CINISMO / TÓNICA REPLICANTE
La serie más incómoda sobre la masculinidad tóxica
Por: Alberto Zúñiga Rodríguez
La pregunta se la hizo un gran número de personas cuando Bebé Reno irrumpió, en abril de 2024, el mundo audiovisual. Apenas haciendo algo de ruido y convirtiéndose en uno de los fenómenos en Netflix más inesperados de la década, en cuanto series se refiere, que se forjó a base de oreja a oreja, de boca impresionada a boca chismosa, que ni la propia plataforma de la Ene roja lo vio venir, la intentaron responder. ¿Pero cuál es esa interrongante que la respuesta es tan pero tan interesante como su obra? La pregunta es: ¿De dónde demonios salió el tal Richard Gadd?
Gadd vino de un pueblo pequeño de Escocia, en donde estudió la universidad para contentar a sus padres. Pasó por festivales de comedia y monólogos donde aprendió a reírse antes de aprender a sobrevivir. Al menos, es lo que los datos biográficos indican sobre este hombre que el pasado 11 de mayo cumplió 37 años. Richard Gadd no es un guionista que decidió un día contar historias oscuras, es alguien a quien la oscuridad le llegó primero y tardó años en encontrar el lenguaje para nombrarla. Fue violado por un hombre mayor al inicio de su carrera, acosado durante años por una mujer a la que no podía sacudirse de encima (enorme favor publicitario le hizo incluso a posteriori) y en lugar de hundirse —o quizás precisamente hundiéndose y revolcándose en esa podredumbre— convirtió todo eso en teatro, en comedia, en televisión… En arte.

Lo que lo hace singular no es el trauma en sí, sino la honestidad feroz con la que lo trabaja. Otros habrían construido una carrera aparte, dejando lo personal en un cajón. Él en cambio se decantó por lo contrario: abrió el cajón, lo puso en escena y ganó un Emmy, dos Globos de Oro, 65 millones de espectadores y tres BAFTA por hacerlo. Ahora llega Half man, su nueva apuesta en la plataforma HBO Max. Son 6 episodios, otra mini serie potentísima y hay que decirlo, porque sobre advertencia no hay engaño y para eso estamos en este espacio: es cruda y dura en diferentes momentos, en distintas dimensiones narrativas y con múltiples capas de lectura. Es compleja.
Con su Bebé Reno, Gadd también ganó el Emmy a Mejor Guion para una Serie Limitada o Película y, posteriormente, el de Mejor Actor. Era una historia autobiográfica, visceral y autolesiva, sobre el acoso, el trauma y la culpa. Una obra que solo podía hacerse una vez. Y aquí está el problema y también el mérito de esta novedosa entrega. En Half man, Gadd ha intentado ir más lejos, y el camino no siempre aguanta el peso. La pregunta entonces ya no es de dónde diablos salió, sino hasta dónde puede llegar, que desde ya se le vaticina un mayor crecimiento profesional.
Dos hermanos, ¿muy carnales?
Niall (Jamie Bell) y Rubén (el mismo Richard Gadd) no están unidos por la sangre, pero han pasado la vida ligados como hermanos en contra de su voluntad (al inicio). Cuando Rubén aparece en la boda de Niall, décadas después de que se separaran, y actúa de manera extraña, un “acto de violencia” no especificado hace que la historia retroceda treinta años de sus vidas, desde los años 80 hasta el presente. Sobre esta estructura de saltos en el tiempo se construye su arquitectura narrativa.
Respecto a esta hermandad, no existe ningún vínculo consanguíneo entre ellos; su unión viene dada porque las madres de ambos decidieron emprender una aventura sentimental juntas, a contracorriente, en una época en que aquello era tabú. Sobre esa base, Half man, construye un universo familiar que explora la masculinidad tóxica, la dependencia afectiva y la violencia entre hombres que se quieren sin saber querer, pero en la que subyacen indudablemente otros temas, casi tan importantes como los que toman la batuta en la narración. Por ejemplo, el descuido y el poco cuidado (llevado hasta la negligencia) por parte de estas madres con sus hijos y la convivencia obligada a la que les obligaron.
Esta dinámica materna no es un mero adorno de época o un apunte de inclusión forzada, es la verdadera incubadora del desastre. La serie acierta ciegamente al diseccionar cómo esa orfandad emocional y la negligencia en los cuidados empujaron a Rubén y a Niall a forjar un pacto de supervivencia enfermizo, sin límites claros por parte de sus madres. La masculinidad tóxica y la codependencia que ambos destilan en su etapa adulta no nacen por generación espontánea: son el eco directo de dos niños que, ante la mirada ausente de sus madres y la ausencia total paterna (uno por muerte y el otro voluntariamente por abandono), aprendieron a relacionarse a través de la dominación, la territorialidad, el sometimiento y el daño mutuo como única forma de contacto.
