CINISMO / OPINIÓN
Sobre la vocación, la libertad y la familia
Por Tela Flaunders

Hay películas que nos entretienen y otras que, casi silenciosamente, nos hacen volver a nuestra propia historia. Los domingos (España-Francia, 2025) hizo eso conmigo, el volver al recuerdo sobre esa otra vida que creí olvidada. Al ver a Ainara —nombre vasco que singnifica «golondrina»— deliberar entre el amor a su familia, especialmente frente al conflicto con su tía y lo que ella percibe como un llamado espiritual, inmediatamente me llevó a recordar una etapa de mi juventud en la que también sentí la necesidad de llevar una vida religiosa. Y me pregunté: ¿qué habría pasado si aquella inquietud hubiera tomado otro camino?
Ainara
Una joven convencida de su vocación.
Yo
Una adulta intentando descubrir la suya.
Ainara
Un familiar que no comprende su decisión.
Yo
Una familia que nunca supo de aquella inquietud.
Ainara
El dolor de la tía y de la protagonista.
Yo
Una experiencia maravillosa que permaneció en silencio.
Ainara
Una pregunta que encuentra respuesta.
Yo
Una respuesta que llegó muchos años después.
Cuando la llamada vocacional timbra por caminos inesperados
La película me invitó a regresar a aquel momento de mi vida y a mirar nuevamente dónde estaba parada frente a ese dilema, con los años entendí que aquel deseo de servir no había sido rechazado, ni había desaparecido, simplemente encontró otro camino.
La tía de la protagonista ama a Ainara, pero su miedo termina convirtiendo ese amor en posesión, su necesidad de conservarla cerca, de protegerla y de evitar que tome una decisión que considera equivocada, termina afectando no solamente a Ainara, sino también a quienes están a su alrededor y esto me llevó a pensar en algo que ocurre con frecuencia en las familias: Podemos amar profundamente a nuestros hijos e hijas y sin darnos cuenta, confundir el acompañar con decidir por ellos o ellas.
El papel del padre de Ainara me resultó especialmente significativo. Es la presencia que no necesita imponerse, su estar silencioso, su acompañamiento y respeto por la decisión de su hija, muestran otra manera de ejercer la autoridad. Como tal, no necesariamente se trata de tener todas las respuestas, sino de estar presentes cuando los hijos o hijas necesitan tomar decisiones importantes.
Quizá por eso, esta parte de la película, me recordó una convicción que he ido construyendo también a partir de mi propia experiencia. La autoridad debe formar, acompañar, poner límites y cuidar; no controlar la vida de quien está creciendo, como lo hice alguna vez cuando mi hijo era pequeño.
El papel del padre de Ainara me resultó especialmente significativo. Es la presencia que no necesita imponerse, su estar silencioso, su acompañamiento y respeto por la decisión de su hija, muestran otra manera de ejercer la autoridad. Como tal, no necesariamente se trata de tener todas las respuestas, sino de estar presentes cuando los hijos o hijas necesitan tomar decisiones importantes.
Tela Flaunders
Conforme recordaba los roles principales, comprendí la importancia del papel de la madre superiora: Era la madre presente, pues conoce lo que Ainara quiere, comprende su inquietud y desde el lugar que ocupa, la acompaña e intercede para que pueda tomar la mejor decisión, sin apropiársela, quizá porque comparte con Ainara un entorno que los demás personajes no conocen (puede comprender aspectos que desde fuera resultan difíciles de ver).
Y esto también me hizo pensar en la diferencia entre acompañar a una persona y decidir por ella. Con el paso de los años descubrí que aquella inquietud por servir nunca desapareció, la encuentro en mi hijo, en el trabajo voluntario, en los talleres y espacios de acompañamiento con jóvenes, adultos mayores y mujeres, en la escritura y también, de una manera muy especial, en el cuidado de mi padre, que hoy tiene 90 años y se encuentra postrado.
Tal vez para algunas personas resulte inesperado que una mujer que es madre y con una vida profesional y familiar, como la mía, encuentre hoy en el cuidado de su padre, una gran y hermosa bendición para parar y poder servirle. La vocación puede cambiar de forma, de lugar o de personajes sin dejar de ser vocación y la mía es servir.
¿Talento o vocación?
Durante muchos años de mi vida profesional también tuve contacto con un concepto que hoy, al mirar esta película, adquiere para mí otro significado: La adquisición de talento, en el ámbito profesional buscamos reconocer capacidades, habilidades, conocimientos y potencial para encontrar espacios donde una persona pueda desarrollarse y aportar lo mejor de sí, pero Los domingos me hizo reflexionar en algo que ya no quiero ni debo hacer.
¿Qué hacemos en las familias cuando intentamos descubrir el talento de nuestros hijos e hijas? ¿Los escuchamos para conocer quiénes son, qué les interesa y qué los mueve o intentamos colocarlos en el lugar que nosotros habíamos imaginado para ellos o ellas? Porque descubrir el talento de una persona no significa apropiarnos de su futuro. El talento se puede identificar; la vocación se escucha.
Con los años también aprendí que no son exactamente lo mismo: El talento puede mostrarnos qué sabemos hacer; la vocación puede ayudarnos a descubrir para qué queremos ponerlo al servicio de los demás. Quizá uno de los grandes retos de ser padres no sea decidir qué queremos que nuestros hijos e hijas sean, sino aprender a descubrir quiénes son y acompañarlos mientras encuentran su propio camino.
Y aquí vuelvo nuevamente al padre de Ainara: Estar presente no necesariamente significa tener la última palabra, a veces significa ofrecer un espacio seguro para que el otro pueda escuchar su propia voz. En mi caso no hubo un conflicto familiar alrededor de aquella inquietud religiosa, fue algo sin importancia para el resto, puesto que recuerdo incluso, que un tío bromeaba diciendo: “Va a ser madre, pero de un padre”. Esto lo daban por hecho y no pasó.

