CINISMO / JUGUETE RABIOSO
Y todo era hermoso
Por Mariano Morales
Yo solamente he comprado
cinco libros de Editorial Era
en toda mi decadente vida.
Cinco.
Como los dedos de una mano
que ya no sirve para persignarse,
pero todavía alcanza para sostener
un vaso,
un cigarro,
una nariz llena de recuerdos
(que no pertenecen a nadie).
Tres de ellos ya no existen.
Fueron consumidos por el fuego del odio & el olvido,
por esa pequeña hoguera doméstica
donde uno arroja las cosas
que amó demasiado
para no tener que verlas
convertidas en evidencia.
Los libros arden bonito.
Eso es lo más triste.
Arden con una dignidad
que los humanos jamás tendremos.
Las páginas se retuercen,
se hacen negras,
las letras comienzan a correr
como cucarachas sorprendidas
por la luz de la cocina.
Después ya no queda nada.
Un montón de ceniza
& la sospecha de haber sido
un pendejo.
Yo, como buen cábula,
los he recuperado en los tianguis,
entre discos rayados de Emmanuel,
muñecas sin ojos,
manuales de licuadoras muertas
& pornografía vieja
que alguien escondió
como si el deseo también caducara.
He encontrado ediciones manoseadas.
Subrayadas.
Humedecidas por otras vidas.
Con nombres escritos en la primera página:
PROPiedad DE JULIO.
NO PRESTAR.
TE AMO, LAURA, 1987.
Qué ternura da encontrarse
con los muertos de alguien más
adentro de un libro de segunda mano.
Yo también he hecho cosas inmorales
sobre sus páginas.
No voy a fingir pureza
ahora que ya nadie la compra.
He aspirado vida & cocaína
sobre sus frías portadas.
He usado la literatura
como mesa de operaciones
para mi pequeña autodestrucción.
Perdón, autores.
Pero ustedes tampoco eran santos.
Nunca lo fueron.
La literatura siempre ha tenido
un olor extraño:
a biblioteca,
a encierro,
a café requemado,
a alcohol barato,
a masturbación intelectual
& a cadáver que todavía cobra regalías.
Hoy en día los escritores
son peones de Morena,
de la derecha,
de la izquierda,
de cualquier partido
que les ofrezca una silla,
un micrófono,
una beca
o la fantasía ridícula
de que alguien los está escuchando.
Dan tanta pena.
Dan ganas de quemar
sus pinches libros,
sus pinches letras,
sus manifiestos con olor
a oficina gubernamental,
sus revoluciones patrocinadas,
sus poemas sobre el pueblo
escritos desde un restaurante
donde el pueblo jamás podría pagar
ni la puta propina.
Pero eso nunca pasará.
No voy a quemar los libros.
Ya cometí esa estupidez
tres veces.
Uno aprende.
Tarde,
mal,
a golpes.
Como todo lo importante.
Los protege un viejito rancio,
homofóbico & machista,
un abuelo podrido de contradicciones,
de esos que escribieron cosas hermosas
antes de convertirse
en la caricatura de sí mismos.
Y ahí está la verdadera tragedia.
Porque yo le tengo afecto a su obra.
A su obra negra.
A sus monstruos.
A sus frases capaces de hacerme creer
que alguna vez
todo esto tuvo sentido.
Qué pinche mala costumbre
la de los artistas:
hacer algo hermoso
y después arruinarlo
con su existencia.
Hoy se esconden a esnifar
en los sanitarios.
No los culpo.
También yo me escondería
si tuviera que mirar de frente
todo aquello que alguna vez defendí.
Se encierran en cubículos
con las puertas rayadas,
bajan la cabeza,
aspiran su pequeña blancura
& salen convertidos otra vez
en intelectuales comprometidos
con la causa que toque ese día.
Dan tanta pena.
Todos damos tanta pena.
Yo con mis cinco libros.
Ellos con sus premios.
Los políticos con sus consignas.
Los viejos con sus recuerdos.
Los jóvenes con sus fotografías
de la revolución
tomadas desde el celular.
Y mientras tanto
los libros sobreviven.
Eso sí es lo verdaderamente hermoso.
Sobreviven al autor.
Al lector.
Al partido.
Al incendio.
A la cocaína.
A la humedad.
A las mudanzas.
A las mujeres que se fueron.
A los hombres que prometieron volver.
Sobreviven incluso
a nuestra miserable necesidad
de destruir todo aquello
que alguna vez nos hizo sentir vivos.
Tal vez por eso
no vuelvo a quemarlos.
Los dejo ahí.
En un rincón.
Cubiertos de polvo.
Con las páginas abiertas
como piernas de cadáver
o alas de un animal
que todavía no entiende
que ya está muerto.
Todo era hermoso.
Antes de que llegaran las opiniones.
Antes de que los escritores,
quisieran salvar al mundo.
Antes de que los políticos
descubrieran que la cultura
también podía comprarse.
Antes de que yo descubriera
que una portada sirve
para muchas cosas
menos para protegerte de ti mismo.
Todo era hermoso.
O tal vez nunca lo fue.
Pero uno necesita creer
que alguna vez existió
un libro limpio,
una página intacta,
un escritor sin partido,
una revolución sin patrocinador,
un amor sin ceniza.
Yo solamente he comprado
cinco libros de Editorial Era
en toda mi decadente vida.
Tres murieron.
Dos siguen conmigo.
Y a veces,
cuando la noche se pone demasiado larga
& el mundo vuelve a darme asco,
los miro desde mi mugre,
desde mi pobre altar
de objetos sobrevivientes,
y pienso:
qué bueno que no se quemaron todos.
Qué bueno que algunas cosas,
a pesar de nosotros,
todavía se niegan a desaparecer.
EME
C

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.





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