisamente arte y que además en su vida personal tuvo el hábito de meditar por las mañanas, que lo podemos leer en su libro Atrapa el pez dorado, meditación, conciencia y creatividad—, poner el ojo en la dona y no en el agujero, porque el agujero es profundo y malo, la dona es una cosa hermosa. David Lynch será entonces una hermosa dona, que en cincuenta años se querrán comer a él y a su obra, para poder comprender lo que somos hoy. Donald Trump, por otro lado, será un hoyo más en el tiempo.

Por cierto, esas donas, emblemáticas de la vida estadounidense, que tanto le gustaban a David Lynch, son de origen holandés, y eran llamadas como olykoeks o doughnuts, esto según lo escrito por Washington Irving en 1809 en el libro A History of New York, donde —dice el sitio de noticias Infobae— se puede leer sobre algunas de las costumbres de la sobremesa de la época en que Nueva York todavía era conocida como Nueva Amsterdam, ya que era parte de la colonia de los Nuevos Países Bajos de América del Norte, convirtiéndose así en el mayor asentamiento neerlandés de Norteamérica, que sería rebautizado con su actual nombre, en 1664, cuando los ingleses conquistaron esa ciudad.

A comer otra dona.

José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.


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