También recuerdo a mi amiga Jess, quien vivió su propio proceso de discernimiento entre la vida misionera y religiosa. Ella llegó a irse de misiones y con el tiempo, formó una familia. Hoy está casada, tiene cuatro hijos y vive una fe profundamente arraigada. Siempre la he considerado una de las mujeres más maravillosas, amorosas y serviciales que conozco, una mujer que en conjunto con su familia cambian vidas. No pretendo hablar por ella, sino solamente reconocer que su historia también me recuerda que una vocación puede tomar caminos distintos sin perder aquello que la originó.
Durante mucho tiempo pensé que hacer el bien, trabajar, esforzarme y dejar algo bueno para mi único hijo dependía de mí. Era una manera de asegurar su futuro, de hacer que todo funcionara; hoy puedo reconocer que muchas veces vivía desde mí y desde mis propias fuerzas, más la vida me ha enseñado otra cosa. La vida tiene un orden. ¿Sabes cuál es el tuyo?
¿Qué hacemos en las familias cuando intentamos descubrir el talento de nuestros hijos e hijas? ¿Los escuchamos para conocer quiénes son, qué les interesa y qué los mueve o intentamos colocarlos en el lugar que nosotros habíamos imaginado para ellos o ellas? Porque descubrir el talento de una persona no significa apropiarnos de su futuro. El talento se puede identificar; la vocación se escucha.
Tela Flaunders
Mis prioridades estaban organizadas de la siguiente manera: Primero las personas vulnerables, después el trabajo, luego la familia y Dios como apoyo. Hoy las vivo de otra forma: Primero Dios, después la familia, luego el trabajo y finalmente el voluntariado. Ya no desde mí para el mundo, sino desde el propósito de Él para quien lo necesite.
Confundí rezar con orar, llegué a pensar que una vida contemplativa o de clausura carecía de sentido, hoy comprendo de otra manera la oración y también comprendo mejor la vida de quienes sienten ese llamado y la importancia de su vocación.
Por eso, la decisión de Ainara no la veo simplemente como el deseo de convertirse en religiosa y de clausura, la veo también como la capacidad de escucharse, de enfrentar el ruido exterior y buscar una respuesta, que maravillosamente le fue contestada.
Y es esta escena la que se queda conmigo, Ainara sonríe de felicidad entre lágrimas, después de arrodillarse y orar, no necesite de palabras para entender lo que le sucedía. Quienes alguna vez hemos buscado una respuesta hemos experimentado que, en ocasiones, la respuesta no llega como una frase, llega como una paz difícil de explicar, como una certeza profunda de que estamos en el lugar correcto, aunque otros no lo comprendan o incluso no estén de acuerdo.

