CINISMO / DANDYS Y CÍNICOS
De tres en tres…
Por la Redacción Cínica
Todos los días muere alguien que ha marcado nuestro camino. Murió la actriz Ana Luisa Peluffo, a la edad de 96 años, ayer, 4 de marzo; hoy se fueron el escritor y psiquiatra António Lobo Antunes, a la edad de 86; y el arquitecto, diseñador y artista plástico Pedro Friedeberg, a la edad de 90.

Peluffo nació en Quéretaro, el 9 de octubre de 2029. Fue una actriz que participó además en los albores de la televisión en México y en más de 200 películas desde 1948, con la película Tarzan y las sirenas hasta Cartas a Elena, de 2010, al lado de la diabólica Carmen Salinas y el inmortal Xavier López «Chabelo».
Aunque en el cine mexicano ya había sucedido que algunas actrices se desnudaran como en la película La mancha de sangre, de 1937, con Peluffo, la fuerza del deseo triunfó, tal como lo explica el crítico de cine, Rafael Aviña, en una nota publicada en octubre de 2020 en el periódico La Jornada, con el nombre de «La sensualidad se asoma: los desnudos primigenios del cine mexicano«. Cuenta Aviña que:
Más tarde, al término del sexenio alemanista y en franca competencia con la naciente televisión, la censura fílmica aceptó los primeros desnudos en cintas para adultos, pero evitó mostrar el pubis femenino para concentrarse sólo en los pechos de actrices novatas y algunas otras de prestigio, como Columba Domínguez. Así, la primera ocasión en que el cine mexicano abordó el erotismo fuera del ámbito del cabaret y del prostíbulo; es decir, en el escenario del melodrama mundano y con personajes de clase media en ascenso, resultó un atroz experimento. Los hermanos Pedro y Guillermo Calderón decidieron llegar al límite de lo permitido aunque, horrorizados ante su propio “atrevimiento”, desnudaban mujeres para luego sermonearlas, según una serie de curiosos relatos de desnudos “artísticos” y estáticos, como alegoría de un erotismo femenino exánime e insensible.
Así, La fuerza del deseo (1955), de Miguel M. Delgado, que inició el polémico cine de “encueratrices”, escrita por el propio realizador y el prolífico guionista Rafael García Travesí, lanzó al estrellato a la guapa queretana Ana Luisa Peluffo, cuyos bellos senos mostrados a cámara escandalizarían a la sociedad de su momento, justo en el año en que fuera lanzada una campaña moral contra la pornografía en los puestos de revistas. Silvia (Peluffo) vive en la pobreza con su pequeño hijo y afectada por un mal cardiaco. Recuerda cuando era una ambiciosa modelo de una academia de pintura y amante del estudiante Ricardo (Abel Salazar). El afamado y adinerado pintor Arturo (Armando Calvo), artista cojo que vive con su nana en una mansión, se convierte en mecenas de Ricardo, e impresionado por Silvia al verla posar desnuda, termina convirtiéndose en amante de la hermosa y codiciosa mujer, a pesar de que Laura (Rosario Granados), lo ama…
Se trataba de un relato rutinario, cuya única novedad eran las jovencitas que aparecían desnudas posando y la presencia de Peluffo, apenas cubierta con una gasa o una red, e incluso unas nubecillas de algodón que traslucían sus turgentes senos. Sólo en una secuencia aparece totalmente al natural, todo en contraste con Charito Granados, a quien se le ve muy vestida y elegante, en una película que ni las referencias culturales a pintores famosos o las audacias corporales salvaron de la ridiculez.
“Fui una loca, no sabía lo que hacía…” Con diálogos como éste, Ana Luisa Peluffo se trastocaría en la primera desnudista de una cinematografía de capa caída ante la inevitable invasión televisiva, incapaz de mostrar desnudos a “la gran familia mexicana”. El cartel de La fuerza del deseo aseguraba: “Tan valiente como los filmes franceses […] tan real como las películas italianas […] tan picante como la salsa mexicana […]. Hecha con tanta valentía y audacia, como cuidado […] que la censura no pudo tachar ni uno solo de sus múltiples y bellos desnudos artísticos”.
De hecho, éste y otros filmes tenían la consigna de inmovilizar, e incluso de deshacerse de la protagonista desnuda (por lo general, una modelo que posaba como Dios la trajo al mundo), llámese Ana Luisa Peluffo, Kitty de Hoyos, Columba Domínguez, Amanda del Llano o Aída Araceli: esta última, “el desnudo más juvenil del mundo”, según la publicidad de Juventud desenfrenada (1956), de José Díaz Morales. Todo ello en cintas como El seductor (Chano Urueta, 1955), La ilegítima (Chano Urueta, 1955), La virtud desnuda (José Díaz Morales, 1955), Esposas infieles (José Díaz Morales, 1955), La Diana cazadora (Tito Davison, 1956) y Zonga, el ángel diabólico (Juan Orol, 1958), que marcaron esa línea de “desnudos artísticos” cuyos títulos hablan por sí solos.
Ana Luisa Peluffo, quien protagonizó la película Flores de papel, del finado Gabriel Retes, que se presentó en la edición 28 del Festival Internacional de Cine de Berlín, que se realizó precisamente del 22 de febrero al 5 de marzo de 1978, dijo alguna vez en Conversando con Cristina Pacheco, que luego de haber salido desnuda en películas mexicanas, en italia participó en largos pagados por el Opus Dei. «las películas que hice en Europa eran películas católicas» explicó.

