CINISMO / TÓNICA REPLICANTE
Migración, xenofobia e intimidad
Por Alberto Zúñiga Rodríguez

La historia de la humanidad sería incomprensible sin su movilidad territorial, sin la exploración del planeta que habitamos, ergo, no hay nada más humano que migrar. Desde que abandonamos como especie la condición de nómadas y comenzamos a habitar territorios de forma “permanente”, poco tardaron las fronteras en aparecer y con ello, la separación de “lo nuestro” frente a lo de “otros”. Distinciones absurdas que nos siguen dividiendo, clasificando, discriminando. Como bien sentenciaba Eduardo Galeano, mientras el aire y el agua viajan sin restricciones, «no son libres, en cambio, los caminos del éxodo humano; marchan los fugitivos de la vida imposible» en ese memorable texto corto de prosa poética llamado Los emigrantes ahora. Esa asfixia de la vida imposible y las fronteras que persiguen a quienes logran cruzarlas es, precisamente, el territorio donde el emblemático actor y director mexicano Diego Luna (Toluca, 1979) dirige la mirada en su más reciente película, Ceniza en la boca.
Nacido bajo el nombre de Diego Dionisio Luna Alexander, aka Diego Luna, cautivado por la novela de nombre homónimo de Brenda Navarro, comenzó la relectura de dicha historia por alguna de sus capas más sensibles y junto a Diego Rabasa (editor de la novela) y Abia Castillo unieron fuerza para la construcción del guión cinematográfico. La historia de Navarro le pareció especialmente interesante porque al leerla su hijo compartía la edad del protagonista y las temáticas con ausencias de padres o madres, le son particularmente sensibles (Luna perdió a su madre con tan sólo dos años). Ceniza en la boca cuenta la historia de Lucila (fabulosa Anna Díaz), que se desplaza desde la ciudad de México, junto a su hermano menor Diego (Sergio Bautista), a reencontrarse con su madre Isabel (Adriana Paz) en Madrid, quien trabaja ilegal en la capital española desde hace 8 años. Con un panorama poco alentador hacia el futuro, les depara a los tres integrantes de esa familia días especialmente complejos donde su raíz mexicana les recordará quiénes son en una dicotomía igualmente perversa -incluso fatídica para alguno- como llena de orgullo.
Desde que Diego Luna dio el salto a la dirección con Abel (2010) y después de haber catapultado su fama con su participación en la cinta de Alfonso Cuarón Y tú mamá también (2001), ha demostrado una sensibilidad particular para explorar las fracturas familiares y los abismos de la ausencia. Si en su faceta como actor (desde sus inicios en la serie televisiva de inicios de los noventa El abuelo y yo, hasta su participación en el universo Star Wars, en 2022, en Andor) ha sabido dotar a sus personajes de una vulnerabilidad palpable, como cineasta su mirada siempre busca el lado humano de las realidades sociopolíticas.
Ceniza en la boca, la obra más madura y dolorosa de Diego Luna, como director de cine

En Ceniza en la boca (2026), su quinto largometraje de ficción, Luna se enfrenta a su obra más madura y dolorosa, donde en una exploración íntima, cercana, sin caer en la porno miseria, desde los ojos y la óptica del estupendo cinefotógrafo Damián García, como espectadores nos movemos entre las ganas de Lucila de dejar de ser la madre de su hermano y el esfuerzo de su madre (Adriana Paz) por hacer manifiesto a sus hijos el sacrificio que ha implicado su abandono. La eterna discusión entre los que se van y los que se quedan. Un duelo que logra vencer Lucila al trasladarse a Barcelona a vivir su propia vida y donde se enfrentará de frente con la realidad de la migración ilegal: trabajos mal pagados, explotados y una especie de neoesclavitud al no tener otra alternativa que vivir de “interna” en la casa de la abuela catalana que cuida. Lucila choca frontalmente con una realidad gélida, precaria y marcada por el racismo cotidiano.
Aunque el peso de Ceniza en la boca cae prácticamente sobre Anna Díaz, la película no admite fisura alguna en su reparto y como buen actor, Diego Luna ha hecho un trabajo lleno de madurez y se le nota muy en forma, pese no haber dirigido otra ficción desde Mr. Pig exactamente una década atrás. La fabulosa Adriana Paz (Emilia Pérez, Arillo de hombre muerto ambas de 2024, entre otras) como Isabel, entrega un retrato devastador de las madres transnacionales.
Ceniza en la boca —estrenada fuera de competencia en una proyección especial dentro del Festival de Cannes en mayo de 2026— confirma a Diego Luna como un cineasta comprometido con las ausencias. Si en Mr. Pig exploraba la reconciliación y en Cesar Chávez la lucha colectiva, aquí fusiona ambas vertientes. Utiliza el fenómeno migratorio —que él mismo define como uno de los grandes retos de nuestro tiempo y el fenómeno que atraviesa todo— no como un panfleto, sino como un catalizador para hablar de algo mucho más universal: las heridas incurables que deja la separación familiar.
Alberto Zúñiga Rodríguez
Su rostro refleja el desgaste de los años de sacrificio invisible, mostrando a una mujer que ha entregado su vida al trabajo precario para salvar a sus hijos, solo para darse cuenta de que esa misma distancia los ha vuelto irreconocibles. En un proceso migratorio nadie se queda inmutable y menos los hijos que crecen o dejan de ser niños, como es el caso de Diego a quien vemos dormido de pequeño cuando Isabel lo contempla junto a su hermana en el prólogo de la película antes de salir corriendo rumbo al aeropuerto.
Anna Díaz, a quien ya habíamos visto asomarse en La cocina de Alonso Ruizpalacios en 2024, está llena de matices: es una joven obligada a ser madre postiza, cargada de un resentimiento silencioso pero desesperada por encontrar su propio lugar en el mundo. Transmite esa mezcla exacta de desconcierto, madurez prematura y decepción. Esa combinación entre contención y explosión es quizá su puntaje favorable.
El peso del mensaje frente a la intimidad