No todos estamos llamados a la vida religiosa, tampoco todos estamos llamados al matrimonio, a la enseñanza, al servicio social o a una profesión determinada, pero quizá todos tenemos que descubrir dónde podemos amar mejor, servir mejor y ser fieles a aquello que ha sido sembrado en nuestra alma y en nuestro corazón y algunas respuestas solamente se comprenden muchos años después.
Cuando uno mira hacia atrás y descubre que, aun creyendo que había cambiado de dirección, nunca dejó de acompañarte y de direccionarte hacia tu propósito, como escribió Antonio Machado: “Caminante, son tus huellas el camino y nada más. Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, si no estelas en la mar”.
Los domingos me parece una excelente película para sentarnos a pensar sobre la vocación, el propósito y las decisiones de los jóvenes especialmente en esta sociedad contemporánea, también abre otra pregunta: ¿Qué crisis pueden vivir nuestras familias cuando los hijos e hijas toman decisiones y no coinciden con las expectativas de los padres o tutores? A veces las certezas de los padres y madres chocan con la realidad de los hijos e hijas.
Uno de los mayores aprendizajes que me deja Los domingos: Acompañar no es dejar de poner límites, pero tampoco es apropiarnos del camino del otro, es estar, escuchar, cuidar y para quienes tenemos fe, también es aprender a confiar en que Dios puede llamar a cada persona por un camino distinto al que nosotros habíamos imaginado. Quizá, algunas veces, necesitamos muchos años para descubrir que aquello que creíamos perdido simplemente estaba esperando otra manera de expresarse.
Tela Flaunders
Como madre, lo vivo también de otra manera, gran parte del tiempo aparecen preguntas para las que no existen respuestas rápidas, sencillas, ni perfectas. Los hijos pueden parecernos vitalicios, pero no nos pertenecen. Son personas a las que estamos llamados a amar indefinidamente y amar también implica respetar sus diferentes caminos, sus maneras de ser y de mirar la vida.
Incluso cuando crecen en entornos familiares neurodivergentes, con dinámicas, rutinas y necesidades particulares, necesitamos aprender a acompañar sin imponer dogmas, pero sin renunciar a los límites, al afecto y a la comunicación y muchas respuestas se construyen mientras caminamos.
Es uno de los mayores aprendizajes que me deja Los domingos: Acompañar no es dejar de poner límites, pero tampoco es apropiarnos del camino del otro, es estar, escuchar, cuidar y para quienes tenemos fe, también es aprender a confiar en que Dios puede llamar a cada persona por un camino distinto al que nosotros habíamos imaginado. Quizá, algunas veces, necesitamos muchos años para descubrir que aquello que creíamos perdido simplemente estaba esperando otra manera de expresarse.
Los domingos está dirigida por Alauda Ruiz de Azúa y tiene como protagonista a Blanca Soroa como Ainara, la tía Maite (Patricia López, Arnaiz) y la madre superiora (Nagore Aranburú) y el padre Iñaki es interpretado por Miguel Garcés.
C

Tela Flaunders promotora socio-cultural convecida de que la palabra se vuelve puente entre las personas y las acciones. Autora del libro Padres presentes, familias fuertes.





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