Half man, construye un universo familiar que explora la masculinidad tóxica, la dependencia afectiva y la violencia entre hombres que se quieren sin saber querer, pero en la que subyacen indudablemente otros temas, casi tan importantes como los que toman la batuta en la narración. Por ejemplo, el descuido y el poco cuidado (llevado hasta la negligencia) por parte de estas madres con sus hijos y la convivencia obligada a la que les obligaron.
Aquí lo que funciona y la semilla dramática gira en torno a los vínculos con sus respectivas heridas abiertas de todos los personajes. Gadd redobla la apuesta al concretar una de las historias más brutales, perturbadoras e incómodas de los últimos tiempos sobre la masculinidad tóxica. Y eso, en sí mismo, ya es una ineludible declaración de intenciones. Half man no busca comodidad, ni complicidad fácil del espectador. Gadd vuelve a escarbar en los rincones más tenebrosos del ser humano, en esa sugerente zona de grises donde residen todas las miserias y los altibajos.
La relación entre Rubén y Niall es el verdadero núcleo dramático. La tesina de la serie pasa por bucear en la complejidad de una relación tormentosa para buscar la simultaneidad de la condición de víctima y verdugo. Y en eso, la serie brilla con especial crudeza: ambos personajes son al mismo tiempo victimarios y agraviados, sin que la cámara permita al espectador instalarse en la comodidad moral de señalar a uno solo. La compasión o el odio hacia uno a otro se balancea y viaja como un columpio en un parque con un sol radiante de medio día: quema por todos lados.
El sello de Gadd en Half man

Half man no sería una obra con el sello de Gadd, si no abordara las secuelas del trauma desde sus aristas más autodestructivas. En el ecosistema de la serie, la salud mental no es un diagnóstico clínico ordenado, sino una herida supurante que los protagonistas intentan anestesiar a toda costa. El uso de las drogas y el descenso a los excesos no funcionan aquí como un recurso estético o una glorificación del desenfreno, es más bien un síntoma directo de evasión; un parche inútil para tapar un vacío insondable que ambos comparten.
A este deterioro psicológico se suma una exploración crudísima de la sexualidad. Lejos de ser un espacio de conexión genuina o intimidad, el sexo en Half man se retuerce hasta convertirse en una herramienta de poder, manipulación, traición y castigo. Marcados por la relación a contracorriente de sus madres y el estigma social de la época, el deseo y la identidad de Rubén y Niall se entrelazan trágicamente, demostrando cómo las mentes rotas terminan utilizando el cuerpo —el propio y el ajeno— como su principal campo de batalla.
Jamie Bell, revelación de su generación gracias a Billy Elliot (Stephen Daldry) hace ya más de dos décadas (2000), ofrece aquí una de las actuaciones más contenidas y devastadoras de su carrera. Gadd, ante la cámara, sigue siendo ese intérprete capaz de transmitir una incomodidad casi física y un terror a la altura de cualquiera de los mejores villanos de la historia del cine y la televisión. Impone, da miedo, es feroz y violento. Y Naill se erige lentamente en ello desde otros recursos menos físicos y en muchas ocasiones, cobardes. Una joya ambos actores.
La ambición de Half man es también su principal lastre
La ambición de Half man es también su principal lastre. Su tendencia al exceso termina diluyendo cualquier atisbo de sutileza en un mar de tragedias encadenadas. La total ausencia de sentido del humor, la carga de intensidad dramática y el esforzado desempeño de los actores hacen de Half man una serie extenuante. Especialmente en el capítulo final y la escena de revelaciones en la cárcel.
Si Bebé Reno conseguía equilibrar el horror con momentos de ternura y humor negro, Half man va a degüello desde el primer minuto y no levanta el pie del acelerador en un coche que maneja sin luces por una carretera llena de curvas. Eso tiene valor, sin duda, pero también agota (se comienza a notar en el capítulo 4). Si su desarrollo dramático es más que cuestionable, por reiterativo y por los calculados mecanismos empleados para que todo encaje, la transposición en imágenes de este inacabable conflicto fraternal cae sobre los ojos como una plancha de plomo.
Esta opresión narrativa encuentra su reflejo exacto en el apartado audiovisual. La dirección de fotografía (Carlos Catalán y Frederic Van Zandycke) se encarga de asfixiar a los personajes (y de paso, a nosotros) en momentos puntuales mediante encuadres cerrados y primeros planos casi claustrofóbicos o en esos planos abiertos en cámara lenta, cuando Rubén pierde la cordura y estalla en violencia extrema. La paleta visual de la serie es deliberadamente fría y desaturada. No hay ningún intento de hacer bella la miseria. Las locaciones (patios traseros, bares de mala muerte, casas que huelen a humedad sólo con verlas) son tratadas con una honestidad documental que refuerza la sensación de que estás viendo algo que ya pasó y que no tiene remedio. Una Escocia de barrios bajos y obreros real.