Por su parte, el Festival Internacional de Cine de Horror de la Ciudad de México, Macabro, lamentó el fallecimiento de la actriz mexicana, quien «también dejó su huella en los territorios del misterio y lo sobrenatural, como en El hombre que logró ser invisible y en Dos fantasmas y una muchacha. «Su legado permanecerá en la memoria del cine fantástico en México».
«Qué grande fuiste Lobo»: Antonio Ortuño

Este jueves, como se dijo al principio, falleció el escritor portugués António Lobo Antunes, el escritor tapatío, Antonio Ortuño no tardó es escribir que en los noventa, descubrió sus libros: Manual de inquisidores, Fado alejandrino o Auto de los condenados, le impresionaron. «A él lo conocí en la Feria de Guadalajara en 2007. Le dieron el premio FIL en 2008 y volvió de cuando en cuando a la feria», recordó Ortuño. Además de que charlaron mucho, de haberlo entrevistado y presentar varios de sus libros varias veces la última en 2019 y con otro grande, Claudio López Lamadrid, también ya fallecido. Dijo el autor de El amigo muerto y La armada invensible que «en corto era campechano, algo malicioso, muy cortés» y que hace poco releyó uno de sus libros finales, La última puerta antes de la noche, y volvió a impresionarlo. «Qué grande fuiste, Lobo», concluyó.
«Pedro Friedeberg, jamás se le podrá encasillar como un ser cuadrado»: Mariano Morales

Finalmente, en la extraña comunicación que desde hace meses sostengo con un amigo periodista que se encuentra en la Ciudad de México, de notificarnos de muertes de personajes destacados via Whats, tal vez una forma de saber si seguimos vivos Sergio Hidalgo y yo, me enteré de la muerte de Pedro Friedeberg, un ícono del arte surrealista mexicano del Siglo XX, dice la nota que me envía Sergio, luego de apuntar con ese filo que siempre tienen su textos que: «Lobo se llevó al surrealista».
Pedro Friedeberg nació en Florencia, Italia, en 1936 y llegó a México a los tres años, para refugiarlo del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Friedeberg se movió entre el surrealismo, el arte pop, el op-art y el neobarroco. Su obra más célebre a nivel mundial es La Mano-Silla.
El 11 de marzo de 2025, tuve la oportunidad de ver en la galería de Guadalajara Manifesto, un cuadro del artista Pedro Friedeberg, sobre la sana distancia. Ese día se cumplieron cinco años de que se había declarado la pandemia por Covid 19. Pedro Friedeberg siguió creando hasta sus útlimos días.
Para el escritor, también amigo y gran curador de memes que publica diario en su Facebook, Mariano Morales, Pedro Friedeberg fue todo un personaje, «ironías de la vida, que aunque fue un artista que vivió dentro de lo cúbico, jamás se le podrá encasillar como un ser cuadrado. Gran perdida mi José…»
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José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.





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