El mayor acierto de Luna como director en Ceniza en la boca es su sobriedad escénica. Evita el tremendismo emocional que suele asediar al drama social europeo y latinoamericano. La cámara de Damián García —con quien Luna ha establecido una complicidad ya en otros trabajos— observa de cerca la asfixia existencial de sus protagonistas. Luna entiende que el verdadero drama de la migración no termina al cruzar una frontera, sino en la alienación de llegar a un destino que te rechaza y descubrir que el núcleo familiar que te anclaba se ha vuelto un conjunto de extraños. La película no va del viaje migratorio sino de la cotidianidad del destino y el proceso complicado de adaptación aun cuando en el país de destino se habla la misma lengua. Sin embargo, el guion peca ocasionalmente de sobre explicativo, especialmente en el último acto donde otros temas se hacen presentes (la violencia que acecha el complejo militar donde viven los abuelos y la que fuese casa de Isabel y sus hijos). No obstante de ello, la película brilla con una fuerza abrumadora cuando confía en el silencio, en las miradas esquivas entre Lucila y su madre, y en la incomodidad de compartir un espacio físico tras años de distancia emocional. O en detalles tan simples como el momento en que Lucila saca una salsa Valentina para que su hermano adolescente coma después de un episodio duro en su vida escolar que le atormenta (que poco experimentamos desde el sillón, pero lo asumimos por lo que sigue en la trama).
Ceniza en la boca, se empeña en subrayar explícitamente su discurso sobre la xenofobia, los cuidados mercantilizados y la misoginia, quizá factores que doblegan la sutileza de la puesta en escena pero que la historia nos recuerda verbalmente el contexto sociopolítico que la envuelve. El timing temático migratorio mexicano en España (aunque con la diferencia sustancial entre la residencia legal o no de sus protagonistas) y formal en su puesta en cámara con Feminí, singular (2026) de Xavi Puebla y reseñada pocas semanas antes por quien esto escribe, es asombroso.
El lugar de la obra en su filmografía
Ceniza en la boca —estrenada fuera de competencia en una proyección especial dentro del Festival de Cannes en mayo de 2026— confirma a Diego Luna como un cineasta comprometido con las ausencias. Si en Mr. Pig exploraba la reconciliación y en Cesar Chávez la lucha colectiva, aquí fusiona ambas vertientes. Utiliza el fenómeno migratorio —que él mismo define como uno de los grandes retos de nuestro tiempo y el fenómeno que atraviesa todo— no como un panfleto, sino como un catalizador para hablar de algo mucho más universal: las heridas incurables que deja la separación familiar. “Nadie migra por capricho” decía en televisión nacional española hace unos días.
A pesar de esos pequeñísimos desajustes discursivos, la película —ganadora del Premio Agenda 2030 Euskadi Basque Country del Festival de Cine de San Sebastián por su conexión con cuestiones sociales y territoriales— deja un sabor amargo y persistente, haciendo honor a su título. Incomoda y no es para menos. Es una obra compasiva, áspera y profundamente necesaria que consolida la voz de Luna detrás de las cámaras, demostrando que su evolución como narrador visual sigue en firme ascenso. Se estrena en España este 9 de octubre y estará presente en la competencia de la edición 24 del Festival Internacional de Cine de Morelia en los próximos días.
C

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.





Deja una respuesta