Los saltos temporales entre décadas están resueltos con sobriedad, sin los trucos visuales facilones que otros usarían para distinguir épocas. Aquí la diferencia entre el pasado y el presente se nota en los cuerpos, en las miradas, en cómo los personajes ocupan el espacio. Es aquí donde la estética justifica la pesadez de la trama: la iluminación vibrante del presente que choca contra los flashbacks ochenteros, negándonos sistemáticamente un solo resquicio visual donde tomar aire.
Gadd redobla la apuesta al concretar una de las historias más brutales, perturbadoras e incómodas de los últimos tiempos sobre la masculinidad tóxica. Y eso, en sí mismo, ya es una ineludible declaración de intenciones. Half man no busca comodidad, ni complicidad fácil del espectador. Gadd vuelve a escarbar en los rincones más tenebrosos del ser humano, en esa sugerente zona de grises donde residen todas las miserias y los altibajos.

No hay una banda sonora épica o melancólica que acuda triunfal al rescate del espectador, sino todo lo contrario, se integra naturalmente a lo que se siente en cada escena y se construye sobre dos capas diferenciadas. La primera es la partitura original, compuesta por Evgueni Galperine y Sacha Galperine, el mismo dúo que ya firmó la banda sonora de Bebé Reno (su presencia aquí no es casual; Gadd claramente confía en ellos para traducir estados psicológicos complejos en sonido). Por otro lado y en otra capa, el diseño de sonido aísla los silencios incómodos y los ruidos cotidianos, convirtiendo cada interacción en una olla de presión. Por supuesto, se agradecen los guiños musicales y referencias de la época con tracks que son verdaderos himnos generacionales como los que aparecen de The Cure, Simple Minds, New Order y algunos otros.
Hay también algo de mecánico en la estructura de flashbacks. Como antes se mencionaba, la serie utiliza el salto temporal con habilidad técnica, pero en ocasiones parece más un truco narrativo que una necesidad dramática real. La revelación del ‘acto violento’ que abre la serie se ralentiza con un calculado sentido del thriller que termina por jugarle en contra. Y aquí radica el mayor tropiezo de Half man: cuando por fin llega el clímax, el guion decide apartar la mirada. Después de cinco episodios obligándonos a observar el abismo sin parpadear, descarnando traumas y adicciones sin filtros, Gadd se refugia en una ambigüedad frustrante. Dejar el final abierto a interpretaciones sutiles, cuando el pacto original con el espectador exigía crudeza hasta las últimas consecuencias, se percibe como una traición a la propia naturaleza visceral de la serie y a sus propias reglas. Es una salida fácil que nos roba tanto la catarsis como la condena definitiva que la historia venía pidiendo a gritos. La sutileza forzada cuando antes nada lo fue. Mal ahí.
En cuanto al reparto, en todos sus personajes, es una diana perfecta, especialmente con los 2 chicos que interpretan a Rubén (Stuart Campbell) y Niall (Mitchell Robertson) en la edad adolescente, pero también lo son el resto del equipo, secundarios y demás personajes de apoyo. Una delicia sus actuaciones.
Lo que episodio a episodio se disfruta es la transformación en los arcos dramáticos de estos dos hermanos-no-hermanos. No hay inocentes, ni villanos maniqueos. Hay seres humanos que cometen errores, que son vulnerados, vulnerables, víctimas de sus excesos (o con ganas de culpar a todo mundo menos a sus propias decisiones) y al mismo tiempo férreos victimarios.
Half man se estrena en el mejor y peor momento posible
Las series británicas están viviendo una auténtica edad de oro. Adolescencia (Netflix) descolocó a todo el mundo con cuatro episodios que son una auténtica alhaja de la televisión. Un año antes, como ya se dijo, Bebé Reno desmontó cualquier pronóstico. Half man se estrena, pues, en el mejor y peor momento posible: el listón está altísimo, y el público ya sabe lo que Gadd es capaz de hacer.
Pocos meses después de conseguir el éxito a la primera, Gadd firmó con HBO para desarrollar su próximo guión. Un guión que, según él mismo, llevaba en un cajón desde 2019. Eso explica mucho: Half Man no se concibió para explotar el tirón de Bebé Reno, sino una historia que Gadd llevaba dentro desde antes de ser famoso. Y eso se nota. La urgencia es auténtica, apremiante. La rabia, como a un perro al que le quitan el bozal, también.
Half man es una serie que duele, y eso ya la diferencia de la mayoría. No es la obra maestra que algunos esperaban tras el arrollador impacto de Bebé Reno, y quizás tampoco lo pretende. Es algo más perturbador e irregular: el trabajo de un autor que todavía está procesando quién es y que utiliza la pantalla como bisturí. Incómoda, excesiva, a veces opresiva hasta el agotamiento, pero nunca indiferente.
En un panorama donde el streaming produce series que se olvidan al día siguiente, Richard Gadd sigue empeñado en hacer las que no se pueden sacudir de encima. Solo por eso merece todo el respeto y correr a verla. Half man se lanzó por HBO Max desde el 24 de abril de 2026 y su último capítulo se emitió en los últimos días de mayo.
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Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.





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